Desde niño me fascinó la India. ¡Cuántas veces la enseñaba y hablaba sobre ella con mi madre, mi primera y gran gurú!.  Todo aquello que leía sobre dicho país me resultaba realmente emocionante y eso ya antes de que a los quince años de edad oyera por primera vez hablar de yoga y supiera que en la India era donde se había originado este formidable método de mejoramiento humano.

Como todo país, la India tiene su lado oscuro y muchas veces siniestro, y ha sido también el escenario de abismales desigualdades y de atroces enfrentamientos y mucha violencia, pero es sin duda la tierra donde han surgido el mayor número de enseñanzas y métodos para el autoconocimiento y la realizacion de sí, del mismo modo que han florecido innumerables preceptores espirituales. La espiritualidad de la India es una espiritualidad viviente y las enseñanzas se han ido transmitiendo de maestro a discípulo desde la noche de los tiempos.

Comprender la India es muy difícil, máxime tratándose de un subcontinente con una dilatadísima historia plagada de vicisitudes y con más de mil cien millones de habitantes; un país que es un riquísimo caleidoscopio de razas, cultos, costumbres y modos de vida, y que se debate entre sus más ancestrales costumbres y tradiciones y su modernidad.

India es India. El viaje a la India se convierte en el gran viaje y es a la vez el viaje interior. Nada deja indiferente y los estados de ánimo allí se suceden en catarata y son de lo más polivalentes. La India, no se puede negar, vive en muchos sentidos de talentos pasados, y es también en lo espiritual un mosaico de charlatanes, embaucadores y falsos gurús. Pero la herencia espiritual de la India es inmensurable. No es de extrañar que mi siempre admirado Victor Hugo (y trato de visitar su casa siempre que voy a París) declarase a propósito de la India: «Nosotros la veneramos. Es nuestra gran abuela«.   

La India es como un gran koan imposible de resolver por la lógica. Es la gran paradoja. Su halo de misterio siempre ha fascinado al occidental. Su literatura espiritual rebasa todo lo imaginable. Con razón, Schopenhauer, tras leer los Upanishads, aseveró: «Son el consuelo de mi vida y de mi muerte”.   

India es para vivirla y no para pensarla.

Su herencia artística, metafísica y espiritual es apabullante. Ya el mismo Alejandro Magno se sintió cautivado por las tierras de la India y tuvo su propio mentor espiritual, un yogui jaina llamado Kalano. Los sadhus y sannyasins (renunciantes) le dejaron estupefacto. Aunque no supo encontrarla, buscaba la paz interior, pero su ego desmesurado solo ansiaba más poder terrenal.

A nadie deja indiferente este país. A mí me capturó desde que era niño y por eso siempre le he llevado en el alma. No hay que acercarse a la India a través del intelecto, sino a través del corazón. 

 

Ramiro Calle
Centro Shadak

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