Quiero compartir con los lectores de este blog una serie de preguntas que a menudo me formulan en mis clases de meditación, en conferencias y talleres, y las respuestas que he dado, para que unas y otras a todos nos pueda servir como tema de reflexión. Las respuestas que ofrezco son en base a las sabidurías y psicologías de Oriente y de manera, tanto del yoga, como del zen, el budismo theravada y otros sistemas de autorrealización. De vez en cuando incluiremos material de preguntas y respuestas, seleccionando las que más nos puedan inspirar y ayudar en nuestro desarrollo de la consciencia y el bienestar psicomático.

P: Hay afectos que pueden ser muy nocivos, ¿verdad? Yo lo siento así. ¿Podemos ir trabajando para fomentar afectos positivos y tener una vida afectiva más sana?.

R: El afecto en sí mismo, si de verdad es afecto, sería un contrasentido decir que pueda ser nocivo, porque es como aseverar que la luz es oscuridad; pero lo que sucede es que a menudo, demasiado a menudo desafortunadamente, convertimos el escenario afectivo en lugar de en concordia, energía de crecimiento, confianza, lealtad, bienestar para la personas que configuran la relación amistosa o amorosa, en desencuentro más que en encuentro, en desdicha más que en energía de dicha y, en suma, en una serie de fricciones y conflictos.

El afecto es una inclinación hacia una persona que nos despierta cariño y de algún modo compartimos la «dirección» con ella. Es afinidad, es amor. Es el vínculo de cariño que surge entre dos personas y a través de una relación afectiva se trata de cooperar, compartir, departir, integrarse en una unidad compartida, pero manteniendo la independencia intacta del propio yo, creando una relación fértil de interdependencia pero no de dominio ni de dependencia, y menos de simbiosis.

El afecto puro, incondicional, maduro, más desinteresado, nunca puede ser nocivo, pero cuando el afecto nace del desorden mental, de la confusión psíquica, del desequilibrio y la neurosis, de las carencias emocionales, de exigencias y reproches, de ambivalencias emocionales y contradicciones profundas, entonces se puede volver pernicioso y destructivo. Puede incluso ir cargado de resentimiento o rencor, o frustraciones porque la otra persona no ha satisfecho nuestras expectativas. Entonces el afecto, paradójicamente, sí se puede convertir en una energía destructiva y autodestructiva y ser un freno para el crecimiento interior. Por eso aquellos que emprenden la senda del autoconocimiento y la realización de sí, deben ir saneando su afectividad y aprender a tallar vínculos afectivos sanos, que ayuden a las personas que se relacionan en su viaje interior y la conquista de la serenidad y la sabiduría. Y desde luego, toda relación elegida libremente tiene que ser satisfactoria y de mutua ayuda.

Cuando el vínculo afectivo no es sano, siempre trae malas consecuencias. La atención consciente, la lucidez, la ecuanimidad, el respeto, la tolerancia, la indulgencia y la compasión nos ayudan a tender lazos afectivos realmente sanos y cooperantes. Hay que trabajar en ello. Es un yoga elevado.

P: ¿Cómo podemos enfocar las exigencias desde la dimensión de una consciencia más desarrollada? ¿Y las autoexigencias desmesuradas?

R: El afecto nunca es exigible ni imponible. Tú puedes otorgar afecto de una manera expansiva, solar, pues el sol expande su luz y su calor aunque o queramos ponernos a tomar sus rayos. Está en su naturaleza dar luz y calor, espontáneamente, es su actitud. Una persona puede no querer tu afecto, pero está en ti la actitud afectiva, pero no puedes imponerle tu afecto y mucho menos manipular en base al mismo, porque de otro modo es como un cocinero que prepara sabrosos platos y se empeña en que los comas.

El afecto nunca puede ser imponible. El sol emite sus rayos, pero no los impones. Si no los quieres, te apartas. El amor consciente, el amor verdadero, es solar, tiene luz propia, no depende, no necesita luz ajena para relumbrar. Uno puede pensar que su afecto es el mejor, pero no puede imponerlo, hay que ser respetuoso, como la mariposa que al libar no daña la flor, como si uno quisiera acariciar las alas de una mariposa sin que se quede el polvillo en las yemas de los dedos. Muy cuidadoso. Y menos aún tiene que ser exigible. No podemos reclamar afecto a los otros. Podemos poner los medios para despertar su afecto, pero nunca exigirlo.

Del mismo modo que no hay que estar pendientes de si nos aprueban o nos desaprueban, nos consideran o nos desconsideran. No hay por qué convertirse en un mendigo de afecto. Los demás no están para cubrir nuestros agujeros psíquicos; uno mismo debe hacerlo por uno mismo. La continuada demanda de afecto nos enflaquece mucho psicológicamente. Nuestra autovaloración real tiene que venir por otro lado y no estar tan pendientes del elogio o del insulto, de si me aceptan o me rechazan. Uno tiene que aceptarse conscientemente a sí mismo y desde ahí comenzar a evolucionar. Hay que exigirse equilibrada y sanamente, pero las autoexigencias desmesuradas y narcisistas nos hacen mucho daño y se convierten en un velo que no le permite al discernimiento ver con claridad. Ese tipo de exigencias un poco neuróticas, nos llevan a culpabilizarnos o culpabilizar a los otros. La energía se poner al servicio del yo idealizado, que es puro ego, y no al servicio de la naturaleza real que subyace en uno. Hay que tener cuidado con las exigencias, pues nacen a menudo del ego y nos convierten en jueces, cuando esa no es nuestra profesión ni nuestra labor.

Nos pasamos la vida haciendo cargos a los otros y eso les atosiga. Tenemos también que hacer las cosas no por un sentimiento de deber, sino de querer. No voy a ver a una persona enferma porque debo, sino porque quiero. Las exigencias, las proyecciones, las expectativas, todo ello daña la relación con los demás y con nosotros mismos. Pero no es fácil desarrollar una afectividad profunda y desinteresada. Es una asignatura pendiente en la mayoría de nosotros. Jung llegó a decir: «Ni siquiera sabemos lo que es amar».

El yoga más elevado, sí, es el yoga del amor. Hay un antiguo adagio: «Los dioses aman conscientemente y el que ama conscientemente se convierte en un dios». Amor con sabiduría. Lo que nos decía Buda: «Mente clara, corazón tierno». Cambiaría la faz del mundo si todos consiguiéramos una mente clara y un corazón tierno.

P. Trato de estar atento en la vida diaria, pero me cuesta un fabuloso trabajo. Nos dices que tratemos de estar más conscientes, que hagamos de la consciencia nuestro dios. Raramente lo consigo, pero cuando me acuerdo de hacerlo, lo intento. Nos hablas de la atención serena, es decir, estar atentos y sosegados. ¿Por qué cuesta tanto estar atento? ¿Y más si cabe estar atento a uno mismo?.

R: Al principio, desde luego, no podemos mantener una actitud meditativa o consciente durante casi nada de tiempo. Es así es. El entrenamiento de la atención consciente es paulatino y una vez más no hay atajos para llegar al cielo. Es un entrenamiento metódico y esforzado, pero por eso también adquiere tanto valor e incluso favorece el cerebro y desde luego intensifica la voluntad. Tenemos que tratar de ir salpicando la jornada de momentos, por fugaces que sean, de atención, instantes de consciencia.

Todos somos víctimas de la somnolencia psíquica y la atención está en un umbral muy bajo. No podemos pretender estar todo el día atento; eso solo puede venir después de muchos intentos y mucha práctica, pues operamos desde un yo-robotizado y nuestros pensamientos, palabras y actos son muy mecánicos

Desde nuestro estado de consciencia crepuscular o consciencia semi-desarrollada, es difícil estar atento, atente de sí y disfrutar de la atención serena. Todo irá viniendo poco a poco. La atención de sí o autovigilancia es muy importante y por eso declaraba Buda «si te estimas en mucho, vigílate bien». Es difícil porque nos movemos en una dinámica mental de reacciones, asociaciones repetitivas, memorias incontroladas y todo tipo de automatismos que nos dominan y nos provocan neurosis. Por eso reaccionamos desmesurada y desequilibradamente. Hay qeu cambiar ese orden de cosas.

En este sentido, la meditación es un método específico para cambiar las reacciones y reorganizar en lo profundo la vida psíquica y cooperar, así, en el desarrollo del despertar de la consciencia. Ser más conscientes es ser más libres. Lo que incluso llamamos «espontaneidad» no es tal la mayoría de las veces, sino que es automatismo, acción mecánica y ciega. Somos no espontáneos sino compulsivos. Hay un tipo de espontaneidad superior y auténtica que hay que ganar. Ser uno mismo, ser natural desde la atención y la ecuanimidad, no es empresa fácil. Ir poco a poco estando más conscientes, nos ayuda a expandirnos, a estar en apertura amorosa, a confiar más en nuestro potenciales internos y vivir cada instante como si fuera el primero y el ultimo, en incesante aprendizaje.

El poder de la atención es muy grande. Al principio ni recordamos que hay que estar atentos, tal es nuestra mecanicidad. Luego al darnos cuenta de que no estamos atentos (eso ya es un gran paso), estamos en el intento por lograrlo. Tenemos que trabajar mucho la atención en la vida cotidiana. La atención es un factor de iluminación y va haciendo posible la comprensión clara y la lucidez. Sí, al principio, estamos más intentando estar atentos que estando atentos. Pero ese intento por estar atento, ya es comenzar a estar atentos.

P: A veces la meditación me resulta no solo difícil, sino también aburrida. ¿Es eso un problema? ¿Hasta cuando puede despertar tedio?

R: El problema es no meditar y no el meditar con aburrimiento. ¿Hasta cuando puede despertar algún tedio? Quizá siempre, ¿y qué importa, dónde está el problema? El problema no es el tedio, el problema es la mente. Si hay tedio, ahí está el tedio. Sigue meditando… aunque sea con tedio.

¿Por qué tiene la meditación que ser divertida? No es ese su objeto ni su objetivo. Para divertirnos vamos al cine, a una fiesta, leemos un libro intrascendente, charloteamos.

La meditación puede ser aburrida, pero es constructiva, puede ser saludablemente aburrida. Nos ayuda a ser ecuánimes también con el aburrimiento a no ocuparnos de su estamos aburridos o divertidos.

A veces la meditación puede resultar divertida, y otras muy aburrida; a veces sosegante y a veces inquietante. Esas diferencias hay que superarlas mediante la meditación, porque forman parte de los llamados pares de opuestos que hay que trascender. La meditación, que nos ayuda a desarrollar firmeza de mente y atención vigilante, entre otras mcuhas cosas, no depende de la diversión ni del aburrimiento.

Por otro lado, el aburrimiento no viene de afuera, como un pájaro que se nos mete en la cabeza, sino que está dentro de nosotros. La misma palabra divertirse, diverger, en realidad es «salirse del camino». Y la meditación no esa salirse, sino entrar en uno mismo. Afrontamos con ecuanimidad el aburrimiento, las molestias corporales, la agitación o lo que venga. Todo ello forma parte de la meditación y nos situamos más allá del gusto y el disgusto, el encanto y el desencanto, el sentimiento de soledad o lo que fuere.

Así tenemos la preciosa oportunidad de entrenar la ecuanimidad. . Por tanto, no prestéis atención a esos estados, sean gratos o ingratos, y seguid bregando con la meditación, sin hacer diferencias entre las sensaciones agradables o desagradables.

Ramiro Calle

Director del Centro Sadhak

www.ramirocalle.com