Al principio de mi trayectoria profesional en el campo de la osteopatía me sorprendió que en los meses de enero acudieran a consulta numerosas personas con inflamación y dolores en las articulaciones de los pies, para los que mi trabajo no representaba ningún alivio. Un buen día descubrí por fin que lo que esas personas tenían era un ataque de gota, consecuencia de los excesos navideños. Me despistó que se trataba en su mayoría de jóvenes delgados, a quienes era difícil suponer un ácido úrico elevado.

Buena parte del tiempo de la consulta lo dedico a discernir si la persona que solicita mi ayuda requiere en verdad un tratamiento osteopático o si debería atenderla un profesional de otra especialidad. En ocasiones sólo después de realizar el trabajo es posible estar seguro.

Un sencillo dolor de espalda o cuello puede ser un herpes que aún no ha brotado, un dolor sacro una infección de orina, o una inflamación de rodilla una rotura de ligamentos, casos ante los que la osteopatía no cuenta con herramientas.

Es de sobra conocido que la salud se asienta sobre cuatro pilares. Un medio ambiente no contaminado, una alimentación rica y frugal, ejercicio habitual y moderado, y bienestar emocional. No incluimos el descanso ni el ayuno porque son consecuencias naturales de la buena alimentación y el ejercicio.

Cuando alguno de los cuatro pilares se altera y más de forma prolongada, surge la enfermedad. Durante algún tiempo podríamos compensar los excesos en la alimentación con dietas milagrosas, una vida insatisfactoria y vacía con el consumo de drogas, la falta de descanso con la cafeína u otros estimulantes, el sedentarismo con medicamentos para la circulación. Pero a la larga nos pasará factura no haber abordado realmente la causa de los síntomas y puede que acrecentado con los efectos adversos de esos supuestos remedios.

Bien, lo hemos conseguido. Con muchísima dedicación y con gran esfuerzo hemos conseguido ponernos enfermos. No hablamos de un catarro corriente, de una fiebre súbita o de una diarrea, que son síntomas de salud y procesos de depuración de un cuerpo todavía sano y con vigor, en contra de lo que pudiera parecer. Hablamos de ENFERMEDAD con mayúsculas, del colapso total de los mecanismos fisiológicos de autorregularse y adaptarse, hablamos de la ENFERMEDAD crónica, nuestra compañera inseparable que no para de crecer acentuando la intensidad y la variedad de síntomas.

A pesar de comer carne ecológica, beber vino con denominación de origen, fumar tabacos sin pesticidas o herbicidas, ir a clase de Pilates una vez cada 15 días, he caído enfermo. Pero si yo hago dieta mediterránea. ¿Cómo ha podido pasarme esto a mí? Y además me duelen las rodillas. Tendré que ir al osteópata.

– Mire usted que me duelen las dos rodillas, que ya no puedo ni subir ni bajar escaleras como antes y me duelen por la noche en cama también. – ¿Cómo? ¿Qué si tengo colon irritable, que si tomo este medicamento para la tensión, que si estoy sentado en el sofá con los pies apoyados en una mesita 10 horas diarias viendo TV? -Oiga, que a mi lo que me duelen son las rodillas. Y que es congénito, que a mi tía que en paz descanse le pasaba lo mismo.

Si sobre un asunto tan serio se admitiesen apuestas, 100 a 1 a que la sesión de osteopatía resulta un fiasco.

Pero si resulta que la persona que acude a un osteópata hace ejercicio habitualmente, controla su dieta, se mantiene bien hidratada y no está intoxicada por productos químicos o medicamentos, aunque haya sufrido un accidente de tráfico gravísimo, con secuelas importantes, 100 a 1 a que se restablece rápidamente. La osteopatía es entonces maravillosa.

Y así vamos los osteópatas por el mundo deambulando entre los fracasos «inexplicables» y los milagros «asombrosos».

Mención aparte merecen las personas que acuden a un osteópata aquejadas por algún dolor y que se muestran angustiadas, agitadas, extremadamente nerviosas. Si se descarta la existencia de un accidente, golpe o caída reciente, se puede sospechar que se trata de ansiedad y, aunque podremos ayudarle escuchando si, en el mejor de los casos, consigue expresar lo que le sucede, tampoco parece que sea un caso para nosotros, siendo mejor recomendarle el apoyo de una profesional con formación adecuada.

En el maremágnum de terapias ortodoxas y heterodoxas es fácil extraviarse y encontrar en un quirófano a personas que necesitarían apoyo psicológico, en el diván del psiquiatra a quienes tendrían que cambiar su alimentación o dejar de intoxicarse, en la farmacia al que sólo necesita unas hierbas depurativas, o en el osteópata a quienes únicamente necesitan dormir un poco más.

Andrew Taylor Still, creador de la osteopatía, imaginó un sistema de salud alternativo al médico tradicional, ajeno también de cualquier prescripción homeopática, e independiente de cualquier otro sistema de salud conocido.

Los osteópatas de aquella época recibían también formación en cirugía y obstetricia, se formaban en histología y vivían inmersos en un ambiente en el que el higienismo era la corriente de pensamiento dominante para quienes se preocupaban por la salud. Su formación y el escaso desarrollo de otras medicinas les hacia competentes para tratar un abanico amplio de dolencias. Además en estos cien años las enfermedades carenciales han sido sustituidas en nuestro primer mundo por enfermedades de exceso y han aparecido multitud de de tóxicos antes desconocidos.

El aforismo de encontrar la lesión, liberar y dejar que la naturaleza siga su curso es cierto y tiene hoy en día plena vigencia. Aunque nosotros añadiríamos «en determinadas circunstancias», porque ¿dónde se encuentra la naturaleza en una sociedad que ha decidido vivir de espaldas a ella? ¿Dónde encontraremos el principio vital que lleva a todos los seres vivos al estado de salud?

Manuel Lombardía Gude
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