¿Quiénes se abocan a la aventura del espíritu?

¿Quiénes se deciden a emprenderla y no pueden resistirse a ello?

¿Quiénes son arrastrados por esta aventura que no se celebra en la tierra sino en el espíritu?

La emprenden aquellos que indagan en el último significado de las cosas y que no se sienten satisfechos con las apariencias, los artificios, las ilusiones falaces; aquellos que no se contentan con tener solo cubiertas las necesidades básicas y aspiran a otro tipo de entendimiento más elevado.

Es una inquietud profunda, visceral, la que motiva y moviliza al aventurero espiritual, que se empeña en ir más allá del ego y la burda personalidad para encontrar “aquello” que se esconde u oculta detrás, así como el modo final de ser de todos los fenómenos que nos engañan, aturden y esclavizan.

Es un intento por sobrepasar la consciencia ordinaria y embotada, para poder obtener otro tipo de conocimiento más fecundo y revelador, activando las potencialidades internas más preciosas y constructivas y poder cooperar compasivamente con las otras criaturas.

Es una aventura en la que hay que afinar el discernimiento con la finalidad de no sucumbir a la seducción de lo meramente aparente y trivial y poder hallar los ánimos y motivaciones necesarios para proseguir en el intento de autodescubrirse y trabajar sobre sí mismo para la realización de sí.

Desde muy niño surgió en mí el insobornable anhelo por superarme, conocerme y encontrar un sentido a este misterioso fenómeno de la vida y cuando menos poder aprovechar este tránsito para ir superando en lo posible mi lado más difícil e ir desplegando el más sano y creativo. Uno puede utilizar parte de la energía de su vida no solo para cubrir las necesidades básicas y mejorar las condiciones de la vida de cada día, sino también para armonizarse interiormente y humanizarse.

La vida, al final, tiene el sentido que cada uno quiera procurarle. Hesse declaraba: “Oigo este sentido en mi interior, en los momentos en los que estoy verdadera y totalmente vivo“. El propósito más loable es el de irse haciendo más y más consciente, ganando así en lucidez y compasión.

Yo encontré en el yoga la más fiable y eficiente herramienta para, sirviéndome de ella, trabajar sobre mi evolución consciente. Después de haber pasado por innumerables técnicas de autorrealización, me incliné por el yoga porque ofrece métodos psicosomáticos y psicomentales para el desarrollo integral, y porque no es un culto ni un dogma, sino un aséptico método de autodesarrollo tanto para teístas como para los que no lo son, respetuoso con todas las creencias pero poniendo todo el énfasis en las experiencias transformativas y en la búsqueda del propio maestro interior.

Esta aventura del espíritu exige un continuado aprendizaje-desaprendizaje, que nos permite irnos desplazando de la periferia a nuestro centro, del yo-ficticio al yo-real. Poco a poco, con esfuerzo y desvelos, la aventura del espíritu se va convirtiendo en ventura y consuelo.

 

Ramiro Calle
Director del centro Shadak

www.ramirocalle.com