En mi «Autobiografía Espiritual» confidencio al lector mis innumerables inquietudes existenciales desde muy niño. A menudo me preguntaba: «Pero ¿qué hago yo aqui?» «¿En qué embrollo estoy metido?» Cuanto más quería, desde mi corta edad, comprender el significado de la vida, más se me escapaba; cuanto más queria encontrarle un sentido, menos lo hallaba; cuanto más quería aprehender el propósito, más se fugaba. Venir y partir.

Desde que apenas despuntó en mi la razón, ya empecé a cuestionarme y a interrogarme sobre lo incognoscible, sin saber entonces que lo incognoscible es precisamente lo que no se puede conocer… al menos a través del razonamiento como tal.

Tantas preguntas sin respuesta, tantos interrogantes insolubles, tantas inquietudes de todo tipo, me mortificaban. Percibía que la vida era como un viaje o espacio entre dos nadas o dos todos.

Empecé a leer libros de autodesarrollo que había en buen número en la biblioteca de mi padre y a intuir que este viaje se podía hacer con mayor o menor consciencia y que quizá la consciencia era la que convertía el viaje en más o menos útil o inútil. Comenzaron a caer en mis manos las primeras obras de espiritualidad asiática, que me ofrecían pautas de orientación que no encontraba en el acartonado cristinanismo que llegaba a mí.

Sentí alivio al ir etendiendo que en el viaje de la vida era importante mirar, contemplar, ver, discernir. No sabía si eso me llevaría a parte alguna, pero al menos era un ejercitamiento que me brindaba ciertas esperanzas. Si tenía que hacer este viaje, mejor era hacerlo con consciencia y sensibilidad que sin ellas, contemplando lo que iba viniendo, con atención, como el viajero que mira vívamente por la ventanilla del vagón del tren en el que viaja.

Décadas despúes, Babaji Sibananda de Benarés, cada vez que le visitaba, me recordaba: «Mira, contempla, estáte tranquilo, no te agites. Observa«. Desde niño supe que los místicos hablaban no solo de la mirada exterior, sino de la «mirada interior».

La mirada hacia los adentros, para poder ver el trasfondo de la mente y escuchar la voz del yo más profundo. Y fui adiestrándome en mirar hacia afuera y mirar hacia adentro, porque la atención mental es como una flecha con dos puntas: hacia afuera, hacia adentro. Eso, entiendo, es verdaderamente «estar en vela». Y si uno mira hacia afuera y hacia adentro, uno es capaz de calibrar entre las influencias del exterior y nuestras reacciones a las mismas, y mediante ese nada fácil trabajo,uno va aprendiendo a no ser tanto una hoja a merced del viento de las influencias procedentes de afuera.

Contemplar, mirar, observar: hacia afuera, hacia adentro, tratando de que la vida interior no se vea tan contaminada por las circunstancia externas y pudiendo encontrar, en el observador sereno, la calma profunda que de alguna manera todos anhelamos. Cada´día que sumo más años, más me identifico con la clarividente enseñanda de que «NO HAY NADA QUE PAGUE UN INSTANTE DE PAZ». Mirar y mirarse, e ir más allá asimismo del observador, para liberarse de la noción del ego y, finalmente, fluir.

En el documental realizado por Juan Betancor y José Pazó sobre mí («viaje a los adentros»), traté de comunicarme con el espectador a través de la mirada hacia afuera y la mirada hacia adentro. Juan supo llevar a cabo esa doble intención con extraordinarias tomas y José configurando un guíón de gran altura psicológica. Todos los seres humanos deberíamos mirar hacia afuera para contemplar el espectáculo de la vida y mirar hacia adentro para vigilar nuestras reacciones y conocernos mucho mejor.

 

Ramiro Calle
Director del centro Shadak

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