“Recuerde el alma dormida,
avive el seso y despierte,
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando…”.
(Jorge Manrique, Coplas a la muerte de su padre).

Cuando murió mi abuelo paterno sufrí mi primera orfandad. Para el niño que tenía cinco años se acabaron definitivamente los paseos de la tarde, mientras mi padre trabajaba y mis hermanos estaban en el colegio. Eso de que me miraba desde el cielo y allí nos esperaría no me consolaba nada.

En ese momento debió despertarse parte de mi alma infantil reflexionando sobre la irreversibilidad de ciertas pérdidas. La muerte de mi padre ya no me pilló de sorpresa. Solo recientemente he logrado por fin descubrir la finalidad de la tristeza de la que siempre huí, salvo cuando ella me atrapó en tres ocasiones para sumergirme en los hondos pozos de la depresión profunda.

Esta revalorización de la auténtica tristeza, que no de la nostalgia, ha tenido que superar la presión de la mala prensa que tiene en el mundo moderno y posmoderno. Suenan antediluvianos los tiempos del romanticismo subjetivo, idealista, de individualismos heroicos, con querencia por lo trágico, nostálgicos de la tradición y las raíces… Desde hace tiempo, prima el individualismo “dentro de un orden”, objetivo, pragmático, con aspiraciones a la felicidad caiga quien caiga, permanentemente en búsqueda de la última novedad. Como varón fui educado en no mostrarla excesivamente. Casi en desconectar de ella porque conducía a la inactividad, a la queja y al victimismo. Al igual que el miedo, la tristeza expresada nos hace vulnerables a los ojos de los demás.

Sin embargo, la tristeza es la única emoción fría. La única que nos permite utilizar la inteligencia para desarrollarnos, por ser la facultad innata de percibir cualquier pérdida y anticiparnos al esfuerzo que tenemos que hacer para compensarla y encontrar nuevas vías y nuevas soluciones. Así como el miedo cumple la función de proporcionarnos seguridad, la tristeza tiene como función básica permitirnos el desarrollo, porque detecta QUÉ HACER, utilizando la selección, clasificación, actualización y discriminación de vivencias para encontrar opciones ante cualquier pérdida. Y así como el miedo utiliza el tacto, la tristeza se sirve del oído. Es por el oído por donde escuchamos las buenas y las malas noticias. Y es el oído el que puede escuchar una música que nos conmueva.

En estos momentos escucho el famoso adagio en sol menor de Albinoni (http://www.youtube.com/watch?v=WztZaeZF5DA). Me permito recomendar poder leer este artículo escuchando estas sentidas notas o a Itzhak Perlman arrancando a su violín el dolor de todas las víctimas de holocausto (http://www.youtube.com/watch?v=rJNInqZG2XI), o también a la soprano Mirella Freni cantando el aria “Un bel dì, vedremo” de Madame Butterfly (http://www.youtube.com/watch?v=WVjIeHmHMx8). La muerte, los amores imposibles, las pérdidas materiales, de tiempo, de expectativas, los recuerdos del pasado que nunca se repetirán… son todos ellos motivos de diversos grados de tristeza (desaliento, desánimo, abatimiento, congoja, sensación de ahogo, desesperación, angustia, depresión…). Gran parte de las grandes obras literarias reflejan tragedias individuales y colectivas entreveradas de amores posibles e imposibles. Y en ellas se reflejan muy bien todos estos estados de ánimo y energía.

Donde hay amor no hay tristeza y donde hay tristeza no hay amor. El amor es un estado de pertenencia cercano a la plenitud en donde no hay carencia. Y la tristeza es la toma de conciencia de una carencia. Pero no siempre la tristeza está conectada con una pérdida real ni es funcional. El fatalismo que sienten muchas personas en la actual situación económica y política la origina el sentir miedo en lugar de auténtica tristeza por las pérdidas sufridas de los últimos años. Así es como se bloquea la búsqueda de soluciones. Cuando hay resentimiento es que no se ha utilizado la rabia en el momento adecuado para restablecer la verdad o la justicia ante una situación que requería una acción contundente. El cinismo sería lo contrario de la impotencia: una especie de huida hacia adelante por un falso orgullo. Sentir amor en lugar de tristeza ante una pérdida de tiempo, dignidad, espacio, ante un aprovechamiento por parte de cualquier familiar o amigo sería una especie de necrofilia (dejarse comer). Sentir alegría en cualquiera de estos casos sería una especie de sadomasoquismo.

Existen muchas situaciones, por el contrario, que exigen pasar por la tristeza antes que por cualquier otra emoción. Cuántas veces hemos visto a padres o madres regañando al hijo pequeño que se cayó haciendo una travesura. Están sustituyendo la tristeza de una posible pérdida –de salud, de tiempo…- por la cólera por no haber sido obedecidos. A veces caen en una histeria fuera de toda proporción. En cualquier caso, esa aparente preocupación por el hijo no tiene que ver con el amor auténtico.

Como propone en sus cursos, Luis Pelayo, fundador del Centro de terapia bioenergética Anthos, hay que encontrar las “raíces ocultas del sonido del amor y desamor [tristeza] en el cuerpo”. Corporeizar las emociones y poner conciencia. No queda otra. En otro caso corremos el riesgo de “pensar acerca de”, en lugar de continuar nuestro proceso de desarrollo y transformación. Y cuando no hay amor, no hay amor y punto; recuperarlo pasa por su polo opuesto: la tristeza. Solo aceptando y viviendo las emociones conectadas con cada situación se alcanza la verdadera libertad. La libertad que canta “el Cabrero” en el Canto de la sierra (http://www.youtube.com/watch?v=FV4aXg5OEsw&feature=share). Un hombre que saca su fuerza de su tristeza transpersonal por la injusticia circundante y que recuerda, salvando las distancias, al Leonard Cohen que canta:
Como pájaro en un cable,
como borracho en la ronda de medianoche,
intenté ser libre a mi manera.

(Bird on the wire, http://www.youtube.com/watch?v=K4OF5tdIdV8). Y ambos han logrado su libertad, y hacernos conectar con la nuestra, utilizando la auténtica tristeza que tiene como función trascendente llegar a la claridad total del cuerpo, el corazón, la mente y el espíritu.

Alfonso Colodrón

Terapeuta gestaltico. Consultor Transpersonal

www.alfonsocolodron.net