Los territorios de la transformación

 

Pasamos por distintos territorios cuando mudamos la piel. El cuento de la doncella manca del libro “Mujeres que corren con los lobos” describe un mapa del proceso de transformación. Yo lo leí en un momento de crisis y me ayudó mucho conocer las fases de la transformación y poder ubicarme. El cuento me inspiró a nombrar algunos de los que yo suelo transitar.

La niebla.
No veo. Me siento perdida. No soy capaz de orientarme. Quiero salir de aquí y no puedo. No puedo ver más allá de unos pasos. Todo lo que me rodea es confuso y no tengo claridad.

La única manera que conozco de estar en la niebla es caminar de hito en hito. Cuando estamos en la niebla no podemos ver a lo lejos, lo mejor es buscar el siguiente punto de referencia. Por ejemplo, en el territorio de la niebla no sé qué quiero hacer con mi trabajo en el futuro, entonces me concentro en lo que quiero hacer la siguiente semana o el siguiente mes. Poco a poco según voy caminando hito-a-hito voy encontrando mi sendero.

La tormenta.
Caen rayos y truenos. Hay mucho ruido y es difícil que haya calma. Las tormentas suelen suceder en nuestras relaciones de cuando en cuando. Hay un conflicto que estalla y nos quedamos atónitas observando todo lo que se manifiesta.

Cuando estalla la tormenta es poco probable que encontremos una manera de resolver el conflicto. Si intentamos resolver el conflicto y éste se hace aún más grande y ruidoso, buscar refugio, o sea un lugar donde reflexionar en calma, es la opción más sabia.

El laberinto.
Hay un lugar al que quiero llegar, un camino que me conduce a ese lugar, muchos otros caminos que me despistan y la intuición como guía y compañera del viaje.

Una y otra vez paso por lugares similares y creo que voy a encontrar la salida. Una y otra vez me encuentro volviendo sobre mis pasos y tomando otro camino. Miro mi meta, parece que me estoy alejando, sin embargo estoy más cerca. Se cierran todas las puertas, todo está perdido, detrás aparece una pequeña puerta que nunca había visto y que me llama poderosamente la atención. Esta puerta se abre. Me conduce a la meta. Otras veces me parece que estoy cerca de la meta, casi la vislumbro y en ese momento el camino gira y me voy alejando otra vez.

Aceptar que estoy en el laberinto, aceptar este camino con idas y venidas, aceptar estar perdida, aceptar que no sé donde estoy pero que sí que sé que mi corazón me guía en este camino, fiarme de mi intuición. Todo esto pasa a mi través cuando honro el pasaje del laberinto.

La noche.
Todo está oscuro. Intento ver luz y no puedo. Todo se oscurece y me rodean las sombras. Incluso lo que me daba luz y vida, ahora no lo hace. No lo comprendo, ni sé qué ha ocurrido. Sigo siendo la misma y a la vez me siento totalmente distinta. Ajena al mundo del día, habitando los susurros de la noche. Veo la sombra en mí, la sombra en los que me rodean, la sombra de la vida. Es así por un tiempo hasta que asimile la parte de sombra que necesito integrar en mí para hacerme más sabia. Lo que veo que no me gusta de mí lo integro, lo que me veo que no me gusta de otros/as lo integro como un aspecto mío, lo que veo que me desagrada de la vida lo integro también. Así me hago más amplia y profunda, para abarcar más y más todo lo posible dentro de mí.

El bosque de los espejos.
Hay un territorio en el que muchas personas me hablan y me dicen quién soy y lo que piensan de mí. Cuando transitamos por ese lugar tenemos dentro de nosotras los mensajes de muchas personas. Lo que me dijo una amiga, o mi madre, o la terapeuta o lo que leí, lo que me dijo el tarot. Hay un coro de voces que nos hablan y necesitamos tiempo para escuchar cada voz y decidir con qué nos quedamos y con qué no nos quedamos. Mastico lo que me quedo y lo hago mío, lo nombro con mis palabras, tal y como yo lo entiendo. Con lo que no me quedo pues lo suelto, no me pertenece y lo dejo marchar.

El desierto.
Paso por el desierto. Nada me llama la atención, nada me alegra, nada me seduce. Todo parece silencioso y quieto. Intento contactar con amigos y amigas, no están en la ciudad o no pueden o quedamos pero están hablando de cosas que yo ni entiendo, ni me interesan. Yo estoy en el desierto, y en el desierto lo mínimo, lo pequeño tiene mucha importancia.

Algo está germinando y es en esta etapa de quietud cuando este brote de vida puede tomar fuerza.

La cueva.
Me siento infinitamente sola. Hay personas en mi vida y a la vez me siento muy sola. Aprovecho esta época para meditar, para leer, pintar, estar conmigo, descansar. Algunos procesos que requieren vacío y soledad pueden estar madurando en mí. Si descanso permito que el proceso suceda. Especialmente procesos interiores y profundos, el desarrollo de nuevas actitudes hacia mí misma y el mundo requieren tiempos de soledad.

Hojas que caen a la tierra.
En otras etapas se caen relaciones, proyectos, se caen muchas ilusiones. Me siento desnuda. Un árbol desnudo y a su alrededor una alfombra de hojas amarillas. Las hojas pueden caer en vendaval, en poco tiempo, o con suavidad. Cada hoja que cae supone decir adiós a algo o alguien. Revisar qué aprendí, qué fue importante para mí de este aspecto que suelto ahora, qué me llevo para mi camino es una manera de agradecer y honrar el camino que recorrimos juntos/as.

El resbalón.
A veces una parte de mí o de mi vida, solamente una parte, pega un resbalón y cae al suelo con estrépito. Es tan fuerte la caída que me afecta en otras facetas de mi vida. Estar atenta a qué necesito, ya sea apoyos afectivos, materiales o espirituales, y ponerme en marcha para poder acompañarme y cuidarme en esta etapa de recuperación y regeneración.

La regeneración.
Hay épocas en que necesitamos regenerar nuestra energía. Parar y dejar reposar lo que ha ocurrido. Estar con nosotras. Retomar nuestra vida cotidiana poco a poco. Este periodo de regeneración dura lo que tiene que durar. Una parte nuestra quiere ya estar lista para la nueva etapa y sin embargo estamos regenerándonos. Nuestra energía no está toda disponible para la actividad. Respetar y honrar esta etapa es difícil, especialmente si hemos estado mucho tiempo perdidas por los territorios del laberinto. La regeneración tiene su ritmo. Es lento a veces, otras más rápido. Aunque los ritmos son diversos regenerarnos es una etapa esencial del camino.

La cosecha.
Época de mucha creatividad, nuevos proyectos, época de celebrar los frutos y nuestros dones. Esta etapa parece fácil y a la vez es el fruto del proceso de transformación. Es la manera en que compartimos con el mundo los frutos de nuestro viaje.

¿En qué territorio estoy ahora?
Puedo estar en un territorio toda yo, por ejemplo atravesando la noche. O bien solamente un aspecto de mi vida puede estar en la noche.
Puedo estar a nivel laboral en la niebla y a la vez a nivel personal en época de cosecha.

Poner estos nombres me ayuda a conocer por dónde transito, a reconocer que solamente son lugares por los que paso, y que luego se pasan y buscar qué necesito meter en mi mochila para seguir transitando por este territorio.

Fragmento de Mujer Serpiente, ediciones Mandala.

María Ponce de León Fuentes
Psicóloga colegiada-Terapeuta Gestalt-Arteterapeuta
www.mariaponce.es