Siempre se ha dicho que la vida se ve según el color del cristal con que se mira. Los cristales ahumados oscurecen la realidad que nos rodea. Hay personas que parecen llevar continuamente gafas de sol en los ojos de la mente y del corazón. La actual crisis las vende a precio de saldo. Conviene al sistema. Todo se ve negro como en un túnel sin salida. Cualquiera puede caer en esta visión depresiva en algunos momentos del día, alguna semana del mes o incluso por largas etapas de la vida. Cuando nos pasa, estamos absolutamente convencidos de que la realidad ha cambiado de repente o de que nunca la vimos tal cual era. ¡Hasta tal punto llegamos a confundir el color del cristal con aquello que vemos! Aunque sería más acertado decir, con aquello que no vemos de verdad, porque lo vemos de un modo distorsionado.

La distorsión cognitiva en Psicología es una creencia irracional, una interpretación no funcional de la realidad que tiene consecuencias en las decisiones que tomamos y en la conducta que seguimos. Influye decisivamente en lo que se llama perturbaciones o trastornos de la personalidad. Pero podría decirse que una serie de distorsiones cognitivas conforman una visión del mundo y, a la larga, un carácter, una forma de ser. Y todos los tenemos por haber introyectado, es decir, aceptado sin digerir, órdenes y mandatos de los padres, sus miedos y obsesiones. Heredamos en gran medida parte de su forma de ver el mundo y de interpretar la realidad, la moral de lo que hay que hacer y lo que no. La buena noticia es que podemos liberarnos de los mandatos inconscientes con un trabajo de indagación personal separando lo genuinamente nuestro de lo ajeno que creímos nuestro.

La sociedad acepta que podamos ver la vida con distintos colores. La Psicología clásica y la Psiquiatría no se ocupan de las personas adaptadas a su entorno familiar, laboral y social. Aunque se pueda sufrir internamente por un exceso de adaptación o, por el contrario, por no poder encontrar un medio para compartir y desarrollar el ansia de trascendencia. Así pues, si alguien atraviesa lo que Stanislav Grof denomina una “emergencia espiritual” -un despertar de la conciencia o una crisis mística- y no la puede integrar porque no encuentra a su alrededor el marco teórico ni las personas que puedan acompañarle, probablemente acabará en un psiquiátrico diagnosticado como psicótico. De esto se ocupa, entre otros asuntos, la Psicología transpersonal, que considera la dimensión espiritual del ser humano.

En este sentido, es como si el sistema permitiera que cada cual utilice las gafas que quiera con tal de que estén dentro de su almacén de gafas y de lo políticamente correcto: otra forma de llamar a los paradigmas imperantes. Pero los paradigmas también se basan en creencias e intereses. Por ejemplo, Giordano Bruno fue quemado en la hoguera en 1600 por mantener algo hoy día admitido y que Copérnico había descubierto unos años antes: que la tierra giraba alrededor del sol, y no al revés. Pagó con su vida el no traicionar una verdad científica que no correspondía a la visión políticoreligiosa del momento. Lo mismo que cincuenta años después se condenaría también a Miguel Servet; entre sus “pecados”, ¡haber descubierto y sostener que la sangre circulaba por el cuerpo!

Todos podemos llevar un gran inquisidor dentro ¿Quién no se ha visto alguna vez cargado de justa cólera ante la injusticia del mundo, la lentitud de la burocracia, la inseguridad ciudadana, la suciedad de los parques o la “irresponsabilidad” de la juventud? Si nos quitamos las gafas rojas de la ira, tal vez veamos que en cierto modo hemos contribuido en algo, por acción o por omisión, a aquello que criticamos. En otras ocasiones, nos ponemos las altivas y nacaradas gafas del orgullo ofendido y castigar con nuestro silencio al presunto ofensor. Pero hay quien prefiere llevar las gafas arco iris para que vean sus ojos del color que le conviene en cada momento. Las gafas verdes de la envidia nos convierten en víctimas permanentes; por mucho que tengamos, el otro siempre parece más feliz, más justamente recompensado o, simplemente, que las cosas le caen del cielo, que no tiene que esforzarse tanto por tener o mantener una pareja, una casa, un trabajo, unos hijos o una vida social gratificante. Las gafas grises de la avaricia hacen que los recursos del mundo siempre parezcan escasos, la energía poca, los amigos raros, las emociones distantes, el espacio reducido y el horizonte nebuloso. El color del cristal del miedo es marrón: los rostros de los demás desvelan gestos hostiles y miradas de desaprobación. El color de la gula es rosa: todo está buenísimo y no hay situación terrible de la que no se pueda salir ni problema pavoroso que no se pueda solucionar. El color de la lujuria es violeta: el mundo es intenso o no es; la vida se toma por los cuernos, como el toro, o no es vida. Las gafas de la pereza son marfil pastel: cualquier tono más intenso puede producir el riesgo de suscitar emociones incontenibles y punzantes deseos.

Los colores, por supuesto, son metafóricos. Es posible que para alguien la envidia sea amarilla y la lujuria roja. Pero lo importante es que el color más habitual con el que se tiñe la realidad llega a impregnar la forma de ver la vida y de vivirla, hasta constituir un carácter, que no es otra cosa que un conjunto de estrategias para defenderse de peligros imaginarios, para manipular la realidad según los propios deseos. Siempre el ego al servicio de una pasión dominante. De esto va el eneagrama, uno de los mapas más eficaces de autoconocimiento.

Cuando uno se despoja de cualquier tipo de gafas -y estoy seguro que ocurre muchas veces en la vida cuando ésta nos hace bajar al fondo del pozo y tocar fondo-, la Realidad se presenta desnuda, con toda su belleza y esplendor, con toda su grandiosa tragedia, con un terrible descarnamiento que normalmente evitamos por doloroso. Pero no es necesario quedarse sin gafas de repente, no vaya a ser que nos deslumbremos. Podemos practicar con gafas más ligeras: las transparentes con lentes de aumento del humor, que nos hacen ver lo grotesco y lo cómico de cualquier situación, o las ligeramente irisadas de la poesía, que nos ayudan a ver la belleza en el corazón de un guijarro o en lo efímero de una nube pasajera.

Un sencillo microscopio puede hacernos apreciar la perfección de un minúsculo paramecio a punto de dividirse o la increíble variedad y transparencia de los cristales encerrados en un copo de nieve. Sin embargo, hay personas que se obsesionan con otras realidades que pueden convertirse en terroríficas, como la cabeza de un ácaro o de una pulga común. Hay consultantes que solo ven la vida aumentando por mil el tamaño de los posibles peligros de cualquier decisión. Quedan paralizados y aunque sufren por su falta de acción construyen con su sufrimiento una paradójica zona de confort de la que no se atreven a salir. Soñar les parece amenazante, pues perseguir sus sueños implicaría tomar riesgos, pagar un precio, asomarse al inmenso universo de lo desconocido

Entonces les recomiendo mirar la vida, el mundo, el universo entero con dimensiones de telescopio. Ampliar el horizonte de su visión y enfocar el cielo, tomar conciencia de los planetas y las estrellas. Sin necesidad de comprarse un telescopio nuestra existencia vuelve a cobrar su dimensión efímera y minúscula cuando sabemos que el cosmos conocido tiene 14.000 millones de años, que existen más de 100.000 cúmulos que, a su vez, contienen centenares de galaxias. Que en ellas existen múltiples agujeros negros que devoran por segundo el equivalente a tres planetas como la tierra. Nuestras cuitas, miedos y deseos cobran otra perspectiva cuando ampliamos nuestra dimensión espacial y temporal.

Si somos capaces de cambiar los colores de nuestras gafas psíquicas cada día, de imaginar la infinita riqueza de los átomos o sumergirnos en la inmensidad de una noche estrellada, la Vida se nos desvela instante a instante en todo su fulgor. Podemos entonces fluir con la Gran Corriente que desemboca en el infinito Océano de Luz que a todos nos espera.

Alfonso Colodron

Terapeuta gestaltico y consultor transpersonal

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