En el segundo volumen de mi trilogía «El Faquir», el protagonista occidental (que podemos ser cualquiera de nosotros) recuerda lo que anteriormente le había dicho su maestro: «De lo único que un aprendiz tiene que preocuparse es de aprender». Y siempre que puedo trato de decirme a mí estas palabras, que me sirven de aldabonazo para remover la consciencia, sacarla de su letargo y estimular sus potenciales.

¡Aprender!. No dejamos de hacerlo. Somos seres en incesante aprendizaje.

Cuando éramos niños aprendimos a hablar, a caminar, a leer y tantas cosas más. Pero el aprendizaje de un buscador de las regiones elevadas de la consciencia es muy especial, porque para que pueda celebrarse también hay mucho que desaprender. Soltar y asir, vaciarse de muchas cosas y sacrificar una parte de uno (la adquirida) para que pueda surgir otra (la real). Tenemos que desaprender nocivos hábitos psíquicos, rutinas psicológicas poco provechosas, viejos patrones y conductas que nos dañan a nosotros y a los demás. Uno debe acecharse sin tregua, porque nos asaltan los pensamientos insanos, las reacciones emocionales desorbitadas, los sentimientos feos o las tendencias que nos someten a servidumbre.

Recordemos ese pasaje de cuando el discípulo le preguntó a su maestro si tenía algo que perder con la meditación, y el mentor repuso: «¡Claro, mucho! Tienes que perder la necedad, el miedo, el rencor, la envidia… Mucho que perder».

Y el ego.

Hay muchos tipos de ego o muchas facetas del mismo. Ningún actor es capaz de asumir un repertorio tan grande de papeles como el ego. Hay el ego que juega a hacer víctima y el que se reviste de una aparente humildad que no es tal; el ego prepotente y que a cada momento recrea la fea autoimportancia; el ego que explota sus pusilánimes estados de ánimo y manipula sirviéndose de ellos. Está el ego dominante y el ego dependiente, el ego que tiende a simbiotizarse y el ego que se exhibe con sus conocimientos académicos. Un ego difícil de reducir es el que aprovecha cualquier capacidad o habilidad para alardear y competir, o el ego ladino que se arropa con el lustre de la seducción para manipular…

Si pierdes el ego, ganas el Ser… Pero todos seguimos en el ego. Hoy se habla más que nunca del ego… desde el ego.

Siempre aprendiendo. El aprendizaje que no cesa, como el sabueso que no deja de perseguir su presa. La presa del Ser es la Conciencia; la presa del ego es la carnaza para seguir afirmándose paranoicamente.

El pensamiento es egocéntrico. Es ávaro: un estómago sin fondo. Se apoya en el ego y a su vez apoya el ego. Por algún lado hay que hallar la puerta para embaucar al ego y que él no nos embauque. Por eso el ego no quiere nunca que el pensamiento se detenga. Es bien fácil de comprobar cuando se medita.

El lado más difícil de descubrir del ego, su papel culminante, es el del enmascaramiento. Es el ego que se sabe todos los trucos, que se disfraza como nadie, que es furtivo y huidizo como una sombra. Con amortiguadores psíquicos y autoengaños de todo tipo, enmascaramos el ego e incluso, egocéntricamente por supuesto, nos decimos que ya no tenemos tanto ego. El ego enmascarado se carcajea. No sólo seguimos siendo egocéntricos, sino encima bobos. Es un trabajo de gran envergadura descubrir el ego enmascarado. Pero no hay avance espiritual, no hay real madurez emocional, si no desenmascaramos a este fantasma que cuando creemos haberlo disipado, se levanta con más fuerza que nunca. Me sorprendo a mi mismo cuando descubro qué poderoso es el ego enmascarado. «¡Cuidado!- me digo- Hay que estar siempre vigilante, pues es muy difícil ganarle la partida».

El mismo ego debe suicidarse. Entonces queda un ego que es, según el simil de Ramakrishna y otros sabios de Oriente, como una cuerda quemada, que ya no tiene consistencia. Ya no nos puede ahorcar.

Mucho que aprender… mucho que desaprender. Pero, como dice Suresh en El Faquir: «DE LO UNICO QUE UN APRENDIZ TIENE QUE PREOCUPARSE ES DE APRENDER».

Siempre aprendiendo. Unas veces en soledad y otras con otros compañeros en la senda del espíritu, pero siempre aprendiendo. Es la grandeza del aprendizaje.

Ramiro Calle

Director del Centro Sadhak

www.ramirocalle.com