En plena crisis sanitaria en la que nos vemos bombardeados por noticias indicando que vamos a disponer de menos Sanidad Pública se echa en falta un debate sobre la salud preventiva. No una que con complicados medios tecnológicos nos indique que enfermedad sufriremos o de la que vamos a adolecer, sino una que evite que enfermemos y promueva que tengamos una mejor salud; para esto la base principal es la alimentación. «Que el alimento sea tu mejor medicina y tu mejor medicina sea tu alimento» afirmaba Hipócrates en el siglo V a.C. Parece que desde entonces nada ha cambiado.

¿Qué comemos?

No hace tantos años, una de las primeras preguntas que te hacía un médico era qué habías comido. Parece que las prisas de estos tiempos impiden a médicos y terapeutas pararse a preguntar y al paciente pararse a responder. Lo primero que deberíamos hacer es averiguar qué comemos, dedicando un par de semanas a anotar y observar cada alimento que ingerimos, las cantidades, si lo hacemos rápido, la calidad de éstos, el tiempo que hemos dedicado a comer, si lo hacemos de pie o sentados, corriendo o tranquilamente, con la televisión o en silencio, cómo lo cocinamos… Es posible que muchos de nosotros observemos una ingesta exagerada de alimentos de algún tipo y el nulo o escaso consumo de otro grupo.

Comemos en general rápido y mal y, en muchos casos, comida de bajo nivel nutritivo. Nuestras librerías están llenas de manuales de dietas, de corrientes de alimentación, que nos generan más confusión sobre qué comer. Uno mismo debe de observar qué efectos producen los diferentes alimentos en su organismo tras su ingesta y en las siguientes horas o días. Debemos observar si tal o cual comida nos produce un ligero dolor de cabeza, cómo son nuestras digestiones, si descansamos bien o no, cuál es nuestro nivel energético, qué molestias observamos en nuestro cuerpo, cómo es el estado de nuestra piel, nuestro humor, nuestro ritmo respiratorio…

¿Por qué lo comemos?

Cualquiera que sea invitado en una casa ajena a comer, al sentarse en una silla se puede encontrar automáticamente con la respuesta de alguno de los familiares de la casa indicándole «este es mi sitio». Nos sentamos durante años en las mismas sillas, consumiendo los mismos alimentos, siguiendo las mismas rutinas y roles durante años, en muchos casos con toda la familia adormecida delante del televisor. Todos tenemos valores alimentarios y aparte de los adquiridos por la publicidad de la industria alimentaria, a la que le interesa que consumamos tal o cual alimento, o la dieta de moda de ese año, en su mayoría estos están adquiridos en el núcleo familiar.

En general aprendemos a cocinar y a comer de nuestros padres. Todas las familias tienen valores sobre la comida: unas familias confieren un valor especial a la carne, otras a las verduras frescas, otras al pescado,… en algunas encontraremos que no se le presta especial atención y en otras es una celebración diaria. Unas familias se premiaran en fechas señaladas con una gran mariscada y otras premiaran a sus hijos acudiendo a un establecimiento de comida rápida.

En consulta cuando se trata de dietas suelo hacer una pregunta que suele sorprender a mis pacientes «¿A qué se dedicaban para vivir tus padres y abuelos y donde vivían?» La respuesta es automática, no entienden que tiene que ver eso con lo que comen. Muchas de las familias que han pasado de un entorno rural a la ciudad siguen teniendo la misma ingesta calórica que cuando sus antepasados trabajaban en el campo durante una o varias generaciones y conservan los valores alimentarios de su lugar de origen.

Un ejercicio muy entretenido que practico a veces, es colocarse un sábado en cualquier supermercado cerca de las cajas y ver de qué están llenos los carritos de la compra y observar los cuerpos de los familiares. ¿Están sanos?, ¿obesos?. Veremos carritos llenos de refrescos, otros con productos congelados, otros con frutas y verduras y a continuación vemos a su dueño y familia; esto nos dará muchas pistas para vernos a nosotros mismos.

Parece como si todo hoy en día fuera genética. En las conversaciones a menudo se utiliza a modo de disculpa o de sentencia: «soy obeso porque toda mi familia lo es». Tenemos propensión a la diabetes, al colesterol, a ser flacos, a tener poca energía, a vivir poco o mucho,… Sin negar la carga genética que nos condiciona en parte, debemos observar también si somos de familias que consumen mucho azúcar, alimentos en exceso, alimentos sin energía y un largo etc. y no dejar todo en manos de la genética.

¿Qué comer?

Todos escuchamos que tenemos que comer alimentos frescos, de temporada y de alto nivel nutritivo, pero ¿dónde están estos alimentos?. Parte de la industria alimentaria se ha convertido en una máquina de hacer dinero: pollos hacinados, hormonados y llenos de antibióticos, frutas y verduras llenas de fertilizantes, pesticidas que queremos que crezcan rápido con un bajo coste económico, pero poco sanos, tanto para nosotros como para nuestro medioambiente. Independientemente de la ideología alimentaria que sigamos: tradicional, vegana, crudívora, macrobiótica,… deberíamos hacer una fuerte apuesta por la alimentación ecológica, que está libre de transgénicos, pesticidas y abonos químicos y nos proporciona unos alimentos de alta calidad.

Pero en esto aún existe una gran confusión gente que cree que ecológico es vegetariano o que todos los alimentos que se venden en herbolarios o mercados tradicionales lo son. Muchos de los alimentos que encontramos en supuestas tiendas Bio no lo son; son integrales pero no ecológicos, por lo que no podemos saber a ciencia cierta la calidad de estos alimentos. Desde el 1 de julio del 2010 disponemos del nuevo logotipo ecológico de la UE, la llamada eurohoja, con su fondo verde y las estrellas de la Comunidad Europea, de uso obligatorio para los alimentos preenvasados. También se pueden seguir utilizando logos nacionales y o regionales, pero el uso de la bandera verde cada vez está más extendido, facilitando en mucho la identificación. Debemos observar los sellos en los productos que compramos sea en una Bio tienda o en un supermercado; sólo esto nos podrá garantizar que el producto sea ecológico.

Por mucho que ciertos estudios médicos aparecidos hace poco tiempo y de muy dudosa calidad nos digan que los alimentos ecológicos no producen ningún beneficio para la salud, cualquiera que siga un mes un cambio a alimentación ecológica notará en breve como su energía y salud mejoran.

A veces olvidamos que la mayor superficie ocupada por el hombre en el planeta Tierra son los cultivos, por lo que esto influirá no sólo en nuestra salud sino en la salud del medioambiente.

Alejandro Sexto Naturópata.

Comunicación Espacio Orgánico.

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