Necesidades Vitales (II): El narcisismo

Pocas veces se trata el narcisismo con la profundidad que se merece. Es más popular el objetivo de «subir la autoestima» que el de salir del egocentrismo, considerándose problemático «no quererse a uno mismo» y no tanto el hecho de obedecer en esa persecución a ideales muy cuestionables. Byung-Chul Han nos señala de qué manera el sistema nos ha seducido para que seamos nosotros mismos los que nos exigimos cumplir con sus objetivos: «Cada uno es amo y esclavo. La lucha de clases se convierte en una lucha interna, consigo mismo» (¿Por qué hoy no es posible la revolución? El País. 3 de Octubre del 2014). Vemos pues que la mayoría de nosotros no sufrimos un problema de autoestima que se resuelva procurando su «crecimiento«, sino que estamos ante un problema existencial que nos enfrenta a dos grandes preguntas: ¿por qué quiero lo que quiero?, ¿y qué quiero yo al fin y al cabo?

Hugo Bleichmar en su obra El narcisismo (1984) describe una serie de etapas en nuestra relación con el otro: al nacer dependemos de los demás para sobrevivir y ser estimulados; más tarde captamos que nuestros cuidadores también sienten emociones al entrar en contacto con nosotros, en el mejor de los casos no importa lo que hagamos, nos aman. Según vamos creciendo empezamos a ser valorados por lo que hacemos, a veces recibimos rechazo y otros aceptación, a raíz de esto aparece la capacidad de evaluar el propio comportamiento, y desarrollamos nuestras preferencias caracteriales.

Antes éramos amados incondicionalmente pero ahora tenemos miedo a la exclusión y regulamos nuestra conducta para conseguir integrarnos. Poco a poco somos conscientes de que entramos en competitividad con los demás para conseguir ser valorados; es el momento de la rivalidad y podemos triunfar o ser derrotados, aparecen los celos y el deseo de ser el mejor en todo. Finalmente se suele llegar a asumir que nadie es el mejor ni el elegido, que cada uno tiene sus cualidades y su lugar. Pero en todo este proceso nuestro mundo interno y por lo tanto nuestros deseos e ideales han sido modelados.

El ser humano se construye en relación con su entorno y a duras penas consigue ser crítico con lo que le es familiar. Cuando somos niños solo nos permitimos darnos cuenta de lo que nuestros padres pueden soportar y nos adaptamos a sus necesidades de una manera automática e inconsciente; hacernos críticos y salir de la sumisión a la autoridad es una ardua labor, ya que nuestro instinto de supervivencia está en buena medida basado en la obediencia ciega.

Nuestra sociedad es cada vez más infantil

Nuestra sociedad es cada vez más infantil y por ello obediente; nos alimentamos de escuetos titulares y nos engañamos diciéndonos que la única vía sensata es la adaptación a la realidad que estos presentan, que es en el fondo sumisión «a los amos del mundo». Esta rendición es la misma que guía la desesperanza y el victimismo en las relaciones personales, siempre percibidas en manos del otro, siendo esto la raíz de la creciente incapacidad para comprometerse y de la epidemia de rupturas sentimentales que desbaratan nuestras vidas.

No sabemos quiénes somos ni hemos decidido quiénes queremos ser, es el resultado de la ausencia de pensamiento independiente y la consiguiente obediencia a los valores de nuestra sociedad. Ahora es más difícil que nunca rebelarse, el poder se ha invisibilizado, no es más un poder represor sino un poder seductor.

Al igual que el adolescente define su identidad a través del conflicto con los adultos que le rodean, los ciudadanos necesitamos desvelar los poderes fácticos y cuestionarlos. El problema es lo penetrantes que son estos poderes, al igual que la publicidad moldea nuestros deseos, la sociedad cala en lo más profundo de nuestro ser y regula casi cada recoveco de nuestra vida. Para no sentirnos fracasados somos los primeros en exigirnos productividad, para no caer en la impotencia somos nosotros mismos los que damos la espalda al débil.

Nuestros desorientados egos se han acostumbrado a defenderse ignorando el mundo exterior

Nuestros desorientados egos se han acostumbrado a defenderse ignorando el mundo exterior; «sabemos» lo que sucede pero estamos anestesiados bajo el influjo de la idea de que nada puede cambiar. Es escalofriante comprobar cómo nuestros líderes han perdido completamente la vergüenza y obran impunemente de la manera más injusta, y por lo tanto ridícula. Encerrarse en uno mismo y en un pequeño mundo hecho de intereses pequeños es la manera que tenemos de protegernos del drama que nos rodea.

Este aislamiento defensivo es un «cáncer» que se extiende y se alimenta de nuestra libertad, así como la raíz de nuestras depresiones y problemas de ansiedad. La pasividad ante la injusticia y el sufrimiento del otro constituye una prisión cada vez más estrecha: hoy puede no conmoverte lo que sucede en otro continente y un buen día te despertarás frío ante lo que acontece en el tuyo; tu siguiente pérdida será la del interés por lo que pasa en tu ciudad, tu barrio y tus amigos se irán desdibujando; llegará el día en el que tus seres más queridos te resultarán lejanos e incomprensibles y acabarás sintiéndote tú mismo un extraño.

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El sufrimiento psicológico que implica este proceso de «empequeñecimiento» del ser hace que la persona se vuelva hacia sí misma y se centre en su «salud y bienestar». La obsesión por la salud es un síntoma de vacío existencial: el mundo desaparece y el individuo solo puede ocuparse de sí mismo.

En la medida en la que reconocemos y empatizamos con la subjetividad del otro, este deja de estar al servicio de nuestro narcisismo y podemos establecer con él una relación de mutuo reconocimiento. Sólo en ese contexto resultan satisfactorias las relaciones y se pueden establecer objetivos comunes para construir todo aquello que nunca lograríamos solos.
Siempre se ha sabido que «la unión hace la fuerza», y es que somos seres dependientes cuya mayor aspiración debería ser aprender a sentirse activos y responsables dentro de ese tejido de dependencias. Volver la mirada hacia el otro es la única salida del narcisismo: respetar su diferencia, valorar la importancia de su existencia y cumplir los deberes morales para con él. Si solo vivimos para nosotros mismos sólo estamos sobreviviendo.

Susana Espeleta
Psicologa colegiada
Psicoterapeuta individual y de grupo
s_espeleta@yahoo.es