PREGUNTA: Nos has advertido a veces de que lo que a unos debilita a otros puede fortalecer. Incluso nos has dado algunas pautas o claves para fortalecernos anímicamente. Me gustaría volver sobre ello y sobre todo sobre una de esas claves, que es evitar la autocompasión.

RESPUESTA: Los enemigos pueden convertirse en aliados. No es fácil, pero sí posible. Todo nos puede ayudar en el despertar de la consciencia y aquello que en principio debilita, puede fortalecer. Depende de la actitud, de cómo tomamos las cosas y cómo procedemos en consecuencia.

Sí, una de las claves es no regocijarse en la autocompasión, en darnos pena a nosotros mismos. Esa autoconmiseración puede llegar a tomar un carácter morboso, enfermizo, realmente patológico en algunas personas. Por un lado, falsamente, nos alivia de momento, pero luego nos roba mucha energía, nos enflaquece anímicamente. Hay que evitar permitírselo. Pero también es una clave no tratar de despertar compasión. Muchas veces, de las maneras más falaces y neuróticas, buscamos la atención y consideración de los demás, condoliéndonos como artimaña para reclamar la atención de los otros. Por un lado autocompasión y por otro lado conseguir que los otros nos compadezcan. Así no se puede tallar vínculos afectivos sanos y las relaciones de afecto se enrarecen. Eso también retroalimenta nuestra espiral de inmadurez, de neurosis. También tenemos que evitar debilidades psíquicas como culpabilizar a los demás, extorsionarles o manipularles psíquicamente, hacerles cargos y juzgarles por sistema. Todo ello se vuelve contra uno; roba preciosas energías.

P: Pero cuando hay personas que van hacia uno llevando toda su pesadumbre y una tristeza que es como una losa, ¿qué haces? Incluso personas de nuestra familia, a lo mejor una madre mayor o una abuela, que terminan por atacar nuestra sensibilidad… ¿qué hacemos en esos casos?

R: Antes que nada hay que comprender, hay que saber -con sabiduría- cuando hay que ponerse al alcance de esa persona para aliviar su dolor o su pena o cuando lo único que estamos logrando hacer es reforzar la neurosis de esa persona, perjudicándola a ella y a nosotros. Si la estamos perjudicando y nos estamos perjudicando, hay que poner un espacio o distancia prudente. La sabiduría o visión esclarecida nos ayudará a saber si está ayudando realmente a esa persona o la estoy ayudando a enfermarse más. También hay que velar por uno y tratar de compatibilizar el propio bienestar con el de los otros. Hay que ser cauto y lúcido cuando las relaciones se mueven en dimensiones de insanía y evitar una atmósfera afectiva neurótica. No es facil verlo o sopesarlo. Hay que ser humano y tierno, pero no dejarse manipular ni siquiera por las personas más cercanas o queridas. Cuanto más maduro está uno, mejor se relaciona. El yoga de la relación humana es un gran yoga. Ni manipular ni ser manipulada, lograr interdependencia y recíproca y honesta cooperación. No podemos vivir en base a los deseos, sueños y motivaciones vitales de los demás. Incluso si alguien nos comenta que le somos imprescindibles (muy bonito como referencia romántica, poética, pero nada más) nos hace un flaco favor, o si nosotros se lo decimos a otra persona. ¡Vaya situación en la que se nos pone o ponemos a los otros!. ¡Claro que lo podemos tomar como un elogio y que engorda el engorda el ego!. Pero si eso sucede es una fatalidad. Uno debe gravitar sobre sí mismo. Cuanto más sereno y lúcido, ecuánime y compasivo estés, mejor te relacionas. Tenemos que aprender a ser realmente cooperantes, pero ni dominantes ni dependientes. Hay que cuidar a los otros y cuidarse a uno mismo. Interdependencia con lucidez y compasión.

P: He pensado mucho en lo que nos dices de que el ego nos hace muy vulnerables. ¿No es lo contrario?

R: Por favor… Reflexionemos juntos sobre ello otra vez. Apuntalar el ego es debilitar la esencia y sin esencia somos una mascara, un monigote a merced del ego, una sombra. El ego es el que quiere que alardeemos, aparentemos, nos envanezcamos, dominemos y manipulemos. Nos aliena, nos hace débiles y mezquinos. Un ego desmesurado es grotesco. Vanidad de vanidades… Más ego, más nos creemos con derecho a sentirnos agraviados y ofendidos por todo, más dependientes de juicios ajenos, más resentidos cuando alguien no nos considera o nos elogia, cuando alguien nos reprende o nos desatiende. Más apego, más miedo, más frustración al no alcanzar lo deseado, más angustia y vacío existencial, más compulsiva necesidad de afirmarse, incluso aún haciendo el ridículo y convirtiéndose uno en un fantoche. El ego le hace a la persona suspicaz y susceptible, arrogante y auto-defendida. Investiga en ti mismo y verás que alto diezmo has pagado a tu ego. El ego siempre está en la demanda desmesurada de seguridad y por eso se siente tan inseguro. Es, cuando se desorbita, la fuente de la soberbia, la altivez y todas esas características tan feas, tan miserables. El ego se interpone entre nosotros y nuestra verdadera identidad. ¿Y dónde está el ego? A ver quién lo encuentra. Os reís y es que es para reírse, sí. Toda la vida sometidos a las mezquindades del ego y a ver dónde está el ego, esa etiqueta pegada a ninguna parte.

P: Por lo que parece, la mente es un gran problema. ¿Puede llegar a someterse? Me pierdo cuando trato de examinar mi mente. Es como un pozo sin fondo? ¿Cómo podemos ir descubriéndola y poniéndola a nuestro favor?.

R: ¿Solo por lo que parece? La mente es un problema enorme cuando está más encauzada, cuando en lugar de ser dirigida nos dirige, cuando en lugar de ser constructiva es destructiva. Siempre ha sido un problema para el ser humano; da mucho y resta mucho. Con razón en los textos se dice que de ella parte un camino hacia el paraíso y otra hacia el infierno. ¿Y quién nos ata sino nuestra propia mente?. Es muy misteriosa, muy paradójica. La mente es el ayor koan. ¿Por qué muchas veces en lugar de resolver, complica, y por qué a menudo justo lo que quiere evitar lo provoca, y por qué crea tantos problemas imaginarios y busca soluciones imaginarias?. En el yoga no tratamos de explorar o escudriñar o sondear la mente como los psicólogos o psicoanalistas; no somos académicos… Pero miramos la mente de forma directa, la examinamos, descubrimos sus más íntimos mecanismos. Cada meditador indaga en su propio hogar, el de la mente y va desenmascarando sus errores básicos, que son como ataduras y nos impiden evolucionar conscientemente y crean esclavitud y no poca desdicha. En lo hondo de la mente hay un núcleo de caos y confusión, pero más allá un espacio de quietud bendita, de calma profunda, de inspiración y revelación. Hay que aprender a desasirse de los pensamientos, a desplazarse a la raíz o fuente de la mente. También hay que aprender a reorganizar ese núcleo de caos y confusión y reordenar todo ese material y las tendencias subyacentes. Para eso está la meditación, el trabajo consciente sobre el cuerpo y la mente, el establecimiento de la atención en la vida diaria y otros entrenamientos milenarios. La ignorancia básica de la mente, así se la ha llamado, es como una sustancia muy tóxica que nos impide ver y discernir. Crea un fenómeno de distorsión, como cuando vemos un bastón metido en el agua como si estuviera doblado. ¡Distorsión! La mente carece en principio de entendimiento correcto, y así va el mundo. Siempre magnificando lo trivial y trivializando lo esencial, creando una masa enorme de ofuscación. Una mente así no sirve; hay que cambiarla. Como decía Jesús, si echas remiendo a paño viejo, aún más lo rasgará. Necesitamos una mente nueva y que a cada momento se renueve y esté en incesante aprendizaje. Una mente que vea y no solo que crea ver. En cuanto que los pensamientos que no te convienen no te los creas o los ignores, ya estás sometiendo la mente. Ya no te identifican esos duendes que pululan por el espacio de luces y sombras de lo que llamamos mente, que mas bien es una ment-ira, a menudo un fraude, una impostora contumaz. No me extraña que te pierdas cuando examinas la mente, pero perdiéndose uno llega a encontrarse. Desde niños la mente comienza a ser velada y luego hay que ir retirando esos velos y superando su ignorancia básica para que pueda ayudarnos y no desayudarnos. Pero no se madura con los años, sino con el trabajo consciente sobre uno mismo. Hay que ir quitando ás y más capas de autoengaños. Mirar la mente no es juzgarla, sino mirarla. Ese examen debe ser imparcial en lo posible. Ya irá surgiendo la claridad. No es de un día para otro. Como la mente es muy ladina no se deja fácilmente comprender. Hay muchas cosas que mutar en nuestra psicología si es que queremos tener una consciencia más despierta. O bien resignarse estúpidamente y seguir enfangados en una mente dependiente, voraz, caótica, insana, en casi continuada disfunción. Hay diversos métodos de control de los pensamientos en la psicología del yoga y en la psicología budista. A veces hay que atajar el pensamiento en su raíz; otra dejarlo pasar observándolo sin reaccionar; otras combatiendo los pensamientos nocivos mediante el cultivo de los positivos. Bueno, y a menudo lo mejor es no creerse el pensamiento. Si se cree uno todo lo que viene a la mente, está perdido. Cuando uno aprende a inhibir el pensamiento, surge otro tipo de percepción y sensación. Del «soy esto» o «soy aquello» se pasa a ser. La experiencia de ser es hermosa, la de ser esto o aquello es limitadora, incluso asfixiante. Los pensamientos van y los pensamientos vienen y vuelven a irse. Toma los que te sirvan y deja los otros.

P: He empezado a indagar sobre la naturaleza del deseo, del que hemos hablado en numerosas ocasiones. ¿Podrías volver a profundizar en el tema?.

R: Volvamos entonces a indagar juntos en esta dirección. La indagación intelectual nos debe llevar a la más directa y vivencial; por el pensamiento tenemos que ir más allá del pensamiento. Por la comprensión mental hay que llegar a un tipo especial de comprensión que es el que produce el «eureka» y nos hace proceder en consecuencia y cambiar. A menudo hablamos del despertar y os dormimos más y más. Que no se quede todo en la superficie de la mente. Hay un hecho concreto: deseamos. También lo hace mi gato Emile, claro que sí, pero nuestros deseos se tornan más sofisticados, egocéntricos, excéntricos y aferrantes. Hay una fuerza indiscutible que llamamos deseo. Solo cuando uno da encefalograma plano no hay ningún tipo de deseo. Hay que entender muy bien el deseo y no ha sido así. Buda deseaba también, y Milarepa, y Pitágoras y los grandes sabios. Una cosa es deseo y otra deseo vehemente y aferrante. Una cosa es cabalgar sobre el corcel del deseo y otra que el corcel del deseo cabalgue sobre nosotros. Hay deseos necesarios y naturales, otros superfluos o prefabricados y que no surgen de modo espontáneo en nosotros, sino que nos han «narcotizado» los medios y la propaganda con los mismos hasta enraizárnoslos. Y por identificación también podemos vivir los deseos de los demás como si fueran los propios. Y así los deseos de los otros (y lo sueños, y las ideas) se convierten en nuestros deseos. Y muchas veces no sabemos cuáles son nuestros verdaderos deseos o los que hemos introyectado procedentes de los demás. Para sobrevivir, la biología se sirve de esa fuerza impresionante que es el deseo. El deseo como herramienta de la supervivencia. También está el deseo del perfeccionamiento, el deseo que nos inclina hacia la belleza, el deseo de perpetuación del ego, el deseo de relacionarse con los demás. Hay deseos muy básicos y otros elaborados por el pensamiento sofisticado, y que son prescindibles. Hay deseos que son poderosas fuerzas para hacerle el juego a la biología o para que se haya celebrado ese misterio de misterio que es la evolución de la especie. Hay deseos ficticios o que nos hacen creer que son nuestros deseos y encima que son necesarios. Cuando no se satisfacen, la persona se siente muy frustrada e incluso amargada. No es fácil montar al tigre y no se descabalgado por él y engullido; no es fácil comerse el cebo sin tragarse el anzuelo. También están los deseos compulsivos. La compulsión es más que el impulso, y muchas veces nos domina a nuestro pesar.

P: ¿Y qué hacer? ¿Cómo descubrir los deseos propios de los ajenos? ¿Cómo saber cuando ser condescendiente con el deseo y cuando no?

R: Preguntas importantes, sí. Hay que utilizar la sabia introspección y el discernimiento. Y la menor manera de vivir el deseo es con lucidez y ecuanimidad. Al investigarnos, descubriremos que hay deseos que creemos son nuestros, nos pertenecen, pero no nacen de nosotros. No se trata de reprimir, sino de distinguir entre los deseos necesarios, los deseos naturales y los deseos perjudiciales para nosotros y para los demás. No siempre lo apetecible es lo beneficioso. Hay además que aprender a conciliar nuestros deseos con los de los demás, nuestros intereses con los ajenos. Hay deseos que solo los sentimos por mimetismo. Somos en ese sentido como camaleones sin color propio. Ni siquiera a veces sabemos distinguir entre lo que debo hacer y lo que tengo que hacer. Por eso es necesaria la autoexploración. El descubrirnos nos hará más libres e independientes. También hay que considerar que una cosa es reprimir y otra es suprimir conscientemente, contener o transformar. Y hay que ir más allá y aprender a discernir entre el deseo y el apego o aferramiento, la avidez que crea servidumbre y que no repara en nada por satisfacerse, aunque va sistemáticamente en detrimento de los demás. Entonces el deseo adquiere su lado más siniestro. El deseo es inclinación, pero hay que sopesar hasta qué punto esa inclinación nos termina por alienar. Hay que indagar mucho sobre el apego, que termina siendo un manantial de sufrimiento y servidumbre, además de que fomenta miedo y angustia. Cuando algo nos resulta placentero, nos apegamos; cuando desagradable, lo detestamos. Pero hay una dimensión de consciencia que nos enseña a disfrutar sin apego y a sufrir cuando es inevitable sin añadir sufrimiento al sufrimiento. En una ocasión, en Birmania, vi a un monje que escribía en una pizarra junto a un buen número de personas: «Incluso del apego al Nirvana hay que liberarse». Pero en principio más vale tener apegos sanos que insanos, constructivo que destructivos.

P: ¿Se puede uno apegar a la meditación?

R. Pues no suele ser frecuente (muchas risas); pero lo que sí es cierto es que la meditación nos enseña a estar más en el punto equidistante entre los extremos y ser mas ecuánimes y más lúcidos y desapegados. Cuando uno realiza que todo es transitorio, impermanente, entonces hay un cambio de actitud y uno no se aferra tanto a todo, porque todo pasa.

 

Ramiro Calle

Director del Centro Sadhak

www.ramirocalle.com