¿Qué nos lleva al bienestar? ¿Cuál es el camino hacia una vida plena? O quizás de una forma un poco más aséptica simplemente nos podemos preguntar ¿Cómo mejoramos nuestra salud psicológica? Le demos o no las connotaciones que consideremos, lo cierto es que en el campo del bienestar, entre la marabunta con opiniones de cómo alcanzar una vida más plena o más satisfactoria, se podría decir sin errar demasiado que existe una batalla constante por tener razón y estar en posesión de la verdad. Esta batalla muchas veces nubla más el juicio que lo aclara cuando uno se dispone a tomar decisiones sobre su vida y aún más uno se pierde si entra precisamente en el juego de quién tiene o no razón.

A veces la discusión entra en el campo de lo que es científico y lo que no lo es y también ahí nos acabamos perdiendo. Personalmente me gusta la sistematicidad y el análisis riguroso, resulta fascinante la claridad y la sensación de control que proporcionan. Sí, he de confesar que adoro el método científico, es un juego realmente entretenido. Pero es precisamente en ese afán de desmigajar lo que creemos realidad y contar las piezas del puzzle donde nos olvidamos de la comprensión de lo íntegro; nos olvidamos de mirar al mundo como un todo, mirarnos como parte de él, sumergirnos en el discurso que narra lo que se siente, de aquello que formamos parte o quizás de lo que somos pues tampoco nada nos asegura que más allá de lo percibido por uno mismo exista algo más o no, sin embargo fenomenológicamente este es nuestro sentir. Este olvido de lo holístico puede ocurrir en la psicología por ejemplo, donde se suele enseñar una corriente dominante que ha sido mejor considerada y otras muchas se quedan en la cuneta a no ser que intentes acceder a ellas por tu cuenta. Pero incluso en filosofía, donde el fin en sí mismo debería ser el amor global al conocimiento y la reflexión, hay tradiciones con más fama que otras y autores olvidados porque no han adquirido el suficiente reconocimiento y respecto a la religión, ¿cuándo se ha alcanzado algún acuerdo o se ha intentado escuchar sin juzgar? Probablemente en muy pocas ocasiones. Tanto es así que ocurre que tendemos a fijarnos primero en las diferencias y discusiones entre unas y otras corrientes más en que sacar algo en claro. Sin embargo, con poco que uno intentase quitarse el velo del orgullo del conocimiento se podría quizás empezar a vislumbrar algún factor común de la sabiduría que probablemente reside en cada uno de esos esfuerzos por hallar una respuesta que se cree última y definitiva.

¿Pero qué sabiduría común pueden tener las distintas tradiciones y corrientes como por ejemplo las psicológicas, tanto las enraizadas en la tradición científica como las que no están interesadas en ello, las filosóficas e incluso las religiosas?

Quizás no haya una respuesta simple para esa pregunta y he de admitir que no es fácil quitarse las gafas de la formación que uno mismo ha recibido…

Sin embargo, hagamos el esfuerzo…así pues, ¿en qué fijarnos? ¿Qué extraer de la maraña? No diremos que no hay diferencias importantes, pues las hay y muchas, por supuesto. Pero el objetivo es recuperar lo común que se pierde. Por empezar en algún sitio, no debe de ser casualidad que en prácticamente todas las tradiciones religiosas encontremos un componente de meditación, de observación y contemplación. Y que últimamente la práctica de la meditación (cualquiera que sea la forma o nombre comercial que se le dé incluso algunas veces) empieza a sonar fuerte e incluso a incorporarse a las más consagradas terapias psicológicas. Parece que aquí podemos encontrar algunas señales de aquello común que buscábamos. Pero podemos ir más allá buscando un factor común, desde las técnicas de exposición como la desensibilización sistemática conductista donde podemos ver que hay que enfrentarse a los miedos para salir adelante, a la toma de conciencia gestáltica, pasando por la aceptación del cambio como parte de la vida de Heráclito o la búsqueda de la virtud de Aristóteles, hasta el abrazo del sufrimiento y la desaparición del ego budista o el amor al prójimo cristiano… Éstas y otras muchas tradiciones y corrientes nos dan indicaciones de cómo llegar al bienestar, algunas preocupándose sólo de la solución del malestar y otras buscando también una vida más completa, más trascendente. Sin embargo podemos ver en ellas señales, unas más claras que otras, que indican en todas ellas que la superación de los problemas y el logro de una vida plena requiere inevitablemente lo que al final es el AMOR POR LA VIDA, en mayúsculas.

¿y qué significa amar la vida?

Para amar la vida hay que enfrentarse a los miedos, aceptarlos como parte de la experiencia, aceptar por tanto también el sufrimiento, amar la perfección de todo lo que existe, sentir amor por aquello que se ofrece ante nuestros ojos, aquello que cambia y aquello que permanece. Amar así requiere precisamente toma de conciencia de lo que acontece, de lo que está presente, experimentar nuestra vida, con todas y cada una de las experiencias que nos brinda. Dándose cuenta de que incluso las experiencias de sufrimiento también encierran amor y se pueden amar. Las experiencias negativas podrían incluso ser la otra cara de la moneda de aquello que valoramos y quizás la forma en podemos contrastar y dar aún más valor a aquello que nos importa. Así pues podemos agradecer a la vida lo que nos trae, las experiencias que nos brinda, sean buenas o malas, pues el juicio deja de tener sentido cuando se ama, cuando se decide amar la vida según venga.

Puede dar miedo y puede resultar simplista escucharlo. Puede que uno necesite tiempo y quizás ayuda para llegar a simplemente querer dar ese salto y no menos para empezar a recorrer ese camino. Lo bueno, que en cada momento de tu vida, como por ejemplo ahora mismo, puedes tomar esa decisión y atreverte a dar el salto.

A lo mejor de «la maraña» no sacas lo mismo, a lo mejor esto te confunde incluso más, pero si lo que llega es la confusión recuerda:

Cuando dudes, ama.

Sara de Rivas Hermosilla

Psicóloga y colaboradora de Neuronilla

www.neuronilla.com