Muchos seres humanos, sobre todo aquellos que tienen sensibilidades e inquietudes místicas, experimentan que algo les falta. Es como si arrastrasen un vacío existencial que no logran llenar. Eso produce insatisfacción profunda y descontento, pero de ahí surge una preciosa energía que nos impulsa a mejorarnos, transformarnos, completarnos y humanizarnos, y en suma, evolucionar. Aunque nos arrogamos la condición de seres humanos, en realidad somos todavía homo-animales y mucho tenemos que trabajar sobre nosotros mismos para realmente alcanzar el rango de seres humanos.

Hay un símil que merece la pena recordar. De acuerdo al mismo, al nacer se nos coloca un cuenco vacío en el interior. Uno experimenta esa vaciedad y quiere llenarla, erróneamente, con cosas, situaciones y personas del exterior, pero el vacío se sigue experimentando, sigue apesadumbrando a la persona.

Aquellos que se percatan un día de que ese vacío no se puede llenar con nada de afuera, comienzan a trabajar seriamente sobre sí mismos para por si mismos llenarlo. La energía de la insatisfacción, bien canalizada, nos impulsa a buscar un estado de mayor completud, un espacio de consciencia donde nos sintamos más nosotros mismos y podamos disponer de una mente más libre e independiente.

Las sendas de la libertad y la sabiduría

Urge llevar a cabo un riguroso trabajo interior para poder pasar de la orilla de la servidumbre a la de la libertad, de la de la nesciencia a la de la sabiduría. Este trabajo sobre uno mismo, que tiene sus leyes perfectamente definidas, y mediante sus técnicas y métodos, basados en fiables enseñanzas milenarias, la persona va esclareciendo su mente, ampliando su consciencia, purificando su discernimiento y adquiriendo una actitud existencial adecuada.

Para ello es necesario seguir las cuatro sendas complementarias, que son: la de la auto-observación, la del autoconocimiento, la de la transformación y la de la realización de sí.

El viaje no es corto, pero le da un gran sentido, y un hermoso propósito a la vida. El viaje existencial deviene en un viaje hacia los adentros y poco a poco uno va descubriendo quién realmente es y pudiendo así discernir entre lo aparente y lo real, lo adquirido y lo esencial. De ese modo cada día de la vida adquiere su propio significado y en la medida en que uno trabaja sobre si mismo y va recorriendo las cuatro sendas, comienza a manifestarse una energía que ya intuíamos, la Presencia, y que es como la gracia interior o el gurú interno que nos ayuda a dirigir mejor nuestras vidas y a sentirnos más serenos en cualquier momento y circunstancia. Como si esa Presencia interna, esa energía especial que eclosiona, nos diera un eje en el que firmemente asentarnos.

Es la aproximación a nuestro centro, que al final experimentamos como el centro del universo. No se trata de conceptos o palabras, sino de una experiencia que transforma y realiza.

La vía de la autoobservación

La vía de la autoobservación es necesaria. Buda declaraba: «Si te estimas en mucho, vigílate bien». Para conocernos tenemos que observarnos. Observamos la mente, las palabras, los actos. Observamos hacia afuera y hacia adentro. Observamos las reacciones que nos producen las influencias externas y nuestra masa de asociaciones mentales y nuestras tendencia más profundas.
Mediante la observación aprendemos a reconocer lo que es adquirido y ajeno, y lo que es propio; escudriñando en nosotros mismo, sabemos qué nos pertenece y qué nos ha sido superpuesto. Así vamos desembocando en la senda del autoconocimiento.

La vía del autoconocimiento

La vía del autoconocimiento nos permite ir desmantelando nuestros autoengaños, que son innumerables y se convierten en un lastre en la larga marcha de la autorrealización; también vemos el trasfondo de nuestros pretextos, justificaciones falaces, mentiras. Se requiere intrepidez, porque desenmascararse es doloroso. De nada sirven las compostura o paños calientes, que nos alienan y nos hacen jugar con nosotros mismos al escondite.
Como reza el antiguo adagio, «lo que tiras por la ventana te entra por la puerta». Discernir es ver, revelar. Al conocernos, sabemos también de nuestras motivaciones reales y de las que nos han hecho creer que lo son. Renunciamos a los viejos patrones y no vivimos a través de los deseos de los demás.
También descubrimos nuestros «torturadores internos», nuestros agujeros negros en el alma, nuestra inmensa soledad de seres humanos, lo que somos o lo que nos han dicho que somos o tenemos que ser. Nos tenemos que desnudar ante nosotros mismos.

La vía de la transformación

Solo en la medida en que nos conocemos podemos de verdad comenzar a caminar con algún éxito por la vía de la transformación. Muchas personas quieren cambiar, pero no saben qué deben cambiar; muchas personas desean modificar algunos aspectos de su psicología, pero no saben cuáles. Para llevar a cabo esa alquimia interior que es la transformación interna, se requiere el elixir del autoconocimiento. Sabiendo más de uno, será más uno sí mismo y sabrá de qué hay que despojarse. Convertirse en uno mismo requiere sacrificar muchas cosas que creemos nuestras y no lo son. Hay que ir aprendiendo a ver, como dicen los mentores Zen, el rostro original. Otros muchos rostros, que no son nuestros, se interponen.

La transformación no viene por si misma y desde luego ningún gurú la puede llevar a cabo por ti. El maestro te da herramientas espirituales, métodos y enseñanzas para que cada uno emprenda su trabajo interior. No se conoce ningún caso de que una persona se acueste por la noche siendo celosa y despierte siendo tolerante, o siendo ávida y despierte siendo generosa. El cambio se va produciendo de momento en momento. Nada nos puede hacer presuponer que mañana seremos diferentes si no comenzamos por cambiar algo, por poco que sea, hoy mismo. Pequeñas modificaciones conducen a una gran transformación. No hay atajos.

La vía de la realización

Mediante la transformación requerida, uno comienza a hollar la senda de la autorrealización, es decir de la realización de sí, que quiere decir hacer real aquello que precisamente nunca dejó de serlo. Pero hemos vivido con antas máscaras, murallas, autodefensas, aferramiento a pautas y viejos patrones, abundando en lo adquirido y no en la real, que nos hemos perdido a nosotros mismos. Hay que hacer el camino de vuelta, hay que superar la disfunción en la que vivimos y conectar con nuestro verdadero ser, con nuestro yo más hondo.

Para hacer posible el recorrido por las cuatro sendas, están todas las enseñanzas y métodos, es decir del SADHANA, sobre el que enseguida volveremos, porque se diga lo que se diga, sin Sadhana no hay nada, y la liberación no es para holgazanes ni resignados. Desde la aceptación consciente de uno mismo, uno comienza a trabajar. Se observa, se conocer, se transforma y se realiza.

Como decía Buda, refiriéndose a la dimensión del espíritu, «esperadlo todo de vosotros mismos». Nuestro lado infantil quiere que venga uno de esos gurús que falsamente se presentan como iluminados y haga el trabajo por nosotros, pero la vida espiritual no funciona así. No consiste en añadir autoengaños a los autoengaños, sino en desarrollar el entendimiento correcto, por hiriente que a veces resulte la lucidez, pero es siempre imprescindible y el diezmo que hay que pagar para realmente poder madurar y superar el vacío existencial.

Ramiro Calle

Director del Centro Sadhak

www.ramirocalle.com