Para comprender el por qué de la necesidad específica de la meditación, tenemos que tratar de entender nuestra propia mente, es decir la naturaleza real de la mente humana. Nuestra mente siempre está creando conflictos. La mayoría de las veces no pensamos lúcida y conscientemente, sino que somos pensados por los pensamientos. Nuestra mente es una fábrica de confusión y desdicha, estando todos sometidos a emociones negativas de angustia, celos, rabia, odio, soberbia y animadversión. En nuestra vida cotidiana la mente es muy débil, muy reactiva, muy neurótica. Por eso es esencial y urgente ir cambiando el signo de la mente, porque como dice la antigua instrucción del yoga «la misma mente que te ata es la que puede ayudarte a liberarte.»

¿Cómo vamos a ir cambiando esta mente que genera tanta desdicha propia y ajena? ¿Con qué métodos contamos? Necesitamos métodos que por sí mismos tengan la suficiente solvencia para volvernos menos distraídos y más atentos. Tenemos que ejercitarnos para ser menos reactivos y más ecuánimes y equilibrados y poniendo los medios para poder lograr estar más sosegados, tener mayor lucidez y correcto entendimiento incluso ante las adversidades y vicisitudes de la vida diaria, conseguir disponer de una mente más serena, menos conflictiva y por tanto y en todos los órdenes más saludable. Así la meditación es un pasaporte no sólo hacia la libertad interior sino también hacia el mejoramiento real en la relación y la comunicación con las otras criaturas. Pero la meditación exige una práctica asidua y para ello tenemos que fomentar la motivación. ¿Cuál es la más sólida motivación? Pues la recta aspiración de sentirnos mejor para cooperar con los demás, ser más felices para poder procurar medios de felicidad a los otros y sobre todo para ir logrando esa paz interior a la que todos aspiramos y sin la cual no puede haber verdadero disfrute ni podemos darle a la vida un sentido de plenitud y creatividad.

Aunque solo comencemos por meditar quince minutos la meditación es necesaria y ella misma nos va enseñando a meditar. Vamos aprendiendo a estabilizar el cuerpo y la mente y logrando la denominada «detención consciente». Incluso aprendemos a estar atentos a las distracciones y convertir éstas en objetos de atención. La meditación nos desaliena, nos permite vivirnos desde lo más profundo, atravesando nuestro núcleo inconsciente de caos y confusión y conectando con la esencia.

Aprendemos a desidentificarnos de lo adquirido para establecernos en lo real, en el autoser. Por un lado es una práctica de fiable higiene psíquica y de drenaje interior, pero por otro es un modo de convertirnos en nosotros mismo y rasgar los velos de la mente. Mediante la práctica vamos consiguiendo trasladar los frutos de la meditación a la vida diaria y convertir la meditación en un arte de vivir donde toda actividad se acomete con una actitud mental atenta y serena, penetrativa y lúcida, es decir meditativa. La meditación es el banco de pruebas para que luego podamos mantener en la vida diaria una mente más clara y que nos ayude a afrontar con mayor ecuanimidad las vicisitudes. Se va manifestando el lado más fecundo y luminoso de la mente y se van desenraizando venenos como los celos, el egocentrismo, la avaricia o el odio. Nos ayuda a superar nuestro sonambulismo psíquico y emerger a una dimensión de consciencia más cabal.

Como recalco en mi obra «El Gran Libro de la Meditación», la meditación como tal es una, pero existen muchas técnicas de meditación. Hay técnicas basadas en la respiración, otras en las sensaciones o contemplación de contenidos mentales, otras en visualizaciones o recitación de mantras, otras en facilitar el acceso hacia lo más profundo de uno mismo o abstraerse en la esencia, otras en concentrar la mente en objetos definidos para estabilizarla y procurarle sosiego y ecuanimidad.

La meditación va cambiando las actitudes nocivas para dotarnos de las más positivas y equilibradas. Es alquimia interior. No es solo un método de tranquilización, sino que su alcance es mucho mayor. Se trata de superar estrechos puntos de vista a los que neciamente nos aferramos, trascender viejos patrones y esquemas, superar la confusión o ignorancia de la mente para que surja la perspicacia y la acción diestra.

Siempre podemos sacar unos minutos para invertirlos en la meditación. De acuerdo a la antigua psicología oriental, uno mismo se hace el bien y uno mismo se hace el mal, y meditando lograremos ser causa de dicha para nosotros mismos y para los demás.

Ramiro Calle

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