La gran mayoría de las veces tan atrapados estamos por los automatismos de la mente y los afanes externos, que vivimos en la ausencia y de espaldas a la Presencia. Así estamos enredados en la maraña de lo aparente e ignoramos lo esencial. El entendimiento distorsionado nos hace aplicarnos a los intrascendental y dar la espalda a lo trascendental, dejarnos enajenar por lo superfluo y desatender los sustancial, poner el énfasis en lo aparente y dejar que pase totalmente desapercibido lo real.

Ciega y mecánicamente nos identificamos con las influencias externas y con nuestros contenidos psíquicos y tanto estamos inmersos en las arenas movedizas del yo-social, la personalidad, la autoimagen y el ego, que al final no percibimos -o solo lo hacemos muy raramente- esa esencia que se manifiesta como Presencia y que es como la voz de nuestro yo más profundo y más auténtico, de nuestra naturaleza real, aquella que no deja de pronunciarse pero cuya voz queda solapada por la agitación de la mente, el apego, el aborrecimiento, las tendencias subyacentes y las pulsiones psicológicas más diversas y contradictorias.

La identificación mecánica con todo lo que discurre por nosotros nos narcotiza, debilita la consciencia y más aún la consciencia de ser, ejerce un raro poder hipnótico que impide la conexión con lo Pleno y roba la paz, la libertad y la independencia de la mente. Como declaraba el maestro a su discípulo: «¿Por qué te preguntas dónde está el sol mientras te pones de espaldas a él?». Y así, de arriba a abajo por la orilla de la servidumbre y la ofuscación, nos pasamos la vida sin decidirnos a pasar a la orilla de la libertad y la lucidez. La vida se convierte entonces en unos cuantos momentos de confusión… y se acabo. El telón poner término a la función existencial.

Pero la esencia que quiere hacerse sentir como Presencia no se rinde. Constantemente quiere su preciosa energía eclosionar y hacer que de verdad nos sintamos vivos, plenos, en nuestro ser y, así, en el ser de todas las criaturas. No es fácil que esa luz interior pueda atravesar los espesos velos de la mente, ni hacerse sentir más permanentemente superando la mecanicidad de los códigos evolutivos y los condicionamientos psíquicos. Trata de abrirse camino, pero en nuestra necedad, egoísmo, ofuscación y desorden interno se lo cerramos una y otra vez. Tomamos la dirección inadecuada, la que nos aleja de nosotros mismos en lugar de a nosotros mismos acercarnos.

El hijo pródigo no encuentra el camino de vuelta a su Origen; no es capaz de recorrer el laberinto para llegar al Centro. Así se produce un fenómeno de disfunción o alienación, donde uno es lo que no es y no se percata de lo que es. En términos de la antigua psicología del Samkhya, la persona está tan identificada con la prakriti (sustancia primordial, lo fenoménico) que se aleja de su purusha (lo real, el Sí-mismo, el testigo o veedor). Arrastrados por la arrolladora corriente de la ofuscación, no logramos esclarecer el entendimiento que nos permita percibir más allá de la superficie. Buena parte del entrenamiento en el despertar de la conciencia consiste en que una parte de la energía no se centrifugue por completo y pueda volverse hacia adentro y poder asi recuperar el vigilante o testigo lúcido e inafectado que no se deja de continuo confundir por las muselinas de lo aparente, confundiendo la plata con el nácar. Dentro de la ostra esta la perla, pero la ostra no es la perla.

La esencia se esconde en lo profundo de la mente misma, en su raíz o fuente, más allá de la dispersión mental y los afanes obsesivos, en el silencio profundo y revelador. Mirar hacia los adentros y no solo hacia las afueras. Hacer el silencio interior y desplazarse a la fuente de la mente, para recuperar la sensación desnuda y pura de ser, la esencia, que os permite desarrollar la energía del testigo u observador atento y sosegado que no se deja arrastrar por las apariencias y mira sin identificarse ciegamente. Más allá del ego, el ser; más allá de la imagen y la autoimagen, la esencia.

Cuando uno profundiza y está en apertura a la par, atento y confiado, la Presencia nos da su toque inspirador y confortador. Esa presencia se hace sentir con una energía muy sutil, y que a la vez parece ser personal y transpersonal, que viene de adentro y viene de todo. No es para ser conceptualizada, sino experimentada. Nos humaniza y desrobotiza. Es una rendija abierta a la Conciencia, que nos reporta un sentimiento de unidad. En un momento dado, esa energía parece penetrar hasta la última célula de nuestro cuerpo y el pensamiento binario o conceptual es trascendido. Lo importante es poner todos los medios para que esa energía de la Presencia puede emerger y hacerse sentir. Nosotros mismos somos a menudos el peor obstáculo en ese proceso, aferrándonos a nuestros estrechos puntos de vista, nuestras asociaciones repetitivas e incesantes automatismos, la enfermiza reafirmación del ego y el miedo al vacío que es el todo y es la libertad plena.

Desde la Presencia incluso el sufrimiento se hace consciente y una especie de choque para seguir despertando. En la Presencia no hay «yo» ni «tu», ni esto no aquello, sino que es la pura consciencia de ser.

Es necesario ir poniendo los medios para conectar con la esencia, sin que ello quiera decir que no tengamos que utilizar como un burócrata al ego y serviremos de la personalidad, pero desde la consciencia de sí y con una actitud de independencia, estableciéndonos poco a poco en nuestra naturaleza real. Todo el yoga no es otra acosa que el aporte de herramientas preciosas para poder encontrar un acceso a la propia esencia que empezará a manifestarse como la Presencia, con su poder trasformativo y liberador.

Es necesario el trabajo consciente sobre el cuerpo, las emociones, las energías y la mente. Incluso el verdadero hatha-yoga (que nada tiene que ver con esos yogas desnaturalizados o pseudoyogas que se han convertido en atléticos y un bochornoso culto al cuerpo) nos aporta técnicas psicosomáticas valiosísimas para detener el flujo de los pensamientos y trasladarse a la fuente de la mente, encontrando una nueva energía de ser, serse, sentirse y vivir en el reconfortante vacío mental. Nos han sido legadas, por las mentes más realizadas de la Humanidad, herramientas para viajar hacia adentro, transformar la mente, purificar las emociones y cultivar actitudes constructivas y cooperantes. Uno tiene que lograr establecer una corriente con esa Presencia, que se convierte así en el mejor maestro: el interior.

Ramiro Calle

Director del Centro Sadhak

www.ramirocalle.com