Cuando no pienso, existo mucho más

Inicio/RAMIRO CALLE/Cuando no pienso, existo mucho más

Occidente dice, “pienso luego existo”, pero cuando dejo de pensar existo mucho más.

Se ha magnificado el pensamiento y es, muchas veces, la interferencia entre el que percibe y lo percibido, porque todo lo que percibimos pasa a través de tres filtros que lo distorsionan: el filtro de la percepción falseada, el filtro de lo interpretativo y el filtro de nuestra propia imaginación, con lo cual al final lo que vemos es lo que nosotros percibimos, lo que nosotros interpretamos y lo que nos fantaseamos o imaginamos. Por eso, el mundo cotidiano no lo estamos viendo tal cual es; lo estamos viendo a través de nuestros pensamientos siempre distorsionados.

No olvidemos que alguien dijo en una ocasión que la realidad es lo que hemos pactado entre todos culturalmente, educacionalmente, que es la realidad, pero que no tiene nada que ver con la auténtica realidad que, a lo mejor, se puede empezar a encontrar volviendo la vista hacia dentro e intentando conectar con el Ser.

El pensamiento incontrolado y tóxico es el ladrón del sosiego.

Cuando el pensamiento cesa, y la mente se dirige hacia su fuente, se revela la luz del Ser. Así los Yogasutras comienzan explicando: «Yoga es el control de las ideas de la mente». Más allá del pensamiento, en meditación profunda, eclosiona un tipo especial de energía que nos permite percibir una subyacente realidad que se nos escapa y que se esconde tras las apariencias.

En Occidente se le ha dado al pensamiento un carácter de omnipotente, cuando la historia de la Humanidad demuestra a todas luces la insuficiencia del pensamiento para solucionar los reales problemas personales y colectivos, habiéndose a menudo convertido el pensamiento en una fuente de neurosis realimentada por la ofuscación, la avaricia y el odio. El pensamiento es efectivo en ciertos ámbitos, pero en otros es absolutamente inútil o incluso es como si pretendiera lavar manchas de tinta con tinta.

El pensamiento no ha colaborado en la evolución de la consciencia y a menudo se ha puesto al servicio de la denigración de los otros, la explotación y la destrucción. Mientras no cambie la mente humana, ningún cambio contundente y beneficioso en lo exterior será posible, aunque transcurran millones de años. Si algo en verdad urge es una mutación de la mente humana, donde puedan florecer tendencias de lucidez, compasión y generosidad. De no ser así queda más que dolorosamente demostrado que la civilización y el mismo ser humano han sido intentos fallidos y que no se puede en justicia hablar de seres humanos sino de homoanimales, ni mucho menos de una sociedad sensible y despierta, sino alarmantemente insensible y dormida, gobernada no por los más sabios y cabales, sino por los más egocéntricos y muchas veces mezquinos, con alma de acero y mente más que embotada.

Ni los más descabelladamente optimistas pueden creer en que se están dando ni remotos vislumbres de una Humanidad mejor, y hoy por hoy, como recalcó Buda hace dos mil quinientos años, la liberación sigue siendo individual y cada uno debe encender su propia lámpara interior. Igualmente, hoy por hoy, los intentos de la denominada grandilocuentemente «Nueva Era» no han llegado a buen término, sino que este epígrafe solo ha quedado para un grupúsculo de personas que se obsesionan con la fenomenología oculta pero no con el auténtico desarrollo de la consciencia.

Todo ello no debe robarle alientos al buscador espiritual genuino, sino insuflarle fuerzas para poder seguir sin desmayo por la larga y sinuosa senda de la autorrealización, que es lo único que puede darle sentido a la vida y ayudar a humanizarnos.

El optimismo enfermizo al contemplar el panorama actual del homoanimal y el aplicar conductas escapistas, no sirven más que para seguir creyendo que uno avanza cuando en realidad se está retrocediendo, y eso no hace otra cosa que convertirse en el más peligroso de los autoengaños.

2018-04-02T15:51:20+02:0026/03/2018|Categorías: RAMIRO CALLE|Etiquetas: , , |