«Los que escriben oscuramente, o no saben escribir, o traman alguna canallada». Peter Medawar

Decía Papini que la mitad de los libros que se imprimen, no se vende; que la mitad de los libros que se venden, no se leen; que la mitad de los libros que se leen, no se entienden; y que la mitad de los libros que se entienden, se entienden mal. Por eso los escritores deberían hacer un esfuerzo y dar facilidades a los lectores.

Si usted no entiende un libro o artículo, y está escrito aparentemente en español, con un 95 % de probabilidad, la culpa no sea suya: es que ha topado usted con un escritor obscuro. En su libro «Las palabras de la tribu», Francisco Umbral, cuenta que Cela le dice un día: «No aguanto a Zubiri, Paco. Si yo entiendo a Ortega y a Nietzsche y a Schopenhauer, ¿por qué no voy a entender a Zubiri?. Porque habla para que no se le entienda. Que se vaya a la mierda».

Porque hay muchos que aunque en privado reconocen que la verdad es simple, siguen sosteniendo que el único método seguro de llegar a ella, es dando muchas vueltas.

Luis Racionero nos dice que «el estilo sencillo es aquel en el cual se expresan pensamientos naturales sin violentar el lenguaje». Y añade que «la sencillez es señal de perfección en un escritor, la profundidad es señal de madurez, y la combinación de ambas sello del genio». Cuando mas profundas son las raíces, mas ligeras son las flores, dice el poeta chino.

Ortega opinaba que «el hombre tiene una misión de claridad sobre la tierra». La claridad, según Jules Renard, «es la cortesía del escritor», pero también es verdad que no siempre el objetivo de un escritor es ser cortés.

Y es que aunque no de una forma servil, hay que saber adaptarse al público al que se dirige uno. Así, por ejemplo, Aldous Huxley vio rechazado un guión cinematográfico de «Alicia en el país de las maravillas», por Walt Disney, porque éste según propia confesión «solo podía entender una palabra de cada tres».

La mayor parte de las veces la inteligibilidad de una obra va ligada con el orden y la paciencia. Lawrence Durrell señalaba como la sabiduría china acierta cuando dice que «cualquier cosa es comestible si se la corta en porciones suficientemente pequeñas».

Lin Yutang tenía la curiosa teoría de que el expresar pensamientos claros en lenguaje obscuro es un estilo típico de solteros empedernidos, que nunca han tenido que explicar nada a su esposa y por eso no están acostumbrados. Y ponía el ejemplo de Kant.

Y siguiendo con su opinión sobre el tema, Lin Yutang, opinaba que «sólo el pescado fresco puede ser cocido en su propio jugo; el pescado algo pasado debe tener la sazón de una salsa de anchoas y de mostaza y pimienta: cuanto mas fuerte el sabor mejor». «Esta es la razón, continua Yutang, por la que tan pocos escritores se atreven a escribir en lenguaje sencillo y claro».

Eso ha pasado toda la vida. Lope de Vega en su batalla contra el obscurantismo culterano escribe:

«Das en decir, Francisco, y yo lo niego,

que nadie sabe griego en toda España,

más si a las lenguas la ciencia no acompaña,

lo mismo es saber griego que gallego».

E Iriarte en una de sus fabulas nos amonesta:

«Hay quien tiene la hinchazón por mérito,

y el hablar liso y llano por demérito.

Perdonadme, sutiles y altas musas,

las que hacéis vanidad de ser confusas;

¿os puedo yo decir con mejor modo

que sin la claridad os falta todo?».

Y castiga a los tales, mostrándoles su condición en este espejo:

Mas ya que esos amantes de hiperbólicas

cláusulas y metáforas diabólicas,

de retumbantes voces el depósito

apuran, aunque salga un despropósito,

caiga sobre su estilo problemático,

este apólogo esdrújulo-enigmático».

Y es que a algunos son tan esdrújulos, como el «Marqués de Moncada», en el «Don Mendo», de Muñoz-Seca al que el protagonista le retrata así:

«Siempre fuisteis enigmático,

epigramático y ático.

y gramático y simbólico,

y aunque os escucho flemático

sabed que a mi lo hiperbólico,

no me resulta simpático».

Esto es de toda la vida. Ya Quevedo, le espetaba a Góngora:

«Mas nadie, que escribe crea,

mientras mas no se cultive,

porque no escribe, el que escribe

versos que no hay quien los lea».

Y por eso a todos ellos habría que responderles con las mismas palabras que al tal esdrújulo le dijo Don Mendo:

«Habladme claro marqués,

que en esta cárcel sombría,

cualquier claridad del día,

consuelo y alivio es».

Isidoro García

Director Revista Quitapesares