Gran Madre antigua:
A ti, que en los oscuros rincones de mi mente durante muchos años habitaste ignorada,
a ti, que va ya para décadas, que sentí tu llamada.
a ti, hoy agradecida, escribo esta carta.

En este tiempo de tu regreso, cuando retornas de nuevo a la conciencia, por ponerte un nombre te llamamos Diosa. Pero yo he de decirte que para mí no tienes nombre. Si te quiero definir te llamo VIDA, y si quiero profundizar más en ti te llamo “vida que existe detrás de la vida” (simplemente eso, sin adornos, vestidos, ni ritos), pues antes de todas las religiones establecidas y antes de que ellas fueran creadas para dar forma a lo que no tiene forma, tu espiritualidad ya estaba presente y ya intentaban los antiguos, en las prehistóricas cuevas dibujar la resonancia de tu invisible misterio.

Por ello ahora me dirijo a ti “la más antigua” porque tu llamada me llegó desde esta tierra arcaica que sostiene a todas las diosas y todos los dioses y que se manifiesta en sus múltiples nombres.

Hace un tiempo me llegó la comprensión de que en nuestras vidas tu mueves TRES RUEDAS: una para conocer el gozo, otra para conocer el amor y otra la sabiduría. Yo lo definiría como tres etapas de experiencia que pueden sintonizarse o no con los años que cumplimos o el tiempo que vivimos. Podemos vivirlo todo en una rueda, pero es inevitable que habrá momentos en que en nuestro interior se produzcan cambio profundos (que podemos llamar crisis del alma) en los que nos preparamos para entrar en una nueva etapa. No son pequeñas crisis, sino grandes y profundas que pueden durar años; a veces despiertan y vuelven a dormir latentes en nuestro interior. Son noches oscuras en las que invisiblemente nos transformamos.

Yo siento hoy Gran Madre que estoy cerrando la segunda rueda (por mi edad y por mis experiencias) y por ello, tras esta comprensión, he de realizar mi rito de paso, “dando forma a lo que no tiene forma” para hacer sagrado lo que no comprendo, y entregándome sin condiciones “al servicio de la vida que existe detrás de mi vida“.

(Mientras escribo esta carta, en esta exuberante primavera, los pájaros cantan al ritmo del éxtasis del cortejo. Mil flores alegres parecen reventar la tierra sin apenas dejar espacio entre ellas y yo, sentada bajo un olivo, veo danzar sobre mi cuaderno (a través de sus ramas y hojas) la luz y las sombras. Cada cinco minutos, más o menos, un avión altera el equilibrio en mi interior y soy consciente de que los pájaros siguen cantando y las flores, de un amarillo intenso, brillando. Me doy cuenta de que la vida no es como yo quiero que sea, “es como es”. Los pájaros y las flores lo saben pero yo no.)

Hoy he decidido hacer mi rito de paso para dar gracias por mi pasado y abrirme con aceptación gozo y amor a lo nuevo que me espera. Para ti Gran madre (hoy te llamaré HESTIA, la guardiana del fuego), cuando acabe mi carta “encenderé mi último fuego”, el que cierra esta rueda. Me estoy despidiendo de mi casa; por ello prepararé con esmero el fuego del hogar.

No tengo las 9 maderas sagradas con las que los antiguos te honraban, pero si tengo las ramas de los árboles de mi jardín, ramas de hojas secas de mis plantas durante tantos años cuidadas y tengo madera de encinas de tus queridas arboledas.

Escribiré en mi papel perfumado con aceites esenciales, las palabras de agradecimiento que de mi corazón nacen por tantos favores del pasado, y también buscaré mis múltiples cuadernos que han guardado sellados en su vientre de papel, mis lágrimas y sueños durante más de 23 años.

Te cantaré mis alabanzas, Madre Hestia, y danzaré hasta que las llamas de mi último fuego guarden en la paz de las brasas tu bendición, tu esencia y tu misterio. Hoy celebraremos juntas la luna oscura de primavera donde todos los finales se abrazan con todos los comienzos.

Gracias Gran Madre antigua, a la que dedico esta carta. No puedo parar de agradecerte que me hayas permitido conocer el gozo de la Doncella, el amor de la Madre y la sabiduría de la Hechicera. Ahora con las tres, camino hacia la aventura de mi tercera rueda.

Muchas son las experiencias que aún me quedan por vivir, pues en este rito de paso en que tantas cosas en mi vida están cambiando no sé cuál será el siguiente paso, todo es más incierto que nunca, y mis cuadernos están en blanco. No hay seguridad en la que agarrarme, sin embargo, guardo los carboncillos que han quedado de mi último fuego pues ellos serán el sustento que sostendrá las maderas cuando encienda en el nuevo hogar la hoguera de mi nuevo fuego.

Hasta entonces… todo es misterio.
La Diosa es la vida,
no hay vida sin Diosa,
no hay Diosa sin vida,
yo soy la vida
yo soy la Diosa.

“Hoy está hecho” awen awen Awen.

Guadalupe Cuevas
Feminidad Consciente
www.guadalupecuevas.com