10 rasgos del verdadero optimista (10 cualidades para potenciar el Optimismo)

¿Quién no conoce a alguien que, a pesar de haber sufrido mucho en la vida, siempre se muestra enérgico, positivo, y ha luchado, con éxito, para salir adelante? Personas así nos inspiran y nos contagian las ganas de vivir. Son los optimistas. Y todos tenemos la semilla del optimismo en nuestro interior: sólo debemos regarla y cuidarla para que crezca y nos haga crecer.

Lejos de la ingenuidad, la falta de realismo y el autoengaño, al auténtico optimista lo definen unas cualidades que lo ayudan a llevar una vida plena y lo hacen reconocible (e incluso envidiable) en casi todas las situaciones de la vida.

Éstas son las diez principales cualidades de ese optimismo que quiero que despiertes o potencies. Las presento en contraste con las actitudes pesimistas, aquellas que conviene evitar.

El verdadero optimista es…

1. Racional

A la hora de tomar decisiones, el verdadero optimista no se deja llevar por el puro entusiasmo o por sus sueños sin pensar en los riesgos ni en las posibles desventajas de sus actos. En cambio, persigue sus metas y da con los recursos ideales partiendo del análisis profundo del objetivo que quiere lograr y de los pasos que debe seguir, sopesando los pros y los contras y, sobre todo, siendo muy consciente de su personalidad. Tiene presentes sus limitaciones, sus puntos débiles y sus puntos fuertes, y busca el camino adecuado para compensar los primeros y potenciar los segundos. Eso le da seguridad y alimenta su perseverancia en la consecución de sus propósitos y, a la vez, en su desarrollo pleno.

Por el contrario, el pesimismo suele tener su raíz en profundas creencias inconscientes («no valgo para esto», «todo me sale mal»), miedos e inseguridades que no permiten enfocar con realismo ni las situaciones ni las propias capacidades.

2. Valiente

Las personas optimistas confían en sí mismas y en su capacidad de conseguir que las cosas, de una u otra forma, salgan bien. Por eso asumen riesgos, son osadas. Con la energía y la fortaleza que las caracterizan, aunque sin perder de vista las dificultades, se centran en las oportunidades que se presentan ante ellas y se atreven a desafiarse. Son plenamente conscientes de que no pueden descartar el fracaso, pero no lo temen: saben que, aunque al final no alcancen su meta, habrán aprendido una valiosa lección.

En cambio, las personas pesimistas suelen vivir instaladas en la resignación y, por tanto, raramente se aventuran en el camino hacia el cambio. El temor al fracaso, del que no se verían capaces de recuperarse, las bloquea y no les permite ver las oportunidades. Y, en caso de que logren superar el miedo y arriesgarse, si al final llega el fracaso, éste constituirá para ellos la confirmación de su actitud habitual: ya tengo suficientes problemas, mejor me quedo como estoy.

3. Perseverante

Cuando surgen contratiempos, los optimistas, lejos de desanimarse, revisan su enfoque de las circunstancias y de sus propósitos para descubrir vías alternativas, aunque sean mucho más audaces e insólitas que las iniciales. Tenaces y pacientes consigo mismos, buscarán una y otra vez hasta que alguna vía funcione o hasta que todas las posibilidades estén realmente agotadas.

 Por su parte, ante el primer obstáculo, los pesimistas se sienten frustrados. Creen que el problema carece de solución y, en ocasiones, algo peor: que ellos son los responsables únicos de que las cosas no hayan salido como esperaban. Su autocrítica es siempre feroz.

4. Creativo

Como no desfallecen ante los contratiempos, las personas optimistas buscan soluciones aunque aparentemente no haya ninguna. Por eso son sumamente creativas: analizan los problemas desde puntos de vista diferentes y descubren caminos a menudo innovadores para seguir avanzando hacia sus objetivos.

 Por el contrario, un pesimista tiene una visión estrecha de la realidad y, a causa de sus inseguridades, ante un desafío evitará el riesgo y únicamente recurrirá a las herramientas que conozca y que hayan demostrado su eficacia. Si éstas no funcionan, se resignará y desistirá de sus propósitos.

5. Sociable

Para los optimistas, todas las personas, aparte de merecer respeto, constituyen una fuente de saber. Dado que para ellos cualquier experiencia es un aprendizaje que los ayuda a mejorar, entablar relaciones es una valiosa ocasión para conocer ideas y formas de vida diferentes. Por eso tienen un carácter abierto y amigable.

Cuidado: no estamos diciendo que los optimistas utilicen a los demás para su propio beneficio. El interés por el otro es genuino, nace del respeto y es recíproco, porque ellos aportarán también cuanto puedan al intercambio.

 Aparte, ya hemos señalado que ser optimista no significa ser ingenuo. Así pues, las personas positivas son conscientes de que pueden llevarse sorpresas desagradables, encontrarse con personas tóxicas. Pero prefieren arriesgarse a sufrir una decepción antes que perder la oportunidad de conocer a alguien que merezca la pena y tal vez construir una amistad profunda y duradera.

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 En cambio, los pesimistas no suelen ser sociables: el miedo a la frustración, a que les hagan daño, y la visión profundamente negativa de la humanidad hacen que prefieran la soledad o se resistan a salir del círculo familiar y de amigos consolidado. En consecuencia, a menudo tienen problemas para relacionarse tanto en la esfera personal como en la profesional. Desconfían de todo el mundo y, por otro lado, les cuesta ver los aspectos positivos de los demás: nadie les parece suficientemente bueno. Consideran que en el fondo ninguna amistad o relación es sincera, que la traición siempre planea sobre ellas, y en el trabajo prefieren el aislamiento y el trato mínimo con los compañeros. Aunque la soledad les cause tristeza, están convencidos de que la vida no puede ser de otra manera.

Para el optimista, un desconocido es una posible nueva amistad; para el pesimista, una amenaza.

 

El verdadero optimista…

6. Ríe, sonríe y llora

El optimista vive plenamente y no se inhibe a la hora de mostrar su alegría. Debido a su carácter amigable, suele ser de sonrisa fácil, aparte de que siempre encuentra motivos para estar contento   y sabe centrarse en ellos: cada pequeño triunfo, cualquier noticia esperanzadora, las alegrías ajenas lo harán sentirse feliz y reafirmarse en su actitud positiva. Y cuando lo embarga la tristeza, consciente de que las contrariedades se superan  y de que todos podemos salir adelante, procura desembarazarse de ella lo antes posible.

Por su parte, las personas pesimistas, inseguras, con baja autoestima, vergonzosas, en según qué circunstancias (un entorno poco conocido, una situación nueva), reprimen la risa. Y sus sonrisas son apenas esbozadas o tristes, pues cuando viven un éxito o reciben una buena noticia sólo ven la para ellos irremediable contrapartida negativa, las desilusiones que los esperan a la vuelta de la esquina.

Este rasgo explica en parte por qué entre los beneficios del optimismo se cuentan una salud mejor, mayores índices de bienestar e incluso una mayor esperanza de vida.

 Del mismo modo que dan rienda suelta a la alegría, los optimistas se permiten sentir las emociones negativas, inevitables a lo largo de la vida.

Saben que son pasajeras y, sobre todo, que reprimirlas resulta contraproducente, pues tienen una función terapéutica (por ejemplo, el llanto nos ayuda a expulsar del cerebro sustancias asociadas al estrés), y sólo liberándolas superamos las circunstancias que las han ocasionado. Así, llorarán libremente la pérdida de un ser querido, y expresarán su enfado cuando resulte necesario, en lugar de acumular ira.

A diferencia de los optimistas, que expresan los sentimientos negativos en el momento en que aparecen a fin de sobrellevar la pena, la tristeza o la ira, los pesimistas suelen anticiparse a las situaciones dolorosas —de forma que sufren antes, durante y después de un disgusto—, o bien reprimirlas o transformarlas: a menudo, su llanto no es liberador sino fruto de una resignación o una desesperanza que no saben cómo vencer.

7. Asume sus errores

Ya hemos señalado que el optimismo va de la mano del autoconocimiento y del realismo. Por tanto, las personas positivas no se creen infalibles, pues nadie lo es. Así, cuando cometen un error o sufren un fracaso (una posibilidad que saben tener presente), buscan el origen de los mismos. Si se encuentra en circunstancias que escapan a su control o responde a errores ajenos, lo aceptarán y seguirán adelante, quizá planteándose nuevos caminos para alcanzar sus objetivos, o tal vez fijándose otros.

Si en cambio son ellos quienes se han equivocado, no se castigarán ni caerán en el victimismo o la desesperanza: tomarán nota de la lección aprendida y la tendrán en cuenta para perseverar o enfrentarse a nuevos retos.

 En las mismas circunstancias, los pesimistas suelen reaccionar o bien negando su responsabilidad en el fracaso, achacándolo a la injusticia del mundo, o bien culpándose dura e injustamente y cayendo en un desánimo que multiplicará su visión negativa de ellos mismos y de la vida.

8. Escoge ser positivo

El optimista es consciente de su optimismo: sabe que no podemos cambiar según qué realidades, pero sí la manera de afrontarlas. Ha comprobado que el enfoque positivo de la vida garantiza el bienestar, mientras que el negativo conduce al inmovilismo y la insatisfacción. Por eso decide enfrentarse a la vida con fortaleza, energía, ilusión. Sabe que quien no se equivoca no aprende, y por tanto asume sin miedo los riesgos que puede implicar cada aventura, cada meta que se fije. No obstante, ha de estar alerta y alimentar su optimismo día a día. Sólo así desarrollará todo su potencial y se mantendrá en el camino hacia una vida plena.

 Las personas pesimistas consideran que los optimistas son ingenuos y se engañan a sí mismos, y que en cambio la suya es una visión realista de las cosas. Sin embargo, ésa constituye una mera justificación de una actitud que son incapaces de transformar, aunque sepan, consciente o inconscientemente, que es incompatible con la felicidad.

9. Sabe cuándo resignarse a lo inevitable

Resulta imposible controlar todos los factores que afectan a nuestra vida, y hay situaciones que no dependen de nosotros, no podemos hacer nada por cambiarlas o evitarlas. Las personas optimistas lo saben y lo aceptan. Pero se resignan solamente cuando han constatado que ésa es la única opción. Su resignación es serena, fruto del análisis y del realismo, y no impide que se planteen alternativas, nuevos caminos hacia nuevos objetivos.

Por el contrario, el pesimista se resigna a lo que considera inevitable antes de comprobar si verdaderamente lo es. Duda que los cambios a mejor sean posibles y que podamos influir en nuestro entorno, y su resignación, de nuevo, nace del convencimiento de que de nada sirve luchar y buscar otras opciones. Así, se quedan anclados en un inmovilismo absoluto, de forma que no serán capaces de mejorar ni sus circunstancias ni su estado de ánimo.

10. Nunca deja de soñar

El auténtico optimismo es un motor que nos impulsa sin cesar hacia el desarrollo pleno. Por eso, cuando cumple un sueño, una persona optimista siempre tiene otros que alcanzar: cada meta alcanzada es el trampolín hacia nuevos y estimulantes retos que le permitirán circular por caminos inexplorados y enriquecer su visión del mundo. Incluso los pequeños logros en su avance hacia sus objetivos los celebra  como  premios  que realimentan su positividad y su energía.

El pesimista ve su futuro como un devenir de días iguales entre sí, anodinos, carentes de emoción.  Su falta de fe en sí mismo y la idea de que las cosas únicamente pueden mantenerse igual o  empeorar le impide responderse a preguntas esenciales para avanzar.

EXTRACTO DE

El Optimista que hay en ti

Jessica J. Lockhart

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