Estamos continuamente aconteciendo

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vida, el techo de nuestra casa se hunde y todo el cielo parece desplomarse sobre nosotros con sus negros nubarrones. Y nos quedamos a la intemperie. Podría ser perder el empleo o la casa; o tal vez la muerte de los padres o de un hijo; quizá una ruptura de pareja o de una profunda amistad; y no menos grave, el resquebrajamiento de un proyecto existencial o del sistema de creencias y valores que constituían los cimientos de nuestro caminar. Cualquier circunstancia imprevista o que veíamos venir, pero nos pilla momentáneamente sin los medios para afrontarla, entra en la categoría de crisis.

Tiene mala prensa la crisis, pero sin crisis no hay maduración posible, aprendizaje ni desarrollo. Muchas personas llaman crisis a estar frente a una encrucijada existencial. Pero sin encrucijadas, tampoco habría muchas posibilidades de ejercer la libertad, ni la creatividad y el riesgo que ambas conllevan.

De entre todas las especies de mamífero, afortunadamente el ser humano es el más adaptable de todos: a catástrofes ambientales, sociales, económicas, políticas, familiares y personales. Nos hemos adaptado a vivir en los polos, en los trópicos, en las selvas y en los desiertos. Nos adaptamos a la contaminación y a los alimentos repletos de conservantes y colorantes, a los recortes, a los políticos corruptos, a los divorcios, a los accidentes y a la enfermedad. Pero por esta extraordinaria capacidad de adaptación, imprescindible para la supervivencia, pagamos un alto precio cuando salimos de la pura biología: un precio en términos de deterioro de salud mental, emocional, social y espiritual.

La mayoría de los vidas.

Por otro lado, nos identificamos con nuestro cuerpo y nuestra biografía. ¿Qué cuerpo? La media de vida de nuestras células es entre siete y diez años. Renovamos la epidermis cada dos semanas, el hígado cada año o año y medio, el esqueleto cada diez. Así que mi piel que sería el contenedor externo de huesos, vísceras y sangre, ya no será la misma cuando se edite este artículo… En cuanto a nuestra biografía, está compuesta por un proceso ininterrumpido de vivencias, pero fundamentalmente por aquello que recordamos, nuestra interpretación y la forma en que la contamos a los demás. Y claro que los olvidos, voluntarios o involuntarios, lo mismo que los énfasis que ponemos en algunos acontecimientos determinan gran parte de las justificaciones que tenemos para hacer lo que hacemos y dejar de hacer lo que no hacemos.

En realidad estamos continuamente aconteciendo. Somos sucesivas anécdotas que convertimos en categoría a través de un hilo subjetivo que conforma nuestra personalidad y la identidad que nos fabricamos. Y así decimos que somos padres, o hijos, que trabajamos en tal o cual profesión u oficio, que nos gusta esto o aquello, que no soportamos lo de más allá. Y a medida que lo repetimos, nos lo vamos creyendo y lo hacemos creer a los demás. Y cuando se hace muy evidente en periodos de miedo, depresión o apoltronamiento, nos hacemos impermeables a los cambios, que sería como pasar metafóricamente del mundo animal, al mundo vegetal o al mundo mineral. Es como «vegetar» medio dormidos en las rutinas sin estímulos ni creatividad, como «cristalizarse» en valores, creencias y rutinas, hasta fabricar una urna protectora del frágil cristal que creemos ser, pensando que es una sólida coraza contra todo eventual amenaza de cambio. Sin embargo, el cambio permanente es lo único que existe; la única realidad contra la que no hay antídoto, vacuna ni seguro posible.

Cuando alguien dice que se arrepiente de una decisión que tomó en el pasado o de algún acto que llevó a cabo, en realidad no se da cuenta de que cuando lo dice es otra persona que tiene otro nivel de conciencia, otra energía, más información y experiencias. Todo aquello que no poseía en el momento al que se refiere de su vida. Crecemos, maduramos, evolucionamos, muchas veces a nuestro pesar, obligados por el torrente de la vida que no cesa ni tiene vuelta atrás.

Es frecuente oír en los momentos malos de la vida: «me equivoqué», «no debí haber elegido tal o cual opción»; y en las crisis de pareja: «es que él o ella ha cambiado, no es la persona con la que me casé». Y se hace obvio que las similitudes de la pareja al inicio de la relación no han podido garantizar su permanencia en el tiempo. En la mayoría de las situaciones, se puede llamar a esto crecimiento y cambio. Pero cuando implican cosas a las que se está apegado, se siente como una pérdida, un agravio, tristeza y soledad. Y cuando reconocemos que algo a lo que estábamos apegados antes es diferente ahora, se ha transformado o lo hemos perdido reaccionamos con tristeza o rabia. E incluso en la aceptación del cambio también hay dolor y este dolor es parte de vivir la vida en toda su plenitud. Y es mejor este simple dolor natural e inevitable que añadir sufrimiento innecesario: el que produce el aferrarse al pasado, a lo conocido, a la ilusoria estabilidad. Viene aquí al caso la canción «Somebody that I used to know» («Alguien a quien solía conocer»), con su tono emocional de reproche, discusión, justificación e irremediable pérdida.

Si nos elevamos un poco de la limitada visión a la solemos reducir nuestra vida, nos daríamos cuenta de que en realidad somos aconteceres que nos relacionamos con otros aconteceres y nos identificamos con un pequeño yo que sufre o goza, llora o ríe, se queja o agradece. Para recordarlo cada día, podríamos repetir con el maestro y poeta vietnamita Tich Nhat Hanh: «Al inspirar, me he convertido en espacio sin fronteras. Ya no tengo equipaje. Al espirar, soy la luna que atraviesa el cielo de la más absoluta vacuidad. Soy libertad». («Llamadme por mis verdaderos nombres», ed. La Llave).

Alfonso Colodrón
Terapeuta Gestáltico
Consultor Transpersonal
 

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5,2 minutos de lecturaActualizado: 26/03/2024Publicado: 12/02/2015Categorías: Desarrollo PersonalEtiquetas: , , , , , , , , , , , , , , , , , , , ,

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