Toda persona, implícita o explícitamente, está buscando algo. A veces es algo difuso, indefinido, casi abstracto; a veces es algo más concreto, definido y material. Unos buscan prestigio y poder; otros, abundancia de medios o metas profesionales; otros, tener muchas relaciones o alardear o envanecerse. Los hay que buscan en el arte o en la ciencia, en países remotos o tribus en extensión. Los hay que no saben que buscar o que se extravían más y más en su búsqueda. Todos buscamos.

Muchos hallan lo que no pretendían y no encuentran lo que anhelan o cuando lo encuentran se dan cuenta de que no era eso exactamente lo buscado. Uno nace y se pone en marcha. ¿Hacia dónde? A veces es subir y bajar por la misma orilla; ascender y descender por la misma escalera. El sentido y sentimiento de búsqueda están ahí. ¿A dónde voy? ¿Por qué voy? ¿Cómo voy?

Hay un tipo de buscador que es único. Es como un buscador de tesoros, pero trata de hallarlo dentro y no fuera de sí mismo. Es el que podríamos denominar «buscador espiritual», sin que asociemos el término espiritual con ningún culto, credo o religión, ya que precisamente el buscador espiritual tiene mucho de heterodoxo y busca dentro de sí mismo lo que no puede proporcionarle ningún dogma o doctrina. Busca darle un propósito a la vida, hallar un sentido más allá del sin-sentido, evolucionar conscientemente y humanizarse. No se resigna a su propia minoría de edad emocional y espiritual, ni al estado crepuscular de su conciencia, ni a dejarse aturdir e hipnotizar por los clichés socioculturales ni los viejos patrones, ni a estar braceando denodadamente en el fango de lo insustancial para no aproximarse a lo real. No cree en los valores de esta sociedad. No cree en sus mezquinos ideales. No cree en una ciencia puesta al servicio del más fuerte ni en las tendencias de codicia y odio que ha convertido esta sociedad en un erial.

Porque está descontento, el buscador busca. Porque está insatisfecho, el buscador busca. Porque acarrea un hondo vacío existencial que no puede cubrirse tan sólo con motivaciones comunes e intereses materiales, el buscador busca. Es un «espécimen» raro. No se resigna a la necedad propia del ser humano ni a su ceguera espiritual. Por esto busca.

Aunque cada buscador es único, hay unas causas o razones que son «siluetas» anímicas, las cuales movilizan a todo aventurero del espíritu. Entre otras señalemos las siguientes:

– El asombro, sorpresa o «extrañeza» ante un fenómeno que se llama vida y al que se está abocado sin que haya la menor evidencia de haberlo elegido y, ante el cual, el buscador no quiere o no puede cerrar los ojos, sino que, al contrario, trata de explorarlo y comprenderlo, pues le origina muchos interrogantes que tendrán que ser afrontados por medio de un conocimiento que no es el basado en la mente ordinaria.

– La insatisfacción que producen las propias limitaciones y la aguda contemplación del sufrimiento universal.

– El disgusto causado por las propias emociones nocivas y estados mentales aflictivos, que conducen al buscador a tratar de mejorarse, transformar su vida interior, modificar sus actitudes y poner las condiciones para que aflore la paz interior, que presiente como la verdadera dicha.

– La comprensión de que no hay otro refugio que el que pueda hallarse en sí mismo y la necesidad, por tanto, de hallar un espacio interior de claridad y quietud en el que poder instalarse y desde el que poder afrontar mejor las vicisitudes externas.

– El anhelo por obtener lo mejor de uno mismo para beneficio propio y de las otras criaturas.

–  La urgencia por descubrir la propia identidad o «aquello» que pueda haber o esconderse tras la personalidad y el ego, pudiendo recobrar así la propia naturaleza real.

– El intento por satisfacer necesidades espirituales y cultivar el desarrollo de la consciencia.

– La confianza en la posibilidad de poder suscitar y desplegar en uno mismo actitudes más sanas y provechosas, como la ecuanimidad, el sosiego, la genuina afectividad, la compasión y la lucidez.

– La resistencia a la obediencia ciega, al compromiso absurdo con reglas y normas inapropiadas, a la dependencia de modelos y filtros socioculturales; la resistencia a ser psicológicamente uniformado y absorbido y a perder la propia independencia psicológica. El anhelo por una mente libre independiente.

Uno no elige ser un buscador espiritual. Se dispara el mecanismo de la búsqueda y uno es como un sabueso en pos de la otra Realidad. Como el hijo pródigo, desencantado de lo fenoménico, uno trata de volver a casa (el hogar interior) y reconciliarse con el padre (el yo más profundo). E igual que lo que nunca debe permitirse un aprendiz es dejar de aprender, un buscador nunca debe permitirse dejar de buscar.

Ramiro Calle

Director del Centro de Yoga Shadak y escritor

www.ramirocalle.com