Los niños necesitan aprender a entender su mundo emocional.

Es tarea de los adultos ayudarles a poner palabras a lo que están sintiendo. Enseñarles a abrir ese espacio interno donde puedan conectarse su necesidad y verbalizarla.

Poner palabras a la emoción

Los adultos tenemos, no solo la responsabilidad de satisfacer las necesidades básicas de alimento y cuidados de nuestros pequeños, también las afectivas y emocionales. Escuchar, acompañar y darles un espacio donde puedan hablar de sus problemas, de aquello que les preocupa, asusta o intimida es una tarea de padres y educadores.

Los niños viven sus emociones espontáneamente a través del cuerpo y la acción. No tienen un filtro o conciencia que les explique lo que está pasando. Para ellos una emoción “es eso que siento en el estómago, que parecen mariposas”. Perciben “cosas”, sin saber definirlas. Los adultos debemos ayudarles a poner palabras y a identificar lo que están sintiendo. Cuando las emociones se agolpan en la mente o el corazón de los chiquitos, y no se les da una salida adecuada, se transforman en bombas de relojería a punto de estallar. Sensaciones o sentimientos de tristeza, dolor, miedo, angustia, enfado,… si no están identificados producen confusión, ansiedad y pueden manifestares como trastornos de conducta.

Problemas de conducta

Las rabietas, el insomnio, la agresividad,… son síntomas de que algo no va bien. Una rabieta aislada no es significativa, pero si se convierte en una conducta dañina y recurrente, habrá que prestar atención, explorar que está pasando. Algo le está haciendo sentir triste o angustiado y lo actúa con pataletas y enfados. Lo que no se verbaliza se actúa. Puede ser una manera de reclamar la atención familiar, o de expresar una emoción que le hace daño: celos, enfado, soledad, abandono,….

Recuerdo a Carla, era la menor de cuatro hermanos. Con ocho años, sus padres por motivos laborales, se ausentaban casi todo el día de casa. Sus hermanos mayores ya no vivían en el domicilio familiar. -“Estaba todo el día sola. Ni siquiera me ayudaban con los deberes”-. Empezó a tener rabietas rompiendo objetos, entre llantos y gritos desconsolados. Estaba triste y enfadada porque se sentía sola. Necesitaba que le prestaran atención y buscaba la mirada de sus padres de la única manera efectiva que sabía. Cuando los padres llegaban de trabajar, dedicaban el poco tiempo que tenían a las tareas domésticas, cenar y descansar. -“No había tiempo para más”-.

Después de varias sesiones con ella y sus padres, comprendieron lo que estaba pasando. Ellos pudieron verbalizaron lo importante que era Carla en sus vidas y cómo les afectaba no poder acompañarla en su día a día. Sabían que era algo temporal e intentarían que ella lo sobrellevase de la mejor manera posible.

Permitieron que su hija expresara su enfado sin hacer daño a nada, ni a ella, ni a nadie. Buscaron la manera de abrir un espacio en el que compartir un tiempo juntos. Tuvieron que adaptarse a las circunstancias durante un par de años, pero se consiguió amortiguar el efecto que estaba desencadenando en Carla. Las rabietas desaparecieron y aunque fueron años difíciles, consiguieron gestionar el coste emocional de una manera más adaptativa y menos dolorosa.

Abrir un espacio para las emociones

Los adultos creemos equivocadamente, que si no expresamos, ni reconocemos algo que nos duele dentro, desaparecerá por arte de magia. Miramos a otro lado e invertimos una gran dosis de energía en tapar lo que nos incomoda. Y así es como actuamos con nuestros pequeños: regañamos, castigamos, criticamos,… y no nos tomamos el tiempo suficiente para descubrir que es lo que realmente está pasando en el corazón de nuestros hijos.

Aprender a verbalizar, lo que estamos sintiendo con respeto, nos hace fuertes y ayuda a nuestros hijos a entender y dar sentido a lo que ocurre a su alrededor. Si llegamos contrariados del trabajo y compartimos que hemos tenido un mal día, será más fácil para ellos entender lo que nos pasa. Evitaremos que se sientan culpables o recreen en su mente situaciones que justifiquen nuestro mal humor. Esta dinámica les sumerge en un estado de incertidumbre e inseguridad en el que el mundo exterior se vuelve amenazante.

Los adultos tenemos la obligación de facilitarles un espacio de seguridad física y emocional. Y si eso implica aprender a gestionar más hábilmente nuestro mundo emocional para servir de modelo, tendremos que a aprender manejarlo con más serenidad. Por muy enojados o cansados que estemos, los niños no pueden ser objetos de descarga de nuestras tensiones. Ser inquisidores o por el contrario estar ausentes afectivamente dificultarán un desarrollo emocional equilibrado y saludable.

Una actividad práctica sería elaborar entre la familia un álbum de emociones. Puede ser una carpeta con apartados de colores, que represente a cada miembro. En ella se podría guardar por escrito, las situaciones que se han vivido relacionadas con diferentes emociones y personas. Entre todos se pueden regular las normas para revisarlos y cómo tratar los conflictos. Por ejemplo, una de las consignas para expresar lo que nos han hecho sentir nuestros padres o hermanos podría ser: “Cada vez que… hace… yo me siento… y le pido que…” así se abre un espacio de comunicación respetuosa donde cada uno expresa como se siente y se pide que se tenga en cuenta su necesidad.

Recuerda

Lo que no se expresa se actúa: ayúdales a poner palabras a lo que sienten.
Lo que no se cuenta se imagina y produce miedo y confusión: comunícate con ellos.
No retires las demostraciones de afecto aunque estés enfadado.
Ayúdales a conocer sus necesidades y expresarlas adecuadamente.

 

Sandra García Sánchez-Beato
Directora de Adhara Psicología
www.adharapsicologia.es