Era un hombre viudo que vivía con su hijo. Contaban con un caballo, pero un día al ir al establo se dieron cuenta de que el caballo se habia escapado. Entonces los hombre del pueblo vinieron a verle y le dijeron:

 

– ¡Qué mala suerte! Tenías solo un caballo y se ha ido.

– Así es, así es- dijo el hombre con tranquilidad.

Días después el caballo que se había escapado regresó con otro caballo.

La gente del pueblo le dijo:

– ¡Qué buena suerte la tuya! Ahora tienes dos caballos.

– Asi es, así es- repuso el hombre serenamente.

Al tener dos caballos, padre e hijo salían juntos a cabalgar. Un día el caballo tiró al hijo y este se fracturó una pierna.

– ¡Vaya mala suerte la tuya!- le dijo la gente.

– Así es- dijo el hombre con calma.

Días después el país entró en guerra. Todos los jóvenes fueron alistados, menos el muchacho herido. Los lugareños visitaron al padre para decirle:

– ¡Qué suerte tan increíble! Tú hijo se ha evitado ir a la guerra.

– Así es, así es.

REFLEXION:

La vida es impredecible e imprevisible. Todo está sometido a la ley del cambio. Todo muda, fluye, se modifica, y no permanece. Al decir de los antiguos sabios chinos: vienen los vientos del Este, vienen los vientos del Oeste. La vida está sometida a toda clase de alternancias o vicisitudes.
Como todo es transitorio y cambia, para no estar constantemente turbado y ser como una hoja a merced del viento, tenemos que desarrollar esa preciosa cualidad de cualidades que es la ecuanimidad y que nos permite mantener un ánimo más constante y estable, y por tanto menos inarmónico. La ecuanimidad es equilibrio y firmeza de mente, mediante la cual la persona logra ser ella misma y mantener su centro a pesar del amor y el desamor, el encuentro y el desencuentro, la ganancia y la pérdida, el triunfo y la derrota y la alabanza y el insulto.
La ecuanimidad nace de la lucidez mental, cuando con claridad y profundidad comprendemos que todo es impermanente y está en continuado cambio. Con la ecuanimidad nos volvemos más armónicos y desapegados, no generando tanto aferramiento a la grato ni tanto aborrecimiento a lo ingrato, sabiendo aceptar lo inevitable y no dejarnos afectar desmesuradamente por ello.
En la vida, lo que muchas veces en el momento nos parece una bendición se puede luego convertir en una maldición y viceversa. Al carecer de la perspectiva necesaria, no podemos ver en amplitud el curso de los acontecimientos. La persona ecuánime permanece más tranquila observando ese curso y no dejándose tanto arrastrar por el mismo.
Pero la ecuanimidad no es en absoluto impasibilidad o desinterés, todo lo contrario. La persona ecuánime aprende a vivir tomar y soltar, vivir todo con intensidad pero sin apego ni dependencia. Basándose en la ecuanimidad evita el conflicto innecesario y saber fluir con el río de los acontecimientos. La ecuanimidad nos hace más fuertes, seguros, sosegados e imparciales.

Ramiro Calle

Director del Centro de Yoga Shadak y escritor

www.ramirocalle.com