Quiero compartir la siguiente anécdota con los lectores de mi blog. En 1974 salí por las calles de Madrid con una unidad móvil de Radio Nacional para ir preguntando a los distintos viandantes qué era el yoga. Todos se quedaban perplejos, pues no habían oído nunca ese término. Pero he aquí que uno de ellos, tras escucharlo, se aventuró a preguntar: «¿Un jugador de futbol?». Eran años en los que apenas llegaba la menor literatura sobre el tema a nuestro país y los pocos libros que lo hacían, la mayoría procedentes de los países hispanoamericanos, eran sólo de hatha-yoga. En los años 80 el interés por el yoga comenzó a dispararse en ciertos sectores. Yo había abierto el centro de yoga en enero de 1971.

Recuerdo que debía resultar para los medios tan exótica esta disciplina milenaria que en una semana me entrevistaron para tres telediarios. La palabra «yoga» comenzaba a ser escuchada. Muchas personas todavía la asociaban con llamativos contorsionistas o misteriosos faquires.

Paulatinamente el yoga ha ido adquiriendo carta de ciudadanía en todo Occidente, donde seguramente se practica mucho más que en su patria de origen: La India. El yoga se practica en centros especializados, aulas y centros para personas mayores, colegios, gimnasios y un largo etcétera. Lo valoran grandes intelectuales y científicos, personas de todas las edades y condiciones lo practican, es de enorme provecho tanto para sanos como para enfermos. Es apreciado y practicado por médicos, psicoterapeutas, músicos, religiosos y personas de todo tipo y profesiones. Muchos millones de personas lo practican en todo el mundo.

Es por eso tan importante que el aspirante aprenda a discernir entre el verdadero yoga y esos «yogas» desnaturalizados o pseudoyogas que se han ido inventando y que a menudo ocasionan más perjuicios que beneficios. El yoga, como su misma palabra orienta, es la unión del espíritu con el Alma Cósmica; la unión armónica, asimismo, del cuerpo con la mente; el sentimiento de comunión de la persona con todas las criaturas vivientes. Hay que desconfiar de todos esos pseudoyogas atléticos, que ignoran el verdadero sentido y alcance del yoga, y se convierten en un culto obsesivo al cuerpo, estimulando el sentido de la competición y la estampa del campeón, cuando el yoga ni siquiera es competitivo por uno mismo y debe ser un canto a la humildad y la compasión.

Le prometí a mi buen amigo, monje de Silos desde hace mucho (y que ha sido prior durante ocho años), Víctor Márques Pailos, llevarle mi DVD de hatha-yoga, pues lo viene practicando hace años y tiene interés en profundizarlo. Está fascinado por mi novela «En Busca del Faquir» y ahora ha comenzado a leer otra novela mía titulada «El Yogui». Hablamos de todo ello en un día soleado.

Me ha acompañado mi alumno avanzado y extraordinario amigo Antonio García Martínez, procurador y lector empedernido de temas psicológicos y espirituales. Hablamos de la excelencias del yoga y de la meditación. Víctor nos obsequia con su obra recién aparecida «La Santidad de lo Cotidiano». Ya tiene otras obras publicadas y yo mismo le prologué «Conversaciones en Silos», donde tiene como coautor a Jesús Fonseca. En este precioso libro, como se indica, se recogen las humildes verdades de un monje de Silos.

Le pongo al corriente a Víctor en cómo debe planificarse una tabla de asanas y que las combinaciones son muy numerosas y que vaya constatando cuáles le reportan mayor provecho. Sin duda, en ese paraje tan apacible y silente podrá sacarle toda su fuerza inspiradora al yoga.

Conversamos también sobre la necesidad, como nos dicen tantos grandes yoguis y monjes zen, de ir más allá del pensamiento ordinario, del puro intelecto, basado en la dinámica asfixiante de los conceptos, para conectar con la vida misma sin etiquetas, juicios o inútiles racionalizaciones. En este sentido cuánto nos pueden ayudar las técnicas de introspección y meditación, porque como reza la muy antigua instrucción del yoga: «Cuando el pensamiento cesa, se revela la luz del Ser».

En el otro lado de la mente, en aquel que no se sirve sólo del pensamiento dual y conceptual, sino que se inspira en el silencio profundo y revelador, pueden encontrarse respuestas existenciales más allá del habitual griterío de la mente, en ese silencio interior que Ramana Maharshi señalaba como altamente elocuente, porque es no-sabiendo que se sabe y no-pensando que se siente.

Ramiro Calle

Director del Centro Sadhak

www.ramirocalle.com