«La mente crea el abismo y el corazón lo cruza. El amor es el puente». Sabiduría Zen

Durante mucho tiempo la naturaleza mental-emocional del ego y los circuitos racionales de la conciencia, han forjado las directrices que han determinado la vida y la evolución del ser humano desde una base, aunque fuera encubierta, de supervivencia en relación a los mecanismos de miedo, placer y poder, trayendo consigo los grandes dificultades a las que, a todos los niveles, nos enfrentamos en este momento. La elección en esta encrucijada requiere un cambio de percepción. Es hora de abrir paso al maestro que reside en el corazón.

Numerosas investigaciones en neurología y diversos campos relacionados han ido revelando que el cerebro no es el responsable de la conciencia, sino más bien el estado de conciencia del individuo es el que establece las diversas partes del cerebro que entrarán en funcionamiento como resultado de dicho estado.

El ser humano primitivo necesitaba una forma de reaccionar rápida y precisa para garantizar su supervivencia y la Naturaleza le proveyó del sistema límbico y, más concretamente, de la amígdala cerebral, en la que fueron depositándose una serie de memorias en base a percepciones sensoriales, reacciones del cuerpo físico y de la conciencia primaria y acciones que se llevaron a cabo para garantizar la supervivencia. Esta información se transmitió de generación en generación, como parte del inconsciente colectivo y la genética biológica, en que se hallan grabados el proceso evolutivo de la humanidad y su linaje como especie.

Si bien estas memorias eran valiosas en su momento, pues el acceso rápido a las mismas garantizaba una reacción eficaz ante un peligro real, el problema surge cuando éste no existe realmente y la reacción se torna desproporcionada o incluso inadecuada, pues la amígdala no se para a analizar con detalle una situación para tener una visión clara, amplia y precisa de la misma, sino que, para responder con urgencia y hacer frente a los riesgos, se limita a ver si existe algún parecido, por ínfimo que sea, a alguna experiencia anterior y ordena una reacción automática idéntica a la que se tuvo entonces y que sirvió para garantizar la supervivencia del individuo.

Con la evolución de la conciencia y la adquisición del neocórtex cerebral, suponíamos haber desarrollado una capacidad de respuesta inteligente y libre albedrío mucho mayor en nuestras reacciones frente a los estímulos externos, puesto que nacía un nuevo circuito de la información hacia el cerebro superior, encargado de filtrar la respuesta a las percepciones sensoriales, en base a criterios más elevados, adquiridos para poder analizar lo que ocurre con más detalle, claridad e inteligencia, acordes a ese nivel de conciencia superior conseguido por el ser humano en su recorrido de muchos miles de años de evolución. No obstante esta vía si bien nos da una percepción más exacta de la realidad, se torna relativamente lenta en relación a la respuesta límbica.

Mientras sucedía el desarrollo del cerebro superior, la amígdala tampoco detenía su evolución, ampliando su papel y adaptándose a las nuevas situaciones que presentaban ya no sólo riesgos de orden físico, sino también de orden psicológico por el estrés de la vida moderna y el sufrimiento mental-emocional que provoca. Nuestro sistema límbico ha velado por nuestra seguridad también en este nivel, archivando los acontecimientos que nos han hecho sufrir psíquicamente y aprendiendo a responder a ellos de manera analógica, en defensa del ego y su pseudo-identidad.

La reacción emocional también se torna aquí, en muchas ocasiones, automática, incongruente y excesiva, basándose en parecidos mínimos a experiencias anteriores. El resultado es el mundo cargado de estrés, angustia, competitividad, enfrentamientos y egoísmo que conocemos. En definitiva, un mundo enraizado en el miedo y la necesidad de protección que es la forma en cómo entiende la vida nuestro cerebro primitivo.

La conciencia está en un punto crítico. Los mecanismos ancestrales ya no son adecuados si queremos evolucionar y deben ser superados. La humanidad ha llegado ahora, en los comienzos del siglo XXI a un punto de bifurcación y, para garantizar su permanencia en el universo y desarrollar un mundo en equilibrio y en paz, necesita acceder a otro modo de percepción de la vida más abierto y acorde a las leyes universales que permita generar felicidad, abundancia y libertad para todos.

Una gran masa crítica se encuentra en un proceso de despertar de la conciencia superior, a la búsqueda del auténtico maestro interior que debe residir en algún lugar, dentro de nosotros y que debiera ser quien condujera nuestra vida en lugar de la personalidad egoica que únicamente basa su dirección en una visión controladora, protectora y miedosa de la vida. ¿Dónde se oculta, pues, ese maestro, nuestro Ser Superior?

Alrededor de 1970, ciertos descubrimientos en neurobiología abrieron un campo de investigación hasta entonces inexplorado, dándose cuenta de que, cuando el cerebro enviaba órdenes al cuerpo físico a través del sistema nervioso, «el corazón no siempre las obedecía». El corazón parecía tener su propia respuesta, su propia lógica que se podía contradecir con lo que planteaba el cerebro. Además, comprobaron como el corazón podía enviar al cerebro señales que éste no sólo comprendía sino que obedecía.

La profundización en estas investigaciones puso de manifiesto que el corazón tenía un sistema nervioso específico, independiente y bien desarrollado. Se descubrieron en él más de cuarenta mil neuronas y una compleja red de neurotransmisores, proteínas y células de apoyo; incluso se observó el papel específico del corazón en la producción y gestión de determinadas hormonas y, en concreto, la ANF (Atrial Natriuretic Factor) que ejerce gran influencia en muchos sistemas corporales y asegura el equilibrio general u homeostasis, siendo una de sus funciones la de inhibir la producción de la hormona del estrés. Así que todo parecía indicar que el corazón podría desempeñar un papel a nivel de la inteligencia y la percepción de la realidad.

A estos avances sobre la fisiología del corazón podríamos unir las enseñanzas de la sabiduría antigua, que han localizado desde siempre en él, las cualidades superiores del ser humano –serenidad, gozo, amor incondicional, compasión, fraternidad, bondad, generosidad, percepción correcta e instantánea de la realidad, sabiduría, creatividad, intuición, …- , afirmando que dichas capacidades no responden ni a las cuestiones de supervivencia personal ni al intelecto ordinario, por más inteligente que parezca. Si pensamos, además, que cuando hablamos de nosotros mismos y queremos indicarlo con un gesto llevamos nuestra mano al pecho y no a la cabeza, podríamos afirmar que, intuitivamente, sentimos que lo que somos de verdad se encuentra en algún lugar de él.

Tal vez ha llegado el momento de abrir paso a la sabiduría y maestría del corazón o de quién reside en él. Si tenemos en cuenta que cuando actuamos desde esa inteligencia vibran dos principios fundamentales del Universo, la resonancia y la coherencia, entenderemos que guiarnos desde el corazón puede generar una vida y un mundo armónico y saludable y nuestra conciencia podrá, sin lugar a dudas, generar el salto cuántico que precisa en este momento difícil, pero mágico y lleno de posibilidades, de la evolución del ser humano.

Hay mucho que hacer: abrir de nuevo un espacio en nuestras vidas para la soledad, el silencio, la contemplación e interiorización, la naturaleza y la belleza, que permitirán, desde lo consciente, cultivar cada día las cualidades elevadas que residen en el corazón, como la confianza en la vida, la intuición, recobrar la inocencia, desdramatizar y desarrollar el buen humor, crear relaciones más humanas, cooperar y trabajar en grupo solidariamente y aprender a comunicarnos conscientemente.

Además, es preciso limpiar nuestro inconsciente de los esquemas erróneos y las reacciones automáticas que se grabaron desde los tres mecanismos primarios (miedo, placer y poder). Ahí tienen su lugar las terapias holísticas que, desde una visión integral de la salud y la vida, abordan también el aspecto trascendente del ser.

Está en juego superar con éxito esta encrucijada. Para ello tenemos que abrir el Corazón y empezar a generar un mundo fascinante. Y, juntos, «podemos».

Juan José Hervás Martín

Terapeuta Holístico – Centro Naturista Ailim

www.ailim.es