Era un maestro que a menudo les aconsejaba a sus discípulos:

– Equilibrio, equilibrio, equilibrio.

Una y otra vez les exhortaba:

– Equilibrio, equilibrio.

Un día, les reunió para hablarles de la cualidad de cualidades llamada ecuanimidad, pero los discípulos no terminaban de comprender la esencia de la misma y así se lo hicieron saber al mentor.

El maestro guardó unos instantes de silencio. Estaban en el campo y trinaban los pájaros, se oía el rumor del torrente, se escuchaba el mugido de las vacas. De repente, el maestro se incorporó y lanzó una soga entre dos árboles. Todos, estupefactos, se preguntaron a qué venía aquello. Todavía se quedaron mucho más perplejos al comprobar que el maestro se encaramaba sobre la soga y comenzaba a caminar sobre ella, tratando de mantener el equilibrio. Cuando su cuerpo se inclinaba demasiado hacia un lado, corregía echándose un poquito hacia el otro y viceversa, evitando así desplomarse. Cruzó con destreza de uno al otro lado de la cuerda y repitió varias veces la prueba. Después, ya en tierra, se dirigió a los discípulos y les preguntó:

– ¿Habéis comprendido?

– Perfectamente – convinieron-. He tratado en todo momento de reequilibrar, con la mente firmemente sin dejarme arrastrar por uno u otro lado.

Y, satisfecho, el mentor aseveró:

– Ya sabéis lo que es la ecuanimidad.

Reflexión:

Para mi novela Espiritual “El Faquir” me serví de un personaje central, que es Suresh, un alambrista. ¿Por qué? Porque mediante la instrucción del funambulista va mostrando principios esenciales para la vida y pautas para hallar en la misma el verdadero equilibrio y el sosiego.

El alambrista o funámbulo, por fuerza y para no precipitarse en el vacío, tiene que estar muy atento, haberse entrenado largo tiempo con mucha paciencia, desarrollar un gran control psicosomático, saber corregir cada vez que se va hacia un lado y mantenerse bien firme en su centro de gravedad, sin perder el sosiego ni la lucidez, aún en los momentos más difíciles y las circunstancias más adversas, como cuando se levanta un vendaval.

La vida es un alambre que se extiende por setenta u ochenta años y los principios del alambrista hay que llevarlos a la vida, donde tenemos que convertirnos en atentos y serenos funambulistas, apoyándonos en el esfuerzo correcto, la atención y la ecuanimidad, sabiendo alternar la intrepidez con la prudencia, atentos hacia afuera y atentos hacia adentro. La ecuanimidad nos da ánimo constante, mente firme y visión imparcial. En un precioso texto de yoga, el Yoga Vasishtha se dice: “La ecuanimidad es de un agradable sabor y posee el poder sobrenatural de transformar todo en ambrosía”.

 

Ramiro Calle

Director del Centro de Yoga Shadak y escritor

www.ramirocalle.com