La acción no tiene por qué ser agitación y, sin embargo, sí puede ser meditación. ¿Cómo? Manteniendo en la acción la actitud meditativa, es decir, estando más centrado y concentrado en el aquí y el ahora, encauzando el esfuerzo o energía, activando la atención consciente, desplegando la ecuanimidad, estimulando el sosiego interior, recuperando el sosiego cada vez que se extravía y tratando de desarrollar lucidez y compasión.

 Cada trabajo, actividad o acción, en lugar de llevarlos a cabo de modo mecánico, los podemos efectuar con mente alerta y aquietada, sin dejarnos obsesionar por los resultados de la acción y convirtiendo cualquier actividad en un soporte meditacional. Así la meditación se convierte en un arte de vivir, en una técnica de vida, en la contemplación en la acción, logrando, como diría Kipling, «mantener la cabeza tranquila cuando todo alrededor es cabeza perdida». Se puede acometer la acción con mucha consciencia e interés, pero sin aferramiento ni apego, sin sin aborrecimiento ni odio. Estar en la acción desde la quietud y practicar lo que se llama, a cada momento, la atención serena. Son muy significativas las palabras de Vivekananda:

«Trabajad como si fuérais en esta tierra un viajero. Actuad incesantemente, pero no os ligueis; la ligadura es terrible. Este mundo no es nuestra morada; es solamente uno de los escenarios por los que vamos pasando».

La meditación en la acción, la contemplación en la actividad, saber asir y saber soltar, no encadenar tanto el momento anterior al posterior; tomar los acontecimientos con actitud ecuánime y evitando las reacciones desorbitadas; aplicar siempre que sea posible el entendimiento correcto; saber fluir, evitando inútiles fricciones, conflictos, preocupaciones o disgustos. Estar en uno mismo a pesar de la acción, sin dejarse alienar por la misma.

Por un lado la meditación sentada y, por otro, la meditación en la acción. Cuando estamos atentos, de todo podemos aprender y todo podemos utilizarlo como soporte para el entrenamiento metódico de la concentración, la ecuanimidad y la lucidez. La atención nos procura precisión y profundidad. Eatamos en actitud meditativa, si hay atención, tanto al preparar una ensalada, como al dar un paseo o estar en la profundidad de la caricia.

Era también Vivekananda, él mismo un gran karma-yogui, quien aconsejaba: «Actúa, actúa, pero no dejes que ni una sola onda de inquietud alcance tu cerebro». Como dice mi buen amigo y asiduo practicante de yoga Antonio García Martinez, extraordinario procurador, muy diligente y eficaz en su trabajo, por fuera parece un ejecutivo, pero por dentro su alma es la de un yogui y trata de recuperar la calma cada vez que tiende a desvanecerse.

Cualquier trabajo, cualquier actividad, toda acción, puede acometerse mecanicamente, con el yo-robótico, o consciente y meditativamente. Así los frutos de la meditación sentada se llevan a la vida cotidiana y se logra una dimensión de quietud aún en la frenética actividad.

Ramiro Calle

Director del Centro de Yoga Shadak y escritor

www.ramirocalle.com