La vida es un escenario de luces y sombras, un teatro de sortilegios, un misterio que a veces, de tan insondable, resulta pavoroso. La vida es un viaje y, como en todo viaje, hay penas y alegrías. La vida es un reto, un desafío, un escenario para el incesante aprendizaje, una aventura.

Para que la vida adquiera mayor sentido y sea más inspiradora y revelador, hay que compartir. Y estas líneas que hoy traigo a mi blog de Espacio Humano tiene por objeto compartir lo que ha sido un emotivo e inolvidable fin de semana.

Acudí a Valladolid a pasar el fin de semana con dos definidos propósitos: por un lado presentar mi Autobiografía Espiritual el sábado por la tarde y, por otro, impartir una clase de yoga el domingo a mis buenas y encantadoras amigas las hermanas y novicias del convento de la Clarisas. Ya anteriormente varias veces, acompañado por mi admirado y gran amigo Jesús Fonseca, había visitado este precioso convento del siglo XV y les había hablado a las hermanas y novicias de la existencias de técnicas muy antiguas, milenarias, para el bienestar del cuerpo y de la mente.

clarisas1 - En el Convento de Las Clarisas: Nada te turbe, nada te espante

Con la sensibilidad que le caracteriza y su dominio de la palabra, Jesús Fonseca presentó mi autobiografía en la emblemática librería Oletum. Cuando me llegó el turno recordé el viaje que juntos habíamos hecho a la India, acompañados de Luisa, tras las huellas del Buda. En Benarés estuvimos departiendo con Baba Sibananda y Jesús arrojó parte de las cenizas de su amada esposa Esther (ahora muerta hace una década) a las aguas sagradas del Ganges. Fue un viaje iniciático. Por última vez me encontré con Baba Sibananda, quien insistió: “Lo más importante de la vida es el amor; pero la flor del amor florece en muy pocos jardines”.

El domingo por la mañana, en el mismo convento de las Clarisas, celebramos una misa cantada por mi hermano Miguel Ángel. La ha solicitado, con su grandeza de corazón, Jesús Fonseca, que denominaba a Miguel Ángel “príncipe del Renacimiento”, en tanto yo le llamaba “el gran psicólogo de las profundidades”. Las angelicales voces de las hermanas y novicias resultan arrobadoras, mientras yo pienso en ese mahatma (alma grande) que era Miguel Ángel, que como escribió tras su muere Fonseca en una de sus exquisitas gacetillas (que he incluído en mi autobiografía espiritual) “pasó por la vida haciendo el bien”.

Tras la misa, me acerco hasta las hermanas y tienen comienzo los cálidos saludos. La abadesa del convento es Sor Isabel de la Trinidad, una mujer más extraordinaria y agradable de cuanto pueda decirse, autora de dos libros de éxito, que ya anteriormente con su preciosa voz, acompañándose ella misma por el órgano, me ha cantado “Nada te turbe, nada te espante”, de Teresa de Jesús. Siento sus manos afables y elocuentes entre las mías. Es una gran mujer, forjada en la dimensión del espíritu pero sabiendo también aplicarse, como dirían los maestros Zen, a lo más cotidiano. Éxtasis y colada, oración y trabajo. En este convento, por cierto, se hacen unos riquísimos dulces, y una de las obras de la abadesa es sobre los mismos, en tanto que la otra es de la meditación a través del arte. 

clarisas3 - En el Convento de Las Clarisas: Nada te turbe, nada te espante

Hace un día frío y lluvioso, pero las hermanas han preparado una sala de tibia temperatura para que llevemos a cabo la práctica. Han extendido una amplia alfombra para ejecutar los ejercicios. Nos sentamos. A un lado la novicias (jóvenes alegres, todas de Kenya, excepto una de Filipinas) y, al otro lado, las hermanas. A mi me dejan en el centro. También se han unido al grupo mis buenos amigos Rosa y Antonio, éste último asiduo practicante de yoga y meditación. Durante un buen rato hago referencia a las excelencias de las posiciones de yoga, la respiración consciente, la relajación profunda y la meditación y la contemplación, y de como es posible, como practicaban los hesicastas, pronunciar mentalmente una jaculatoria como “Señor mío Jesucristo apiádate de mí”, acoplándola a la inhalación y la exhalación. Y tras la teoría, la práctica. Primero hacemos ejercicios de respiración consciente, después yoga en la silla, después posiciones de yoga de pie, y tras ello la meditación y la relajación profunda. Fenomenales alumnas. Han seguido la clase con atención y máximo interés. Tendremos que repetir. Ha sido una experiencia para el recuerdo. Todos juntos procurándole al cuerpo (que es el templo de Dios) bienestar y sosiego a la mente y el espíritu.

No solo de pan vive el hombre, muy ciertamente, pero también el pan es necesario, así que las hermanas y novicias han preparado una comida muy sabrosa y nutritiva. Tras la bendición de los alimentos, realizada por Sor Isabel, ha llegado el momento de saborear una comida preparada con tanto amor y a la que ponemos término con una infusión de yerbas y algunos de los dulces que las hermanas preparan en su propio obrador.

Llega la tarde. El frío arrecia. Observo a este grupo de mujeres de edades tan dispares, todas ellas solícitas y prestas a agradar al visitante. Adquiero una buena cantidad de dulces de lo más variado, entre ellos unas exquisitas tabletas de chocolate puro, pues como me recuerda a veces Fonseca: “Un día sin chocolate es un día perdido”.

Las despedidas no son nunca gratas si te alejas de los seres queridos. Pero las hermanas y novicias deben continuar con sus quehaceres, y como me gusta decir bromeando “no hay que corresponder a la hospitalidad con la devastación”. Nos acompaña hasta la puerta Sor Isabel, que ya está escribiendo para el que podría ser su tercer libro. Le animo a ello. Su sonrisa serena me despide. Llovizna. Repiquetea en mi mente: “Nada te turbe, nada te espante”.

Ramiro Calle

Director del Centro Sadhak

www.ramirocalle.com