Continuando con la línea de percepción que abrimos en el artículo “Los motivos del cuerpo”, os presento algunas respuestas, desde la biología, en relación a las patologías que afectan a los órganos de los sentidos, valorando los signos y síntomas que aparecen desequilibrando nuestro bienestar. Voy a compartir con vosotr@s la valiosa información que cada uno de esos malestares nos tiene preparada.

Conservar los órganos de los sentidos en buenas condiciones, resulta de vital importancia para percibir el entorno con la máxima neutralidad.

Comienzo por el órgano de la visión, ya que resulta el más influenciable de todos. Y de éste va a depender el modo de recibir el devenir de los acontecimientos. A cada signo y síntoma le corresponde una causa, y, por tanto, una valoración y un tratamiento particular.

El globo ocular se compone de tres túnicas: la esclerótica, la coroides y la retina, que rodean al cuerpo vítreo. La retina es la más interna, y se continúa por detrás con el nervio óptico. Cuando se produce una disminución de la capacidad visual, nos encontramos ante una alteración de la retina, cuya significación se relaciona con un conflicto denominado miedo en la nuca. Se trata de un peligro que amenaza o acecha desde atrás, y del que parece complicado deshacerse. Si el peligro se encuentra dentro de un entorno cercano, aparecerán síntomas de hipermetropía, de ese modo la Naturaleza nos ayuda a no ver con claridad aquello que nos acecha y que no nos gusta. La familia, el trabajo o las responsabilidades económicas, son los factores desencadenantes más frecuentes. Por eso, cuando la persona afectada se aleja de los focos que la irritan, experimenta una leve mejoría, que puede llegar a ser completa cuando se toma una determinación. Si el peligro o el miedo se encuentran lejos de la persona, puede aparecer la miopía, que es la dificultad para ver de lejos con claridad. Esta alteración visual refleja el miedo al porvenir, a la toma de decisiones y a los cambios. No suelen convivir cómodamente con la incertidumbre. Lanzarse a la aventura movido por un profundo deseo de sentirse mejor, hace que muchos miopes mejoren de manera muy notable. El uso de gafas o lentes de contacto ante el primer síntoma, sin haber reflexionado antes, no es la mejor solución. Al ojo hay que darle motivos atractivos a diario para que funcione correctamente. Y si lo que hay delante no responde a nuestros deseos, disponemos de un recurso inviolable: la imaginación y la fantasía. Esa es una parte de la vida a la que a diario conviene dedicarle su tiempo, aunque sólo sea unos minutos. Al cerebro le da igual la procedencia de las imágenes, mientras le resulten atractivas, porque todo estímulo agradable le otorga sentido biológico a cada órgano. He de reconocer asimismo el gran trabajo que propuso en el SXX el Dr. William Bates con su método de Visión Natural, capaz de reducir dioptrías con unos sencillos ejercicios.

Los orzuelos, la conjuntivitis, las inflamaciones del conducto lacrimal, reflejan conflicto de desvalorización por no ser visto. Se trata de una situación en la que se pone de manifiesto la necesidad de reconocimiento. La Naturaleza tiene previsto, ante estas situaciones, la irritación de los ojos para así hacer que resulten más llamativos. La primera lectura de utilidad pasa por tomar conciencia de que el reconocimiento debe partir desde uno mismo, así no se depende exclusivamente de la valoración de los demás. Como recomendación para terapeutas, resulta de gran utilidad revisar el hueso occipital, el esfenoides y los palatinos, principalmente, y los pares craneales II, III, IV y VI.

En referencia al oído, vamos a diferenciar dos estructuras: la coclear, que hace referencia a la percepción de los sonidos, y la vestibular, que se encarga de registrar las sensaciones del equilibrio.

Las afecciones más frecuentes de la estructura coclear tienen que ver con la hipoacusia (disminución de la audición), y los acúfenos (ruidos en los oídos y dentro de la cabeza). Estas alteraciones responden al conflicto de no querer oír algo, de no dar crédito a lo que se oye, por simple rechazo, o por incredulidad. La Naturaleza nos tiene preparada una estrategia basada en un sentido práctico biológico: crear una barrera de ruido de fondo para enmascarar los sonidos procedentes del entorno, y así la persona afectada puede tomar distancia sobre aquello que rechaza oír. Los acúfenos se ponen de manifiesto durante la fase activa del conflicto, en la fase del sistema nervioso vegetativo de simpaticotonía, y duran hasta que el afectado resuelve el conflicto; bien porque se aleja de los motivos que le irritan, o bien porque acepta que ya no le resulta agresivo lo que le llega. A continuación de la solución de los acúfenos, resulta frecuente pasar por un período de pérdida de audición, durante la fase de reparación, también denominada vagotonía o parasimpaticotonía. En esta fase resulta de capital importancia apoyar al organismo desde la confianza, ya que la hipoacusia es producto de la inflamación del oído, con el objeto de regenerar todos los tejidos afectados con los nutrientes transportados por la sangre arterial. Tan importante ésta como la sangre venosa, responsable del drenaje de los residuos metabólicos. Insisto en apoyar al organismo con la confianza de que éste sabe lo que hace, con la certeza de que toda inflamación es reparadora, nos gusten o no sus síntomas. Ya va siendo el momento de conocer cómo funciona la biología corporal, y limitar el uso de fármacos antiinflamatorios a situaciones de urgencia. Al final de la fase de reparación, si se ha hecho gala de una buena dosis de paciencia, se restablece la audición.

En cuanto a los mareos y vértigos, el principal conflicto desencadenante es el de sentirse incómodo en algún lugar y no desear estar ahí. El cerebro pone en marcha un mecanismo de isquemia selectiva sobre las áreas de la estructura vestibular, comenzando por un espasmo de la musculatura del cuello, que consigue atrapar los principales vasos de abastecimiento sanguíneo a la cabeza. La sensación de inestabilidad que la persona afectada recibe, se convierte en el viaje virtual que el cuerpo pone en marcha para informar a su dueño que no le conviene seguir donde se encuentra en ese momento. No en todas las ocasiones uno se permite abandonar el escenario que le marea, pero sí puede tomar conciencia de esta relación de causa-efecto, y ello contribuye casi de inmediato a minimizar los síntomas.

En cuanto a los niños, son frecuentes las infecciones del oído medio, que responden a un conflicto biológico de no atrapar la presa (el objetivo), por no ser escuchados. Muy frecuente en los casos en los que se desea fervientemente un juguete que no llega, o en los lactantes que no consiguen el pecho de la madre cada vez que quieren. Para terapeutas, conviene revisar los huesos temporales y el esfenoides, y el VIII par craneal.

En las alteraciones del olfato, como la anosmia y las inflamaciones (rinitis de los catarros y de las alergias), el conflicto que lo suele desencadenar tiene que ver con algo que apesta o que no se quiere oler. Y, en sentido figurado, cuando nos olemos que puede ocurrir algo desagradable. La solución de la Naturaleza es perfecta: nos coloca una barrera de mocos para atrapar al enemigo, y así se evita que se cuele hacia el interior, activando con la frecuencia necesaria el mecanismo de expulsión más eficaz: los estornudos. Para terapeutas, revisad los huesos nasales, los maxilares, el vómer, los palatinos y el esfenoides, y el par craneal I.

En las afecciones del interior de la boca como las aftas, la gingivitis, la glositis y las alteraciones en la percepción de los sabores, influye en gran medida la saturación de experiencias en poco tiempo y la dificultad para saborear las nuevas. Asimismo, resulta muy útil reflexionar sobre la presencia de estas molestias cuando lo que decimos no nos gusta, o cuando lo que nos proponen no nos conviene.

Para concluir, en referencia a la pérdida de tacto y las parestesias (sensaciones anormales de hormigueo o adormecimiento), resulta frecuente encontrarnos con conflictos de desvalorización por no ser eficaz manualmente, y con conflictos de desvalorización por no poder sujetar o rechazar algo.

Este planteamiento no exige para la curación que la persona resuelva de manera completa todos sus conflictos. A veces basta con la simple toma de conciencia de que, lo sucedido, responde a la mejor estrategia de adaptación de la que el cuerpo dispone. No obstante, si se resuelve cuanto antes, le ahorraremos trabajo al organismo. En cualquier caso, la confianza en el cuerpo de cada persona es una de las mejores inversiones de salud que se puede hacer.

Deseando que estos motivos del cuerpo os resulten de utilidad práctica, os envío un buen abrazo.

Michael Laloux Kodaewa
Diplomado en Osteopatía, Naturopatía, Terapia Cráneo-Sacral y
Terapeuta de La Nueva Medicina, Terapia Hormonal Craneosacral y Terapia Biológica Craneosacral.
Director del Centro Terapiasalus en Madrid.
www.terapiasalus.com