Una de las experiencias más gratificantes para la mayor parte de las personas es la de sentirse unido a alguien. Desde el inicio de nuestras vidas buscamos esa unión con el otro, nacemos con el instinto de sonreír y de provocar una respuesta cariñosa. Es curioso ver las formas que esto adopta cuando somos adultos, lo que cada uno de nosotros buscamos experimentar y generar para sentirnos conectados, y lo mucho que nos cuesta establecer esta complicidad. Sentirnos unidos al otro no es fácil, todos hemos sufrido por ser incomprendidos o por no poder entender a alguien, por ello es muy importante que seamos conscientes de nuestras diferencias y ajustemos nuestras expectativas a esta realidad.

El psiquiatra y psicoanalista Hugo Bleichmar distingue cuatro modos de establecer conexión emocional con el otro: corporal, afectiva, cognitiva e instrumental. Las preferencias de cada cual marcaran nuestros encuentros y desencuentros. Veamos de qué se trata cada una de ellas.

1. La intimidad corporal.
Para algunas personas la complicidad sexual es lo fundamental. El contacto físico y el deseo, tanto sentirlo como suscitarlo, es la columna vertebral de sus relaciones.

Esto se da más en hombres que en mujeres, y no es ni mejor ni peor que los otros modos de entrar en contacto, es muy importante que sepamos que no hay una manera «correcta» de relacionarse. El problema es si no se puede establecer contacto de ninguna otra manera, esto puede llevar a comportamientos sexuales compulsivos («adicción sexual»).

2. La intimidad afectiva.
Para otras personas lo prioritario es compartir su mundo emocional y encontrar empatía. Son personas que narran sus experiencias de una forma emotiva y que a la vez suelen ser sensibles hacia los sentimientos del otro. Es más común en mujeres que en hombres, y como decía, ni más ni menos recomendable que otros modos de relacionarse.

Dentro de esta modalidad nos encontramos con una peculiaridad: la necesidad de sufrir, recrear ese sufrimiento y compartirlo, como única manera de sentirse intimando. Es lo que el doctor Bleichmar llama: «adicción al sufrimiento compartido». Además del daño que esto causa en sus relaciones pueden convertirse en pacientes eternos o en constantes consumidores de diferentes terapias.

3. La intimidad cognitiva.
En esta modalidad la conexión se establece con personas que comparten las mismas ideas y/o tienen un estilo similar a la hora de razonar y expresarse. A veces «las maneras» importan más que las propias ideas, y se busca a alguien que tenga un ritmo parecido al propio, un lenguaje que resulte familiar… Es curioso cómo si el otro habla demasiado rápido o demasiado despacio para nosotros, tendemos a desconectarnos, así como si salta de un tema a otro o entra en detalles de una forma que nos resulte excesiva.

Esta modalidad llevada al exceso genera grupos cerrados con un pensamiento único y un sentimiento de superioridad peligroso y empobrecedor.

4. La intimidad instrumental.
Hay personas que se sienten conectadas compartiendo una actividad: cocinar, arreglar algo, pintar, comprar… Así como hay familias que se reúnen para hablar y compartir emociones, otras comparten actividades («ayúdame a preparar la mesa», «vamos a jugar al tenis»…)

A no ser que el objetivo sea «hacer el mal» este es probablemente el modo más inocuo y por lo tanto inofensivo de relacionarse, quizá porque es el más primitivo y animal. Cuando una relación se complica en exceso la tabla de salvación puede ser esta. Los rituales entrarían en esta categoría, su valor es enorme ya que nos mantienen unidos, no tienen por qué considerarse superficiales. A veces hablar no sirve, no hay entendimiento posible, pero hay amor o cariño, y poder comer juntos, felicitarnos el año o el cumpleaños, acudir cuando alguien nace o muere, mantiene un lazo más importante de lo que nos damos cuenta.

Cada uno de nosotros tenemos preferencia por alguna de estas modalidades, y estas pueden simultanearse en una misma relación o se pueden ubicar en relaciones diferentes. Es algo que hacemos de forma inconsciente, lo hemos aprendido en nuestra familia, ya que en ella hemos desarrollado deseos y angustias respecto a cada una de estas maneras de entrar en contacto con el otro. Nuestra familia también nos ha hecho más o menos proclives a intimar, de hecho hay personas que ni siquiera se lo plantean porque les resulta demasiado amenazante.

Es importante tener en cuenta que para intimar no es necesario que el otro sienta, piense o actúe igual que nosotros o como nosotros esperamos. A veces lo único que se puede compartir es el reconocimiento mutuo de la diferencia: «no estamos de acuerdo», «no nos sentimos igual», «no nos apetece hacer lo mismo». Permitir que esto exista y no considerarlo como algo que nos separa irremediablemente es clave. Conocerse mutuamente, saber qué modalidades necesita practicar cada uno, qué de ellas causa rechazo en cada cual, respetar la peculiaridad ajena, y hablar sobre lo diferente que se es, es a veces el único encuentro posible. Y no es poco. Pedimos demasiado a los demás, abiertamente o en secreto, esperamos del otro que nos haga la vida más fácil. Es cierto que nada resulta más socorredor que otra persona, el problema es que en una relación larga inevitablemente se producen decepciones, el socorro llega unas veces, otras no, demasiadas veces no para nuestro gusto. El resentimiento es un sentimiento inevitable, saber procesarlo para que no nos separe de nuestros seres queridos es tan importante como ducharse o sacar la basura. Winnicott consideraba que en cualquier relación amorosa habitaba también el odio, y que era muy importante no asustarse y negarlo, ni dejarse inundar por él. Y es que los demás son nuestro mayor reto y nuestro único reto asegurado de por vida.

 

Susana Espeleta
Psicóloga Colegiada
Psicoterapeuta individual y de grupo

s_espeleta@yahoo.es