Todos hemos escuchado hasta el hartazgo lo problemático y peligroso que resulta el tremendo individualismo en el que estamos inmersos. Pero, ¿cómo hemos llegado aquí? El individualismo no deja de ser algo extraordinariamente reciente; el ser humano siempre ha vivido en comunidad y se ha concebido al servicio de esta.
Muchos claman por la vuelta a ese pasado en el que la pertenencia al grupo se consideraba lo prioritario y la libertad personal era prácticamente inconcebible. Más aun hoy, en tiempos de crisis, cobran nuevo vigor los planteamientos que apuestan por una vuelta a los antiguos valores, ya sean estos religiosos, nacionalistas, familiares o romántico-campestres.

Pero si el pasado era mejor, ¿por qué lo perdimos?. ¿Por qué ahora hay más ateos, menos patriotas, más divorcios y más urbanitas?

¿Qué significa el individualismo?

Significa que la persona siente que escribe su propia historia a la par que define quién quiere ser, y que por lo tanto a través de sus decisiones va labrando su destino.

Como apuntábamos, esto no siempre fue así; hasta el siglo XVIII nadie cuestionaba que Dios nos hacía nacer donde nos correspondía, y que tenía ya decidido para nosotros el camino de nuestras vidas. Es con la llegada de la burguesía y la posibilidad de medrar socialmente gracias al comercio, que se fue imponiendo la idea de que uno no tenía por qué conformarse con la clase social en la que había nacido y que los propios méritos (y no un misterioso plan divino) marcaban la diferencia. La moda de las novelas donde héroes que se sobreponían a sus circunstancias alcanzaban la gloria, acompañó a este valiosísimo cambio de mentalidad. Hasta la Ilustración no existían pues los individuos; todos éramos siervos de Dios y medios por los que este se comunicaba: la voz no era propia, el destino tampoco.

Nosotros en el siglo XXI no sólo nos sentimos protagonistas de nuestras vidas sino que también lo somos de nuestra imagen: decidimos quienes queremos ser y cómo deseamos ser vistos. Desde la Revolución Francesa todos somos Señores y Señoras, no importando el color de nuestra piel ni la altura de nuestra cuna. O supuestamente estos son los ideales de nuestra sociedad, aunque en la realidad, donde naces sigue marcando tu futuro y cambiar de clase social es algo que se produce sólo de forma excepcional, y más en países como el nuestro.

Pero lo cierto es que estos ideales nos hacen considerar que nuestros talentos nos pertenecen y podemos emplearlos en proyectos personales que nos hagan prosperar. Ya no concebimos someternos al destino, y si lo hacemos nos deprimimos, pues consideramos un fracaso personal no ser capaces de superar las adversidades y evolucionar positivamente. La desdicha ya no la envía Dios, es fruto de nuestra impotencia. Así pues, nos exigimos a nosotros mismos más que nunca, hasta el punto en que negamos que si bien no es Dios quien nos abre o cierra las puertas, sí hay férreos condicionamientos sociales que nos impiden realizar nuestros deseos. Seamos responsables a nivel personal, sí, pero critiquemos y combatamos el sistema, por favor.

Quizá el mayor peligro del individualismo es provocar que vivamos como si fuéramos a ser los últimos y no hubiera un mañana, recogidos sobre nosotros mismos en una mística burguesa que nos aísla y nos hace cada vez más egoístas.
El ser humano de nuestras ciudades es un experimentador, un buscador de experiencias intensas embarcado en un viaje que transcurre a toda velocidad. Un ser que busca sobrepasar sus límites y los límites de la naturaleza, lo cual le lleva a situaciones angustiosas e incluso suicidas, como lo es la sobrexplotación de los recursos del planeta.
Otro efecto indeseable del individualismo es la pérdida de fe en las relaciones sociales y la excesiva facilidad con la que renunciamos a ellas a favor de nuestra «libertad«; en buena medida nos hemos vuelto fóbicos al compromiso. Queremos más que nunca ser felices, pero ninguna compañía duradera parece darnos lo que necesitamos, sino más bien al contrario, consideramos que las obligaciones que se van contrayendo y los defectos del otro que nunca cambian, son los escollos a eliminar para poder alcanzar el bienestar ansiado.

Qué difícil es convivir y cuánta práctica hemos perdido

Obviamente si hemos terminado en grandes ciudades y aislándonos tanto es porque nunca ha sido fácil; siempre nos hemos hecho mucho daño y librarnos de los otros es una tentación constante. Aunque nos necesitemos tanto… Debe ser que debemos seguir evolucionando para que, desde nuestras individualidades recién conquistadas, podamos generar nuevos modos de encuentro más respetuosos y por lo tanto más creativos.

Hay personas e instituciones que se aprovechan de los males de nuestra época infundiendo miedo y desesperanza; de esta forma pueden vender remedios mágicos, infiltrar ideas fascistas o imponer medidas insolidarias. Lo cierto es que estamos ante un reto: construirnos como personas con capacidad para pensar y ser críticas con nuestro entorno, y a la vez con la voluntad para colaborar y luchar por proyectos que tengan en cuenta el bien común, no sólo el propio.

Nunca hemos sido mejores. Ahora somos más listos, más cultos y más éticos; no olvidemos que venimos de la barbarie y la dictadura. Si nunca hemos sido mejores gracias a este viaje que hemos emprendido en busca de nosotros mismos, lo que nos está faltando para vivir mejor es el reencuentro con el otro y el espacio comunitario, lo cual puede darnos la fortaleza necesaria para forzar el cambio institucional que tanto necesitamos.

Susana Espeleta

Psicóloga colegiada. Psicoterapeuta individual y de grupo

s_espeleta@yahoo.es