Cuanto más desarrollemos la consciencia, más conscientemente viviremos y más capaces seremos de vigilarnos, observarnos, conocernos y saber qué transformar en nosotros. Iremos pudiendo así discernir entre lo que es en nosotros adquirido y lo que es real.

Estando en el intento por conseguirlo, iremos logrando activar esa consciencia-testigo que sabrá ser más libre e independiente de las influencias tanto externas coomo de las internas. Y de tal manera, aún en la arrolladora corriente de la vida exterior y de nuestro flujo mental y emocional, esa consciencia-testigo podrá mantenerse inalterada e «inmovil» aún en el más frenético movimiento, pudiendo así dar la batalla a ese yo-robótico que nos mantiene abotargados y apresados en el circuito de apegos y odios y, por tanto, miedos.

Mediante el entrenamiento tenaz para ello, lograremos que la consciencia-testigo pueda resistirse a la influencia hipnótica de los fenómenos externos y de nuestros propios contenidos mentales y emocionales, pudiendo así empezar tambien a conocer al conocedor, a crear un «centro de calma» incluso en la agitación. La luna se refleja en las onduladas aguas del lago, pero ella no se mueve.

Una y otra vez somos arrebatados de ese «centro de calma» al que llamo «punto de quietud», debido a las influencias externas que nos hipnotizan y atrapan, y también a nuestras incontroladas actividades mentales. Es cierto que en principio todo tiende a apartarnos de nosotros mismos y a aturdir y narcotizar la consciencia. Por eso es necesario hacer un consistente esfuerzo para salir de ese sopor mental y poder estar más alerta. Mientras somos víctimas de ese sonambulismo psíquico, hay en nosotros muchas angustia existencial, desconsuelo y mecanicidad. 

Al remolino frenético de lo fenoménico, en el que estamos inmersos, le denominan los sabios de la India «samsara«. Uno sólo puede asirse a uno mismo y hallar refugio en la propia naturaleza real. Hay que trabajar sin descanso en estar consciente y en cultivar la presencia de sí, que al principio se nos escapa sin remedio una y otra vez.

Hay un «punto de quietud» al que asirnos y en el que inspirarnos y confortarnos; un centro de inspiradora calma en el que establecerse aunque sea unos minutos, para experimentar otra forma de sentir y ser. Que nos sirvan de inspiración, recordatorio y orientación las palabras de Nisargadatta a tal respecto:

«En el ahora, tú eres a la vez lo que se mueve y lo inmóvil. Hasta ahora has pensado que tú eras lo que se movía y te has olvidado de lo que no se mueve. Da un giro radical al espíritu. No tengas en cuenta lo que se mueve y te verás como la realidad inmutable y siempre presente, inexplicable, pero sólida como una roca».

Ramiro Calle

Director del Centro de Yoga Shadak y escritor

www.ramirocalle.com