Desde tiempos inmemoriales, ha habido seres humanos que han aspirado a ascender a niveles más elevados de consciencia, conquistando dimensiones del Ser que nos pasan desapercibidas. La consciencia es el gran antídoto de la mecanicidad, de esa mecanicidad que anega pensamientos, palabras y actos, nos limita y robotiza, nos impide ver más allá del barniz de las cosas y nos ancla en lo aparente cerrándonos el paso a lo real.

Amamos y odiamos mecánicamente y, férreamente condicionados por nuestros automatismos, perdemos la libertad interior y la independencia de la mente. Nuestro estado de consciencia es muy pobre, a veces incluso lerdo, impidiéndonos ser más vivaces, lúcidos, intensos y compasivos. La lámpara de nuestra mente, la consciencia, opera de manera intermitente y frágil.

Estamos en el sótano del edificio de la consciencia, donde toda visión se estrecha, pero podemos tratar de ascender al piso más alto y amplificar enormemente la visión. De una visión acrecentada, intensificada y clara, surge una manera especial de ser y sentir, y todo adquiere un significado más profundo y transformativo. El yo robótico se va debilitando para que pueda aflorar la preciosa y reveladora energía del yo real.

Juega un papel determinante en este proceso el entrenamiento metódico de la atención, el intento perseverante por hacerse más consciente y frenar las reacciones de mecanicidad, la oposición a alimentar y expresar emociones negativas, el cultivo de determinados momentos de meditación y silencio interior, la vigilancia reflexiva al pensar y al hablar, la indagación de sí mismo y el desarrollo de la pura y desnuda sensación de ser o existir. A veces es como si todo se opusiera a esa ascensión por la escalera de la consciencia y fuerzas internas y externas se resistieran a ese proceso de evolución, pero es necesario redoblar los esfuerzos y servirnos de todas las herramientas que podamos para acelerar la evolución consciente.

A Buda se le denominaba el Despierto, porque había logrado alcanzar esa visión penetrativa que disipa la ignorancia básica de la mente y despeja la consciencia. Si se ha utilizado este término desde muy antaño es porque se insiste en que hay una dimensión de consciencia despierta que es bien distinto al de consciencia crepuscular o semidesarrollada. Mientras la mayoría duerme, psicológicamente hablando, algunas personas permanecen espiritualmente en vela, es decir, se han establecido en una dimensión de consciencia despierta, lo que es una bendición para ellas mismas y para los demás.

Hay que saber servirse de las resistencias u obstáculos en la senda hacia la consciencia despierta, utilizándolas como soportes para aumentar la fortaleza interior y no rendirse a la mecanicidad, sino tratar de que incluso en la oscuridad de la mecanicidad pueda surgir un punto de luz y que el yo robótico deje de ser un tirano y podamos caminar hacia el yo real.

Existe un adagio muy antiguo que merece la pena recordar y a través de él motivarnos: «Hasta en la nube más oscura hay una hebra de luz».
Ciertamente que en una sociedad tan hondamente dormida, no es fácil despertar, pero en los seres humanos que surge ese impulso hacia un nivel más alto de consciencia, hay que aprovecharlo para no cesar en el intento. Cada momento cuenta, cada instante puede ser alumbrado para alumbrar otros instantes. Al final, en el viaje hacia los adentros, cada uno tiene que encender su propia lámpara.

Ramiro Calle

Director del Centro de Yoga Shadak y escritor

www.ramirocalle.com