No somos seres humanos teniendo experiencias espirituales. Somos seres espirituales viviendo una experiencia humana.

Teilhard de Chardin

En mi familia de origen, padre, madre, tres hermanas y siete varones, las emociones no existían. ¿Cómo que no existían? Seré más preciso. Simplemente no entraban en el mapa general de lo concebido, expresado, hablado. Simplemente no existían conceptualmente. El miedo (1) era suprimido con «hay que ser valientes». La tristeza (2) no era acompañada (cada cual tenía que ventilarse en privado la suya). La rabia (3) había que tragársela en aras de la necesaria paz familiar. El legítimo orgullo (4) –que ahora se llama autoestima- era rápidamente aplastado por alguien que había hecho ya antes o mejor aquello de lo que uno se enorgullecía.

El amor (5) era vergonzante: bastaba con la solidaridad y algo de cariño si no se mostraba en exceso. La alegría (6) se toleraba si no excedía la media general del momento. Más allá, era infantilismo o histeria. Es como si hubiese una sirena de alarma invisible, pero colectivamente sonora, que avisaba: «¡Atención general! ¡Se está manifestando un peligroso estado que pone en riesgo la frágil estabilidad familiar!

¿Y la espiritualidad? Era simple religiosidad conforme a los parámetros de aquella época (década de los 40, 50 y primer lustro de los 60): creencia en los dogmas del nacional catolicismo, que se practicaba según mandaba el Catecismo del Padre Ripalda, escrito ¡en 1616!: rosario diario en familia; misa, confesión y comunión semanales; ayuno y abstinencia en Cuaresma ; ejercicios espirituales cada año…

Con el tiempo, los diez evolucionamos por distintos derroteros. Su punto en común: el alejamiento de todo este adoctrinamiento. No es de extrañar. Cualquier polo que se exagere atraerá el polo opuesto. Demasiada contracción llega siempre a su punto de expansión. Excesivo Yang hace aparecer su complementario Ying. Sin embargo, sí quedó grabado en cada una de nuestras células el sonido de la sirena cuando aparecen emociones intensas. Algunos escogieron la más fácil de expresar para ellos: la rabia desconectada y disfuncional, o la excesiva alegría, o la apatía en lugar de la tristeza. El denominador común: la fobia al contacto físico. Nunca nos besamos, jamás nos abrazamos, damos una palmada en el hombro y ni siquiera nos estrechamos la mano –queda extraño entre hermanos o hermanas, aunque paradójicamente no nos parezca extraño un saludo verbal convencional, que muchas veces no es acompañado siquiera con la mirada-. ¡Qué difícil romper el muro ante el temor, la inhibición o el descarado rechazo del otro!

Con el tiempo, mis sucesivas parejas, en especial la madre de mis hijas, y posteriormente estas me fueron sanando poco a poco de esa fobia a tocar y ser tocado. Sin embargo, manifestar auténtica y adecuadamente cada una de las seis emociones básicas expuestas es una tarea en la que todavía sigo progresando. Cuando me formé en terapia Gestalt y después en el Eneagrama, como mapa útil de autoconocimiento y aceptación de las nueve diferentes formas de concebir el mundo y de actuar, amplié la conciencia de la realidad subjetiva y objetiva. Pero un pequeño trecho del camino seguía faltando.

Hace casi una década conecté con otro sistema que ofrecía una visión global de los tipos de personalidad, las épocas históricas, los sistemas políticos, las diferentes manifestaciones del arte, los estilos literarios, etc. Me pareció muy agudo, pero excesivamente complejo y caro en su aprendizaje como para dedicarle cinco años más de mi vida. Era el Mat21 (Metamodelo de Análisis Transformador –»transformacional» es un horrible neologismo de su creadora) de Preciada Azancot, que puede descargarse aquí.  Hace un mes, me encuentro sincrónicamente –las casualidades no existen- con una ex alumna suya que ha conseguido resumir en 180 pequeñas páginas una aplicación práctica para navegar por el proceloso mar de las emociones: Haz que cada mañana salga el sol (Alienta Ediciones, 2012). Su autora, Arancha Merino, lo complementa con un sencillo, práctico e intenso curso de unas veinte horas, para que cada navegante pueda proseguir su propio rumbo de una forma autónoma.

«¿Pero rumbo hacia dónde?», podría preguntarse en estos momentos en que la crisis no es solo económica, política y social, sino también espiritual. Y esto, porque estamos cambiando desde sus raíces un viejo paradigma y creando otro. Y en todo cambio de paradigma siempre se ha necesitado décadas o siglos. Costó mucho aceptar que la tierra no era plana y que el sol no giraba a su alrededor. Por eso, a muchos buscadores espirituales, empeñados en progresar en línea siempre ascendente en lugar de aceptar que la vida es una espiral dinámica, les cuesta aceptar que las emociones vividas con plena conciencia son el único velero del que disponemos para relacionarnos desde la profundidad. La mayoría no quieren sentirlas, aplazan continuamente la vida, el aquí y ahora, buscando siempre metas cada vez más inalcanzables. Y sin embargo, todo es mucho más sencillo.

Tom Heckel, reconocido consejero psíquico desde hace cuarenta y cinco años, afirmaba recientemente que el viaje espiritual tiene un recorrido muy corto: la distancia que hay entre la cabeza y el corazón; el trayecto desde la mente a los sentimientos. En «Om Baba, Una experiencia mística» (Editorial La Llave, primera edición 2004) relata con todo detalle su primer despertar espiritual. Una maravillosa locura que no recomienda a nadie tener que repetir. Uno de los recuerdos más agradables que me quedan de cuando lo traduje es haber pasado «las noches de claro en claro y los días de turbio en turbio». Cada día me consumía la impaciencia por llegar al final de sus 386 páginas y saber el resultado final. Solo al acabar la última línea, después de un mes completamente absorbido en la tarea, me di cuenta de lo mucho que había disfrutado, línea a línea, acompañando al autor en su viaje. De repente caí en la cuenta de que yo volvía a estar una vez más en el punto de partida. Pero esta vez, me había convertido en un encontrador que ya no necesitaba buscar más. Quien no quiera emprender el largo y apetitoso viaje de la lectura de uno de los libros que más he apreciado del centenar traducidos, puede encontrar un sencillo recorrido de su vida en una corta entrevista publicada en La Vanguardia.

Cuando nos atrevemos a explorar lo que sentimos y manifestarlo de una forma conectada y adecuada a las circunstancias, todo se vuelve fácil: el cuerpo se queda bien, el corazón se expande con una sonrisa en lugar de contraerse. Cuando nos decidimos a desarrollar en cada momento compasión hacia uno mismo y hacia los demás, utilizando la emoción conectada con cada circunstancia, descubrimos que cada instante es nuevo y creativo. Que nada se repite, pues todo se nos manifiesta con gran claridad como una ola en movimiento continuo, llena de posibilidades creativas dentro de la Gran Unidad que todos somos.

Alfonso Colodron

Terapeuta gestaltico y consultor Transpersonal

www.alfonsocolodron.net