Sé que el título del artículo no es novedoso…cuántas veces habremos oído eso de que tu alimento sea tu medicina y tu medicina sea tu alimento; y lo curioso es que cuando la frase aparece en el aire, todo el mundo asiente afirmativamente con su cabeza, como si hubiera una memoria ancestral que sin una explicación muy clara moviera nuestro cuello de arriba a abajo….¿sabiduría popular?. Lo curioso es que cuando llega el momento de decidir qué comer, parece que una miríada de factores emergen de repente, relegando la alimentación a su faceta de: “algo necesario para vivir y que de paso nos puede dar placer”, de modo que esa memoria ancestral se queda olvidada o como mucho relegada al plano mental, sin llegar en la mayoría de los casos a tocar nuestro corazón y aun menos nuestras acciones.

Hay dos aspectos bien definidos en la práctica médica: el preventivo y el terapéutico. Como especialista en Medicina Preventiva se bien que el primero hoy en día ha quedado reducido a una expresión mínima, campañas de educación para la salud desde las administraciones públicas, intentar evitar las infecciones hospitalarias (debido precisamente al hecho de estar ingresado en un hospital) y poco más. En cuanto al segundo, el arsenal terapéutico es por otra parte más y más sofisticado, con efectos secundarios, caro, y reservado al uso de profesionales médicos cada vez más especializados.

En este contexto, la formación que recibí durante los seis años de carrera y los cuatro de especialidad, sobre la alimentación y su impacto preventivo y curativo fue prácticamente inexistente. No me sorprende tampoco que fuera así, ya que solemos estar ciegos ante lo que se sale fuera de nuestro marco conceptual o de referencia.

Imaginemos por un momento que estamos en una habitación llena de humo y tóxicos, sin ventanas….va a llegar un momento en el que se nos dificulte la respiración y empecemos a sentirnos enfermos. Imaginemos también que lo mismo le puede pasar a las células; ellas viven en un espacio que en medicina se llama mesénquima o medio interno (el espacio en el que están bañadas), de donde toman sus nutrientes para realizar sus funciones vitales, reparar lo que sea necesario, regenerarse, y a donde a su vez echan sus desechos para poder mantener su equilibrio interno y permanecer “sanas”. Ese espacio es a la célula lo que a nosotros es lo que llamamos el “medio ambiente”. Cuando ese medio ambiente se ensucia cada vez más, la célula empieza a intoxicarse, no puede realizar o llevar a cabo de forma idónea las funciones para las que está diseñada y consecuentemente empieza a tener problemas que repercuten directamente en nuestra salud y vitalidad.

¿Cómo entra en juego la comida en este escenario? En realidad es un mecanismo sencillo de entender. Cuando los alimentos y las bebidas, después de su digestión, son absorbidos, pasan a formar parte de nuestra sangre, cambiando la cualidad de la misma, y bañando todas y cada una de las células, órganos y sistemas que nos conforman, es decir formando parte de ese “medio ambiente” celular del que hablábamos. Es fácil para todos percibir cómo la ingestión de drogas, alcohol o café alteran nuestro cuerpo y la visión que tenemos de lo que nos rodea; esto es así porque estas substancias alteran rápidamente la química sanguínea; con lo que comemos pasa exactamente lo mismo solo que más lentamente. La química sanguínea y del medio interno, está directa y estrechamente relacionada con el buen funcionamiento de la célula (por poner un ejemplo las reacciones enzimáticas que tienen lugar a nivel celular suceden en una franja de pH muy precisa, fuera de la cual se producen disfunciones).

Consecuencia: si lo que como afecta la calidad de mi sangre y del medio interno que baña la célula, y por lo tanto afecta directamente a las funciones celulares, es vital que nuestra alimentación por una parte contribuya a no “intoxicar” el entorno celular, y por otra que colabore a repararlo y a equilibrarlo, ayudando a nuestro organismo a potenciar su vitalidad y su salud.

Está claro hoy en día, que la mayoría de las enfermedades crónicas modernas (diabetes, hipertensión, enfermedades cardiovasculares, obesidad, problemas osteoarticulares, enfermedades degerativas) están ligadas, entre otros factores, a desequilibrios en los niveles de glucosa (mal llamado azúcar) en sangre, activación de procesos inflamatorios, desequilibrios en el pH interno y activación de procesos oxidativos. Pues bien, está demostrado clínica y científicamente que una alimentación basada principalmente en productos integrales de origen vegetal (cereales integrales, legumbres, verduras, algas, semillas, frutas, frutos secos), regula la glucosa, genera un balance alcalino, disminuye procesos inflamatorios y es antioxidante. ¿Puede ser que un abordaje sencillo, barato, y sin efectos secundarios colabore directamente en la mejora y curación de la mayoría de las dolencias de la civilización occidental? Mi respuesta, y la respuesta de muchos otros, es SI con mayúsculas.

Y lo que es más, cuando nuestro medio interno está limpio y equilibrado, cuando nos alimentamos de comida que tiene vitalidad y lo hacemos de forma proporcionada, el resto de herramientas terapéuticas que podamos utilizar para facilitar la curación, bien sea homeopatía, pares biomagnéticos, espagiria, acupuntura, terapia emocional, fármacos, cirugía, o cualquier otra, son definitivamente mucho más efectivas.

Soy muy consciente de que la comida no es el único elemento que puede generar salud, pero es claro para mí, que es un elemento crucial y esencial a la hora de prevenir enfermedades y de facilitar, estimular y ser clave en el proceso de curación de cualquier patología.

Eva T. López Madurga

Doctora en Medicina. Médico especialista en Medicina Preventiva y Salud Pública

Consultora de Nutrición, Macrobiótica y Salud Integral

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