Cuidar el cuerpo, escuchar el corazón, desplegar el Ser

Un camino hacia la plenitud

El efecto sanador y expansivo de movilizar el cuerpo, ya sea mediante la danza libre o con gestos pautados, así como con el masaje o con cualquier forma de expresión creativa, es tan radical que hace fácil entender la tendencia imparable de su inclusión en tantas formas de terapia, algo que hasta hace no tanto parecían caminos disociados en dimensiones estancas.

Emociones, pensamiento y cuerpo, perteneciendo a universos vitales distintos, conviven en una interacción cuyo efecto parece irse aceptando también en la práctica clínica más ortodoxa. Y de esa danza interactiva, tan inevitable, y tan unitaria como la que acontece entre los seres humanos en cualquier colectividad y hasta el planeta completo, resulta un destello que bien puede llamarse espiritual en lo que tiene de trascendente y de transformador -no necesariamente vinculado a ninguna doctrina ni creencia y sí al propio Ser.

Y de poco sirve cualquier argumentación.

En los trabajos como el que dirige Graciela Figueroabailarina desde los dos años, artista multidisciplinar y terapeuta psicocorporal– en los que queda fuera de cuestión la eficacia de abordar al ser humano desde todos los órdenes, lo que cuenta es la vivencia en primera persona. Ahí es donde aparecen los descubrimientos más valiosos, como el de la posibilidad de avanzar por el camino de la alegría, de la vitalidad, del cuidado, del bienestar y, muy especialmente, de la libertad…

Frente a las exigencias asociadas a la danza como espectáculo o como disciplina, el efecto terapéutico de llevarla a la categoría de vivencia devuelve al movimiento su verdadera naturaleza y regala a quien lo practica toda su potencia de conexión, consigo, con su entorno y hasta con el Universo y más allá de lo conocido.

Quizá las danzas rituales de todas las culturas ancestrales tuvieran más sentido del que les hemos concedido desde la racionalidad occidental.

Y es precisamente la vivencia en primera persona lo que vuelve irrefutable el efecto del trabajo y donde el abordaje hacia el bienestar se muestra en una amplitud tan grande como lo es el propio ser humano, en una inclinación natural hacia el bienestar, con la que casi nunca es difícil re-conectar y encontrar el anclaje que guíe hacia las opciones más reconstituyentes a todos los niveles.

Desde el nivel físico-celular hasta la conexión con lo más grande e inefable, pasando por los vínculos afectivos -familiares, sociales…- o el engarce profesional, todas las circunstancias pueden conformar la pista de baile óptima para desplegar todo el potencial del Ser, cuidando al cuerpo y escuchando al corazón. Así lo entendió Susana Milderman seguramente cuando empezó a investigar a través de sus propias dolencias físicas, mientras se asomaba a los arquetipos clásicos y se dejaba inspirar por figuras rompedoras, como la bailarina Isadora Duncan, y prodigaba sus enseñanzas hacia unos poquitos discípulos, como María Adela Palcos, a quien debemos la creación de la escuela Río Abierto.

El efecto terapéutico de llevar la danza a la categoría de vivencia devuelve al movimiento su verdadera naturaleza y regala a quien lo practica toda su potencia de conexión

Y la búsqueda por esta aventura de desplegar potenciales sigue siendo personal –se diría que todo pasa por la expresión genuina de quien realmente somos y que eso incluye asumir la propia originalidad, quizá con algunas trazas de soledad incluidas– pero la grandeza de llegar al mundo después de gente tan sabia permite hacerse con llaves maestras para puertas a lugares que quizá creíamos vetados y que son verdaderos accesos a dimensiones nuevas.

Quizá todo consistía en disfrutar, en centrar la búsqueda hacia la expresión genuina y la realización de los propios dones; quizá se trataba de reconocer el recorrido de la aventura de vivir como una danza de sanación y libertad en grupo, en escucha y en amor, hacia la plenitud. Que así sea.

Lola Bastos

Terapeuta psicocorporal formada en

el Sistema Río Abierto

www.rioabierto.es