Dukkha es un término del idioma que hablaba el Buda, denominado pali y que se deriva de esa gran lengua madre que es el sánscrito. A menudo se traduce dukkha como sufrimiento, que sería su significado más exacto, pero hay que entender el término en toda su extensión. Es malestar, dolor, angustia, desdicha e insatisfactoriedad. La insatisfacción que deriva de todo el cúmulo impresionante de sensaciones ingratas, desagradables, dolientes y productoras de infelicidad. Estas sensaciones pueden ser físicas, mentales o psíquicas. Toda sensación desagradable crea sufrimiento en uno u otro sentido, una u otra intensidad.

Por todas partes asoma dukkha, y eso no quiere decir que no haya sensaciones agradables o placenteras, a las que a menudo nos aferramos o apegamos y por eso cuando se pierden, también provocan desdicha, tristeza profunda o frustración. Porque hay placer hay displacer, porque hay sensaciones gratas hay ingratas. Como somos seres sintientes, sentimos. A veces sentimos sensaciones gratas que nos hacen sentirnos bien; otras, ingratas y que nos hacen sentirnos mal. Estamos supeditados a las sensaciones agradables y desagradables mientras vivimos en esta máquina psicomática.

La gente querría en todo momento sensaciones gratas, pero eso no es posible. Detrás del placer, asoma el sufrimiento El cese del sufrimiento, provoca dicha. La vida, como indico en mi relato iniciático El Faquir, nos presenta un escenario de claroscuros en el que tenemos que vivir, encontrándonos con los mil rostros del placer, pero también con los mil del sufrimiento. Unas veces estamos fatigados o desmotivados, otras desorientados o alicaídos, otras experimentamos tristeza o ansiedad, otras nos sentimos muy vacíos, como si nada tuviera sentido; otras nos topamos con la frustración y el desencanto. Todo eso también es dukkha.

El vacío existencial y pavoroso que arrastramos también es dukkha. La enfermedad, la vejez y la muerte son aspectos muy lacerantes de dukkha. Dicha y desdicha se alternan. Una sigue a la otra. Con frecuencia, tanta dicha deseamos que ya fabricamos desdicha; otras veces, tanto queremos no sufrir, que nuestro sufrimiento es extra.

He escrito varios libros de éxito sobre la felicidad, pero la felicidad como estado exterior no existe. La vida se encarga de desbaratarlo todo. Esto lo entiende muy bien el que sabe ver con lucidez, y no se extravía en autoengaños, componendas, distorsión mental, placebos o analgésicos psíquicos. Ver el sufrimiento sin enmascaramientos y vivirlo con madurez, aprendiendo del mismo y utilizándolo para el despertar de la consciencia, es madurez. Querer evadirse de lo que es, es inmadurez. No hay otra dicha real que la paz interior. No hay otra forma de afrontar el sufrimiento con sabiduría que a través de la ecuanimidad y la aceptación de lo inevitable.

Dondequiera que miras está dukkha y esa percepción debería hacernos infinitamente más compasivos y humanos. Hay hechos incontrovertibles que nadie puede ser tan arrogante que piense que puede cambiar o escapar a ellos. La bofetada es una bofetada y la caricia es una caricia. Hay que aprender de una y de otra, estableciéndose en una actitud de lucidez y ecuanimidad. Lo que no queremos ver, no por eso deja de existir.

Si uno sabe ver con lucidez y ecuanimidad, ese modo de percibir y conocer modifica los parámetros de la mente y provoca compasión. ¡Hay tanto dukkha que uno no tendría que añadir más dukkha al dukkha, sino tratar de aliviarlo en uno mismo y en los demás cuando sea posible. Se necesita una compasión activa y no estática. Nadie puede escapar del sufrimiento inevitable, pero sí utilizarlo como choque adicional para el despertar de la consciencia.

Dukkha no deja de devenir ¿Qué hacer? Tratar de mantener el ánimo sosegado, cooperar en el bienestar de las otras criaturas, mantener la ecuanimidad y meditar con cierta asiduidad. Y aprender a conciliar los propios intereses con los de los demás. Como dijera Buda, ¡ay de aquel que sólo mira por sus propios intereses en detrimento sistemático del de las otras criaturas!.

Mira y ve. En el escenario de la vida, dicha y desdicha se alteran, placer y dolor se arrebatan el poder. Es impresionante el testimonio de Bhartrihari:

“Escucha, aquí, el sonido del dulce laud, y, allí, la voz de un vivo lamento; aquí se reúnen en congreso los graves doctores y grita, allí, la turba alborotada de borrachos; aquí vemos encantadoras doncellas llenas de alegría, allí ancianas vacilantes y marchitas. A cada luz corresponde una sombra. Yo no sabría decir si vivimos en el cielo o en el infierno”.

No se trata de sólo tener ojos para las luces; tampoco para las sombras. Unas y otras se alternan y corresponden. De lo que se trata es de trabajar seriamente para que las luces vayan ganando terreno a las sombras. Pero si no hay una mutación real de la consciencia, el ser humano (¡el dudoso privilegio de haber adquirido un ávido y rencoroso cerebro humano) seguirá añadiendo sufrimiento innecesario al sufrimiento inevitable. ¡Vaya panorama!. Así seguimos con que todo está dicho pero nada está hecho.

Sin embargo, existe la esperanza cierta de que podemos reforzar lo mejor de nosotros e irnos desembarazando de lo peor. Sirvan de aliento las palabras del gran sabio indio Tilopa:

“La oscuridad de los siglos es incapaz de velar el sol radiante”.

Pero demasiado a menudo la necedad de la mente humana se empeña en seguir acumulando oscuridad, que se traduce en desamor, avaricia, violencia, crueldad , odio y, en suma, más oleadas de sufrimiento al sufrimiento. De nada sirve ocultarse la realidad.

Lo necesario es comenzar a cambiar dentro y fuera esa realidad aplastante. Cada uno tiene que trabajar por sí mismo. A menudo les recuerdo a mis alumnos el viejo adagio: “No basta con pronunciar la palabras luz para que la lámpara se encienda”. La mayor grandeza está en hacerse a uno mismo un verdadero ser humano y dejar de ser un homoanimal. Y en este sentido lo único que puede frenar la acción insondable de dukkha es el vasto e inspirador espacio de la compasión.

Ramiro Calle

Centro de Yoga Shadak

www.ramirocalle.com