¿Por qué se hizo el documental «viaje para los adentros, Ramiro Calle?»

Le pregunté a José Pazó sobre las razones que le llevaron a él y a Juan Betancor a realizar el documental sobre mi vida y enseñanzas titulado «Viaje a los adentros, Ramiro Calle«. Tenía yo una verdadera curiosidad por saber qué le había motivado a José proponerle a Juan realizar un documental que les iba a exigir tanto trabajo y tantísimas horas de dedicación. Con su innegable capacidad literaria, José ha complacido mi petición con el siguiente relato:

Tras subir la película/documental “Viaje a los adentros. Ramiro Calle” en Vimeo, visité un día a Ramiro en su casa. Ramiro estaba solo con su gato, Emile, que aprovechaba los últimos rayos de sol de la tarde, recostado en una cómoda, para observarnos desde el letargo y cierto escepticismo. En un momento dado, Ramiro se levantó para preparar en la cocina un té. Yo me quedé solo, y estaba dejando que mi mente volara como las nubes de la tarde cuando una voz me sobresaltó:

-Ya me dirás por qué la hicisteis.
-¿Qué? -respondí antes siquiera de darme cuenta de quién me había hablado.
-Que ya me contarás por qué te tomaste todo ese trabajo. El ser humano es tan curioso…
No había duda. La voz venía de la cómoda en la que estaba Emile, el gato de Ramiro. Le miré con incredulidad. Su largo pelo blanco parecía flotar como una nube más en el sol del atardecer. Me miraba a los ojos, con cierta dulzura, pero con firmeza. Emile es un gato yogui, pero empezó a hacerme preguntas como un periodista profesional. Lo que sigue es una transcripción de la conversación que mantuvimos mientras Ramiro hacía el té.

Emile: ¿Me puede decir de dónde salió la idea de hacer la película “Viaje a los adentros»?

José Pazó: Verás Emile… Conocí a Ramiro poco tiempo después de volver de Japón. Yo buscaba un lugar en Madrid en el que hacer yoga. Siempre había practicado solo, y empecé a visitar centros. El de Ramiro fue el último que visité y el que más me gustó. Me pareció agradable el lugar, me dio la sensación de que no tenía muchas pretensiones. Por otro lado, Ramiro estaba allí y lo conocí el primer día que fui. Desde el principio me pareció una persona muy cálida y asequible. Charlamos y le conté que yo acababa de publicar un libro, “El libro de la rana”, y él mostro interés. El segundo día, antes de la clase fuimos a tomar un té y nos hicimos amigos.
Antes he comentado que yo siempre había hecho yoga solo. En Japón, visitaba un templo en Kobe para hacer meditación zen. De la tradición zen, siempre me ha atraído la idea de la transmisión de la lámpara. Los maestros pasan la lámpara a sus discípulos, y así repetidamente. El ser humano, el buscador, es un mero transmisor de la sabiduría. La sabiduría no es suya, la busca, la toma, la recibe y la pasa a otros.
Muchas veces, esos maestros zen son personas mayores, con un grado muy alto de libertad personal. En una sociedad rígida a veces, como es la japonesa, los maestros zen han sido tradicionalmente grandes excéntricos. Personas sin ambiciones mundanas o económicas, ermitaños que preferían muchas veces la compañía de los árboles, los animales, o los niños antes que la de otros adultos, sobre todo de adultos anclados en lo convencional. Transmitían su enseñanza personal muchas veces de forma indirecta, usando el absurdo, el humor o la poesía. Los maestros japoneses zen han sido a menudo auténticos guasones que, fuera del desarrollo espiritual de cualquier ser, no se han tomado nada en serio.
Desde el principio, me pareció que Ramiro era parte de ese linaje, de esa clase de persona. Alguien que busca incesantemente el desarrollo espiritual, y que a la vez quiere desenmascarar todo lo que de absurdo tiene nuestra sociedad y nuestro yo. Es un gran terrorista del ego, alguien no interesado en sombras, proyecciones sociales ni juegos del ego. Es tremendamente normal y a la vez tremendamente excepcional. Esa mezcla, que la he visto y la he leído en casos de otras personas, sobre todo en Asia, me atrajo desde el primer momento.
Una de las personas de este tipo que conocí en Japón, fue Donald Keene, el mayor japonólogo vivo. En un viaje a Japón, pensé en hacer un documental sobre él y sobre mi bisabuelo, Gonzalo Jiménez de la Espada, que vivió en Japón desde 1906 a 1916 y fue uno de los pocos puentes culturales entre los dos países. Para ello, hablé con Juan Betancor, un amigo cineasta y también gran conocedor de Japón. Enseguida le gustó el proyecto. Viajamos a Japón y empezamos a trabajar en él. Pero, a la vuelta a España, pensé “Tenemos a Ramiro más cerca, y es una oportunidad única de intentar explorar más su persona, de buscar aspectos de su interior y darlos a conocer.” Se lo comenté a Juan y le gustó la idea, y luego al propio Ramiro, a quien también le pareció bien desde el principio.
Una vez con la idea, y con el equipo formado (un exiguo equipo de dos personas formado por Juan Betancor y yo), nos pusimos manos a la obra. Escribí un guion, y comenzamos el trabajo.

Emile: ¿Qué pretendías con el documental? – preguntó Emile tras relamerse los bigotes.

José Pazó: Varias cosas. La primera, seguramente, acercarme a Ramiro, profundizar en él. Como comentaba, Ramiro me parece una persona única. Luisa, su pareja, lo define como un gran seductor, como alguien que seduce hasta los perros de la calle, pero yo iría aún más lejos y diría que Ramiro es adictivo. Hay algo en sus palabras, en su forma de comportarse, en su discurso y en su mensaje que te hace querer más. Hay personas que han leído más de cien libros suyos. Con las cifras de lectura que hay en España, eso es una barbaridad. Ramiro, desde su simplicidad, desde la claridad de su mensaje, crea adicción. Da igual que la persona sepa o no sepa yoga. Es un efecto impredecible, que tiene que ver, creo, con esa personalidad suya que mezcla lo infantil (nunca ha dejado de ser un niño) con la seriedad más pasmosa, la del que persigue en todo momento la sinceridad. Esto que cuento, son experiencias y atisbos que yo he tenido desde que lo conocí. Con el documental, traté de buscar el núcleo de ese Ramiro, la persona que reúne todas esas cosas.
No intentaba mostrar mi búsqueda, ni hacer algo para ensalzar a Ramiro, ni centrarme en el exotismo del yoga, ni en sus efectos. No es un documental para explicar a la gente qué es el yoga. Lo que me interesaba era el retrato íntimo de una persona que ha dedicado su vida al yoga y, de una forma más general, a la búsqueda espiritual. El mundo está hecho de personas, ese es su tesoro.
Cuando conocemos a alguien, nos traspasa vibraciones, ambientes, efectos. Uno a veces piensa, “querría conocer mejor a esta persona, estar más cerca”. Eso es lo que busca el documental, una cercanía con alguien especial. Y busca que cualquier espectador pueda sentir esa cercanía. Aunque la cercanía a veces nos asusta, incluso cuando nos atrae la persona. Este documental quiere acercar Ramiro a todos.

Emile: ¿Qué Ramiro querías mostrar?

José Pazó: Bueno Emile, como te decía, el más íntimo y personal. No es que no me interese el Ramiro de los libros, ni el de las clases, pero la persona siempre tiene algo irreductible. El yoga se puede encapsular en un libro, pero el yoga es más que un libro, porque el verdadero yoga es un ejemplo de vida, es una acción. En el Baghavad Gita se habla de tres yogas, el yoga de la acción, el de la devoción y el del conocimiento. Los dos primeros, sobre todo, son yogas vivenciales, y el documental intenta ser eso, una vivencia.
La finalidad de una asana es que el practicante de yoga alcance la estabilidad mental y espiritual a través del equilibrio del cuerpo en una postura forzada. El yoga se basa en la unión cuerpo-mente, pero también en una aparente paradoja: que el mantenimiento de una postura forzada favorece el equilibrio, la estabilidad de la mente. El documental es una especie de asana visual. Quiere llevar al espectador a un lugar inexplorado, a un yo recóndito de Ramiro para obligarle a encontrar un equilibrio en lo que ve y oye. ¿Está de acuerdo? ¿No lo está? ¿Le choca? ¿Le gusta?

Emile: ¿A quiénes va dirigido el documental?

José Pazó: Va dirigido a cualquiera. No es necesario que sepan de yoga, ni siquiera que sepan quién es Ramiro Calle. El objetivo es que se den cuenta de su excepcionalidad aunque no lo conozcan, de su originalidad. Por supuesto que un espectador que conozca a Ramiro o sus libros lo verá de forma un poco diferente, ya que podrá hacer relaciones y asociaciones diferentes. Pero insisto, no es necesario.

Emile: ¿Qué problemas encontraste durante el rodaje?

José Pazó: Muchos. Principalmente, los económicos y organizativos. El documental está hecho con un presupuesto muy bajo. Sin embargo, hay mucho tiempo invertido, mucho más del que se pueda imaginar. Tiempo de grabación, tiempo de escritura, tiempo de reflexión… Por no hablar de la postproducción, un proceso largo y costoso, en el que Juan trabajó a fondo.
Sin embargo, también tuvimos muchísimas ayudas. Primero, de Ramiro. A veces, él parecía tan implicado o más que nosotros mismos. No solo se entregó en cuerpo y alma al rodaje, sino que fue un auténtico motor del proyecto. Y lo encaró como encara todo, con su capacidad enorme de improvisación y adaptación constante. Y con un buen humor a prueba de bombas. Nos hemos reído mucho haciéndolo también.
Luego, están los que conforman el círculo íntimo de Ramiro: Luisa, su pareja, que si bien al principio estaba reticente, pero luego se entregó con una sinceridad inédita en el cine español. Un amigo, José Vargas, al ver el documental, me dijo que le recordaba “El desencanto” de Chavarri, pero que el nombre de este sería más bien “En encanto”. Me gustó mucho su comentario, me pareció muy adecuado. Pero lo cierto es que Luisa, una vez vencidas las reticencias, se tiró a tumba abierta, haciendo un ejercicio de sinceridad y honestidad que pocas veces se ve en el cine español. Estoy seguro de que cualquiera que oiga y vea su testimonio estará de acuerdo con lo que digo.
Y los demás amigos, siempre dispuestos a que los entrevistáramos y les preguntáramos por todo tipo de detalles de su relación con Ramiro. Fueron muchas personas, lo que lo hizo complicado, pero a la vez fue un placer hablar con todos ellos. Juntos, forman ese puzzle Ramiro.

Emile: ¿Cómo fue la experiencia del rodaje?

José Pazó: Como te decía, fue un placer complejo, como de gato. Te voy a contar una anécdota. Cuando comenzamos a grabar las entrevistas con Ramiro, yo no estaba contento. Me parecía que sus respuestas, que eran muy interesantes, tenían algo pre-construido. Ramiro está muy acostumbrado a hablar en público, y es difícil sacarlo de ese registro, y más con una cámara delante. Lo que decía era siempre interesante, pero yo quería más, algo más íntimo, más personal. Entonces decidimos darle una cámara para que él se grabara. No sabíamos cómo iba a reaccionar, pero aceptó la idea. Al principio, con ciertas reservas, sobre todo por los aspectos tecnológicos. A pesar de ello, le dejamos en su casa una pequeña cámara de video.
Al cabo de una semana volvimos para ver lo que había grabado. Y enseguida vimos que lo grabado era magnífico. Una especie de diario personal, íntimo y sorprendente, como todo lo que hace él. Decidimos incluir esos pequeños clips en el documental, como diario y apuntes, pero en el fondo le dan más estructura a la película de lo que parece. Son su columna vertebral. Tú también sales. Rodar con Ramiro siempre fue una sorpresa.

Emile: ¿Te ha cambiado a ti?

José Pazó: Ramiro es como un espejo. Atrae porque nos vemos reflejados en él. Ramiro es Ramiro y es todos. Yo me he buscado a mí mismo en Ramiro, pero Ramiro es irreductible a los descubrimientos. Tan pronto como te descubres en él, Ramiro te hace saber que no eres él. Su labor es dejarte solo, en el camino, para que tú lo recorras. Yo, en todo caso, lo que he hecho ha sido meter un poco de Ramiro en una botella, como se hacía con los genios en la antigua Arabia. De vez en cuando lo saco y le hago algunas preguntas, con la esperanza de que me conceda algunos deseos. Es lo mismo que espero que pueda hacer el espectador.

En ese momento, se oyeron los pasos de Ramiro desde la cocina. Emile me miró, pareció sonreír, y siguió dormitando, como si nada de esto hubiera ocurrido.

JOSÉ PAZÓ

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