La ciudad más santa de la India: Benarés.

La ciudad más peregrinada de la India: Benarés.

La ciudad en la que la mayoría de los hindúes anhelan ser cremados: Binares.

Es por excelencia la ciudad de Shiva, de los tres mil templos y santuarios, que reune por igual a santos y pícaros, los sadhus auténticos y los falsos que se ponen de hachís hasta las cejas, genuinos hombres de Dios y todo tipo de charlatanes, embaucadores y vendedores de lo Oculto. Espiritualidad auténtica y refinada, religión mecanizada y degradada y no poca superstición se entrelazan en Kashi, la ciudad de la luz.

 

Benarés es muy antigua, ya peregrinada por devotos chinos desde hace milenios. La ciudad de los ritos, las ofrendas, los cánticos sagrados, las incineraciones que no cesan. Y el río Ganges, lamiendo con sus aguas los decadentes edificios de templos y mansiones de la abigarrada ciudad; el río más penetrado por cuerpos humanos del mundo, más ansiado, que recibe las cenizas de millones de personas y los cuerpos de niños y hombres santos.

 

Buenas librerías en Benarés, enormidad de ciclo-rikshaws, bullicio ensordecedor, olor a fritangas y sándalo, vendedores de semillas sagradas y limpiadores de oídos, sacamuelas y masajistas callejeros, el siempre audible Om Namah Shivaia, las mujeres recatadas y sus susurrantes plegarias, los transportadores de cadáveres de aquí para allá, los sadhus pintarrajeados, los dignos renunciantes con sus prendas anaranjadas, los narradores de cuentos o los encantadores de serpientes, legión de mendigos, comerciantes ávidos entre los ávidos, niños de cráneo pelado tras haber recibido la iniciación a su casta.

 

El gran espectáculo del mundo se ofrece en la milenaria y variopinta Benarés, caleidoscopio que fascina y aturde, implacable escenario de vida y de muerte. Mezcla de religiosidad y mercadería. Y por casi todas partes el lingam, el falo de Shiva, el gran miembro viril cósmico, clavado sobre la vulva de la diosa, ungido de aceites y mantequilla, ofrendado con hermosas y olorosas flores. Al indio le gusta tanto o más adorar que ver la televisión, que no es poco.

 

Benarés es el gran laberinto que oculta su centro. Su centro es el ángulo de conexión con el Divino. Algunos lo buscan, otros hacen que lo buscan y otros van a lo suyo: poder sobrevivir día a día. Pocas ciudades hay tan insolentemente llamativas y que originen tantos sentimientos ambivalentes a cada momento. Aquí Shiva no deja de moverse en una frenética danza cósmica que nos ofrece todos los rostros imaginables e inimaginables. Benarés es Benarés. Nadie es capaz de describirla en toda su grandeza y toda su miseria. Lo intentó Blasco Ibañez, lo intentó Mark Twain y Pierre loti, lo he intentado osádamente yo, pero Benarés escapa a toda descripción.

 

Se ha dicho que Benarés es como un mandala, un poderoso foco de energía. Hay energías de poder que uno puede canalizar en uno u otro sentido. En Benarés se entremezclan la joyería espiritual y la peor bisutería de la superstición y la charlatanería. Pero en Benarés he vivido horas decisivas para mi viaje a los adentros. Han quedado inscritas en mis células esas noche en las que me he sentado junto al Ganges para abocarme en mi mismo, para sumergirme en ese ángulo de quietud que es a la vez personal y transpersonal.

 

He gozado y sufrido en Benarés y ahí tuve la inmensa fortuna de conocer a Babaji tras una enorme cantidad de “coincidencias cargadas de sentido” o sincronicidades. Él me alentó en el viaje a los adentros, en la senda interior que conduce hacia el Ser. Y de él, una y muchas veces escuché: “El camino más directo hacia el Ser es la meditación”. La última vez que estuve con él me acompañaban Luisa y Jesús Fonseca. Fueron momentos inolvidables. Su humor era contagioso y estimulante. Su compasión omniabarcante. A cada momento repican en mis oídos sus palabras: “Lo único importante en esta vida es hallar la paz interior y amar“.

 

Ramiro Calle
Director del centro Shadak

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