El corazón del trotamundos empieza en México

Hace muchos años, un aprendiz de viajero aterriza en el aeropuerto de México capital a las cuatro de la madrugada.

Parece que fuera hace unas horas. Los viajes, como el gran viaje de la vida, no es solo lo que se vive; es sobre todo lo que se recuerda, lo que uno se cuenta repetidamente a sí mismo y se convierte en la narrativa que se desvela a los demás. Esta parte sale a la luz, en el momento en que el nómada, convertido ya transitoriamente en sedentario, vuelve a «México lindo» por cuarta vez. Y paga su deuda aportando su grano de arena terapéutico en conferencias y talleres.

Solo se retorna a los países que se ama desde el primer instante. A aquellos donde siempre se deja a alguien a quien reencontrar, un deseo por cumplir, una fantasía por realizar…

Y el «mochilero», al atravesar la frontera con Guatemala tres meses después de ese primer aterrizaje, ¡deja tantas cosas pendientes! Entre otras, saldar una deuda con el país de «las tres culturas» (precolombina, colonial y moderna). México le acaba sanando una profunda depresión. A los 30 años, en plena crisis existencial, solo se le ocurre huir hacia adelante, saltar el charco, alejarse del viejo continente en dirección del ocaso. Como queriendo alargar el día y la luz, evitar la noche…, la noche oscura del alma.

Desde el primer día, la vitalidad del zócalo y los mercados callejeros frenan que el deseo de morir siga invadiendo sus células, que Thanatos venza a Eros. Y es que la vida es el virus más contagioso que existe. La sonoridad de los mariachis a medianoche en la Plaza Garibaldi despierta un alma adormecida por el trabajo y la política. La intensidad de los olores de los puestos de comida callejera, abiertos a cualquier hora del día o de la noche, estimula un apetito perdido hacía tiempo: el apetito de vida. La diversidad de coloridos en ropas y fachadas es pura cromoterapia sanadora. La cortesía de los mexicanos, puro bálsamo para un espíritu desatendido. En un par de semanas empieza a ver el final del túnel oscuro por el que a tientas gateaba. Una población joven, con hambre de vida, libera al peregrino del exceso de pasado que supone cualquier depresión. El día a día para sobrevivir en una inmensa metrópoli le sumerge instante a instante en el más desnudo Aquí y Ahora. Una metrópoli llamada «la región más transparente» por Carlos Fuentes, uno de los grandes de la literatura hispanoamericana.

Y esa hambre de vida que le rodea se convierte primero en una enorme curiosidad por todo lo que le rodea, después en la firme decisión de conocer palmo a palmo el país, sus paisajes y sus gentes; al final, en una enorme empatía y auténtico cariño. Primera sorpresa: la vitalidad de de las culturas prehispánicas, de sus mitos, costumbres, lenguas de palabras musicales de difícil pronunciación: Tlacloc, dios de la lluvia; Quetzalcoatl, la serpiente emplumada; Teotihuacan, «donde los hombres se convierten en dioses», con sus pirámides del sol y de la luna, de una geometría comparable a las mediciones egipcias. Popocatépetl, «el cerro que humea». Modesta descripción del majestuoso volcán activo que, con sus 5.500 metros de altura, sus glaciares perennes y sus 700.000 años de antigüedad, relativiza y empequeñece cualquier construcción humana. Como imán irresistible, el viajero emprenderá su ascenso hasta los límites permitidos, en un intento de alcanzar el cielo azul y despegarse de la tierra parda y de la lava negra.

México va desvelándose, desde las alturas, como algo más que un país: casi un continente bañado por el atlántico y el pacífico, con playas y cordilleras, volcanes y planicies, desiertos y fértiles vegas, clima tropical y eternas nieves de las cumbres, aguas turquesas de arrecifes y lagos interiores. Y si los españoles creyeron descubrir indígenas, iban a encontrarse con sofisticadas culturas superpuestas: azteca, maya, olmeca, tolteca… Aún hoy día persiste mucho desconocimiento en España de ese gran país que acogió a una parte importantísima del exilio republicano. Una minoría viajera empieza a apreciar las medicinas tradicionales, el chamanismo, el ayahuasca y los temazcales o «templos del vapor» (inipis en la tradición lakota).

Y el trotamundos va descubriendo las diferencias entre el viajero y el turista; entre quien recorre caminos dejándose penetrar por el entorno y quien va protegido por un grupo, un guía y los cristales esféricos de un autobús, como si fuera una pecera. El turista acumula souvenires, experiencias, fotos y vídeos, que luego cuenta y muestra. Las mejores fotos del caminante las guarda en el corazón, porque la mirada se le inunda de afecto y ternura con aquello y aquellos que mira desde dentro. El turista compara lo suyo con lo ajeno, un país visitado con otro. El peregrino del mundo solo se deja empapar de asombro sorprendido por lo que le resuena y por lo que le deja atónito y sobrecogido. El turista confirma muchas veces sus ideas preconcebidas. El caminante va dejando por los caminos creencias y prejuicios que empequeñecen la inmensa y cruda realidad que le envuelve.

Paulatinamente al peregrino le interesa más la actualidad que las ruinas arqueológicas, salvo cuando se vuelven vivas, como un amanecer meditativo en el templo maya de Kukulkán. Los primeros rayos del sol parecen revestirlo de oro, transportando al contemplador al siglo XII. O cuando cobran vida las deidades femeninas y masculinas del Templo de los frescos de Tulum, si no se interpone una cámara fotográfica entre ellas y el observador, que se funde con el movimiento de las serpientes entrelazadas.

Muy cerca de allá, en Isla Mujeres, el buscador encuentra algo realmente inesperado: Ponac, un proyecto pionero de convivencia internacional y hospedaje, con intención de gratuidad en el futuro, ninguna limitación, pocas reglas e igualdad entre transeúntes y residentes permanentes. ¡Y estamos en 1976! Definitivamente, México es un hervidero de experiencias. De vuelta de la Península del Yucatán al Distrito federal, el idealista con conciencia social visita la Colonia Santo Domingo de los Reyes: un primitivo pedregal transformado por colonos y luego ocupado ilegalmente, dividido en barriadas con un trazado impecable y poco a poco regularizado. La amiga que le acompaña, que trabaja en el

Museo Arqueológico Nacional, les ayuda en tareas de voluntariado a instalar un museo popular por barriada. ¡Impensable en la Europa de los años 70! Probablemente también en la segunda década del siglo XXI.

El turista tiene el tiempo medido y, viviendo a la defensiva, rara vez se abre a la hospitalidad inesperada. El nómada no ha puesto límite a su deambular. Va entablando amistades profundas que perduran tras la partida. En un momento dado se convierte en una forma de vida, en una vuelta al nomadismo. Allí donde hay corazón, puede enraizarse temporalmente y, al igual que los tuaregs del desierto, allí donde pueda verse un trozo de cielo estrellado se siente bajo techo, se considera «en casa».

Trotar mundos es abrirse a lo inesperado, a nuevas visiones del mundo y a insólitas costumbres; exige romper rutinas, perder algo de la propia identidad, que no es sino una identificación limitante, para saber más quién se es a través del Otro, adentrarse en una Anábasis, tierra adentro, hacia sus territorios inconscientes inexplorados. Y eso es más fácil cuando no se está parapetado tras horarios y costumbres, roles profesionales ni imágenes sociales que mantener.

Cuando pasan las grandes bandadas de aves migratorias, el corazón del trotamundos vuela con ellas por encima de fronteras geográficas, políticas y burocráticas. Y el mundo recobra su unidad y deja de ser «ancho y ajeno», como en la gran novela precursora del escritor peruano Ciro Alegría, para convertirse en un mundo familiar y propio. Un reflejo del universo interior y un macrocosmos del propio corazón.

Alfonso Colodrón
Terapeuta Gestáltico y Consultor Transpersonal
www.alfonsocolodron.net