Las emociones más intensas y problemáticas nacen en el seno de nuestras relaciones significativas, ya que en el contexto de la intimidad se desarrollan los mayores conflictos humanos. El autor que abrió la senda para el estudio de estos acontecimientos vitales desde la óptica de la psicología fue John Bowlby (1907-1990). Bowlby ejerció como psiquiatra y psicoanalista en Londres, y alcanzó la fama mundial por sus estudios sobre el apego, desarrollando lo que llamaría la «teoría del apego», la cual definió como:

«… una forma de conceptualizar la tendencia de los seres humanos a crear fuertes lazos afectivos con determinadas personas en particular y un intento de explicar la amplia variedad de formas de dolor emocional y trastornos de personalidad, tales como la ansiedad, la ira, la depresión y el alejamiento emocional, que se producen como consecuencia de la separación indeseada y de la pérdida afectiva».

A través de esta teoría explicó el modo en que el vínculo que hemos establecido con nuestros primeros cuidadores ha sido fundamental para el desarrollo de nuestra personalidad, cómo de esta relación hemos extraído una impresión de quiénes somos y de qué podemos esperar de los demás, y la manera en la que hemos aprendido a actuar cuando nos relacionamos.

Una estudiosa más del apego, Mary Ainsworth, a través de la observación de madres con sus bebés, estableció categorías que aun hoy son de enorme utilidad en el trabajo con los pacientes: apego seguro, inseguro/preocupado e inseguro/evitativo. Los niños con «apego seguro» se caracterizaban por jugar sin la necesidad de que su madre estuviera constantemente participando o cerca de ellos, cuando se iba mostraban su disgusto y demandaban su vuelta, cuando regresaba se tranquilizaban con facilidad y volvían a jugar, les caracterizaba su alegría, vitalidad y curiosidad. Por otro lado había niños que no eran capaces de separarse de sus madres, eran muy difíciles de consolar cuando esta se iba ni se calmaban fácilmente cuando volvía, costándoles mucho retomar sus juegos. Presentaban un «apego inseguro – preocupado«. Otros niños en cambio evitaban a su madre, cuando se iba no lloraban ni se disgustaban, cuando volvía eludían el contacto, les caracterizaba estar más atentos a los objetos que a las personas y fueron catalogados como poseedores de un «apego inseguro – evitativo«. Años después otro grupo de investigadores observó un modo más de apego inseguro, lo llamaron «apego desorganizado» y lo presentaban niños que tan pronto se acercaban como se alejaban de sus madres, estaban asustados y no sabían lo que podían esperar, de ahí su comportamiento contradictorio.

Antes de que se desarrollaran estos estudios se consideraba que el modo «evitativo» era el ideal, ya que estas conductas se tomaban como una señal de independencia por parte del niño y un síntoma de su fortaleza de carácter. Supuso una revolución entender que estos comportamientos evitativos eran el resultado de la frustración de necesidades afectivas básicas, «desapegándose» estos niños trataban de tener bajo control sus sentimientos, pues preveían que los otros no iban a responderles positivamente, bajo su aparente frialdad podía apreciarse una ansiedad que en otros tiempos pasó desapercibida.

Hoy en día se sabe que todos los niños están intensamente apegados a sus cuidadores, por mucho que su comportamiento sea evitativo, preocupado o desorganizado. Estos patrones delimitan formas de actuar, pero no hablan de diferentes intensidades de apego. El apego siempre es intenso, y lo es a lo largo de toda la vida. No es cierto que unas personas necesiten más a los demás y otras menos, somos diferentes en apariencia, pero nuestra necesidad de apoyo y reconocimiento es la misma. El modo en el que procuramos conseguirlo es lo que cambia, así como el permiso que nos damos para ello o el valor que reunimos para intentarlo. Una vida satisfactoria es una vida con relaciones satisfactorias.

Los patrones de apego son característicos de cada cual durante toda la vida. El niño que evitaba a su madre después de que esta le dejara en el colegio es el adulto que evita hablar de sus sentimientos cuando algo va mal con su pareja o dimite en lugar de enfrentar un conflicto laboral. La niña que necesitaba de atención constante y no perdía de vista a su madre, es la adulta que necesita que sus hijos la llamen más de lo habitual para saber que están bien o que alguien supervise su trabajo. Pero no somos tan simples, los distintos tipos de apego pueden combinarse, por ejemplo una persona puede mostrarse evitativa con su pareja, preocupada con sus hijos y segura en su trabajo. En nuestro entorno hemos tenido diferentes modelos y hemos ido incorporando cosas diferentes de cada uno de ellos. Aunque nos hagamos llamar por un solo nombre somos muchas personas, estamos hechos de diversas identificaciones y esto nos hace tan interesantes como complicados.

El mayor dolor para todos nosotros es perder a alguien que queremos, sin importar el motivo por el cual lo perdamos, la relación que mantuviéramos o la personalidad que tengamos. Cuando queremos a alguien se vuelve necesario, si nos defrauda aparece la ira, si nos deja una gran tristeza. Las relaciones afectivas están atravesadas por el odio, en estado puro o con alguno de sus derivados, son aguas en las que tenemos que aprender a navegar sin perdernos. Un afecto intenso es siempre un riesgo, nos rompemos cuando el otro desaparece, muchas personas evitan precisamente por ello el amor. Podemos reconstruirnos pero no podemos evitar sufrir de tanto en tanto, aunque sí nos pueden ayudar a que sea menos, y sobre todo, a que no sea en vano.

Susana Espeleta
Psicóloga Colegiada. Psicoterapeuta individual y de grupo.
S_espeleta@yahoo.es