Al despertar, cada mañana, se nos presenta la oportunidad de un nuevo día con sus múltiples posibilidades. Y el devenir de cada jornada dependerá de las opciones que elijamos en cada momento, de la importancia que le demos a cada acción y de la importancia que le demos a cada cosa que no hagamos. Conocer la prioridad de cada instante se convierte en una aliada de la serenidad. En cualquier caso, decides tú.

Con frecuencia nos enganchamos a las causas de lo que nos ocurre, a los porqués de nuestros devenires, buscando los motivos de lo que nos aflije, desviándonos, sin darnos cuenta, de lo que en ese momento es lo importante. Lo importante es la prioridad. Y es que la mente y el corazón, desafortunadamente, muy a menudo no detectan la prioridad en cada momento, debido a que ésta no resulta tan apetitosa como los deseos tan estimulantes que nos rodean y también porque nos dejamos influenciar por lo que consideramos obligaciones.

Por esto, en ocasiones puntuales y vitales, para nuestro desarrollo, olvidarnos de la prioridad, no sólo es dejar escapar una oportunidad de avance, sino que lo más probable es que retrocedamos y, en situaciones de dificultad, se esfume como por arte de magia una parte de nuestros privilegios. No pasa nada, no hay de qué preocuparse, ya que uno de los grandes privilegios que tenemos como seres vivos, y que nadie nos va a arrebatar, es la capacidad de darnos cuenta de las cosas, de tomar conciencia.

Bueno, pues vamos a ello, a tomar conciencia de cuál es la prioridad, me refiero a la cotidiana, a la puntual, a la de cada instante. En realidad es la que importa. Al abrir los ojos al nuevo día, disponemos de una coctelera para elaborar un combinado con los ingredientes elementales que nos pongan en marcha. En esos ingredientes, los días de trabajo propongo un programa de disciplina laboral con la que nos sintamos bien. Si tu trabajo te llena, enhorabuena, será sencillo. Si no es así, cambia de trabajo o acepta el que tienes con la mejor y más agradecida actitud que puedas. Se dice que el trabajo dignifica; ponte a ello, busca uno que te satisfaga o cambia las condiciones del que tienes. Esa es la prioridad laboral. Y eso depende mayormente de ti, sin excusas. Y si no tienes trabajo, ya sabes cuál es la prioridad, espabila. Que hasta los más necios o mezquinos, y listos o generosos, tienen un hueco en esta sociedad. También va por ellas.

Decía San Francisco de Asís: “Empieza por hacer lo necesario, continúa con lo posible y acabarás haciendo lo imposible.” Cada persona se encuentra todos los días ante sí la tarea de averiguar qué es lo necesario para superar con éxito, o como mínimo satisfactoriamente, lo que se va encontrando.

Lo necesario puede ser bien distinto dependiendo del punto de vista. Así, nos vemos con personas que necesitan comer desigualmente, con diferente necesidad de descanso, con mayor o menor tolerancia al frío o con gustos diversos en relación a todo lo que existe.

Lo que sí puedo mostraros, para interés general, es la estrecha relación que guardan lo necesario y lo útil. Este emparejamiento de conceptos resulta de gran ayuda en aquellos casos en los que recibimos consejos u opiniones sobre lo necesario en nuestra vida. Y también cuando nos dedicamos a navegar en nuestros particulares mares de dudas. Éstas se pueden disipar de manera sorprendente cuando incorporamos la utilidad. Lo útil nos ayuda, si lo usamos como la herramienta que es, para desechar lo superfluo. Aquello que sirve se conecta con el progreso y nos permite avanzar. Al contrario, lo que no sirve, es inútil, y lo más práctico es reciclarlo o tirarlo. Tengamos en cuenta, asimismo, que la utilidad de las cosas y de los conceptos puede ser bien distinta para cada persona; por eso no siento que deba hacer una relación de elementos de utilidad a nivel general, porque la singularidad de cada ser humano así lo exige; además, la lista resultaría interminable. Por otro lado, sí conviene conocer determinados hábitos o actitudes, inconscientes muchos de ellos, que en ocasiones nos entorpecen o ayudan en nuestro discurrir por la vida. Los deseos, sin ir más lejos, nos secuestran desde la infancia para no soltarnos ni en cien años. Y rápidamente nos sumergimos en la confusión entre los deseos y las expectativas.

El deseo nace del corazón, del hígado, de los intestinos, del sexo o de los pies; por eso está dotado de una fuente de energía inagotable; energía que, si se transmite a nuestros hijos desde la infancia, les ayudará a crecer en una sana armonía manteniendo la pasión de vivir. Por el contrario, la expectativa nos coloca en una situación de espera, a menudo tensa, ante unos resultados que, de no producirse, nos conducirán irremediablemente a la frustración.

La frustración te vacía y, sale tan caro recuperarse de ella, que lo útil es aprender a evitarla.
Resulta prioritario integrar cuanto antes la diferencia entre el deseo y la expectativa. El deseo, para que resulte útil, debe ser atemporal, de ese modo se abren las infinitas posibilidades de conexión para que se cumpla cuando se den las condiciones adecuadas. Deseo un buen trabajo, una bonita casa, viajar, una pareja de confianza y amorosa, todo ello expresado sin condiciones temporales.

Desde el deseo se crece. Desde la expectativa no se avanza.

Al poner fecha a nuestro deseo, lo convertimos inmediatamente en una expectativa, que además conlleva una actitud de pasividad, mientras que el deseo posee una disposición más activa y dinámica. Establecer una clara diferencia entre ambos conceptos, a diario, resulta prioritario para garantizar la armonía entre el quiero y el puedo.

Otro hábito muy extendido es la actitud de preocupación mantenida en relación a lo que peor dominamos.

Desde el punto de vista semántico, preocuparse hace referencia a ocuparse de algo antes de que ocurra. Y la mayoría de las veces no sucede así. Resulta, por tanto, una costumbre harto inútil. Es cierto, por otro lado, que la proyección incesante de un pensamiento negativo puede acabar presentándonos esa realidad. Del mismo modo, pero en sentido inverso, suele ocurrir que los pensamientos positivos conducen a una resolución satisfactoria, aunque las consecuencias no respondan exactamente a lo que perseguimos. En cualquier caso seguimos teniendo la batuta para dirigir el pensamiento hacia un sentir que nos resulte útil. Ocuparse de cada momento, aquí y ahora, que es lo que tenemos, es lo verdaderamente útil.

Para mí, la mayor prioridad es aprender cada día a convivir en cada instante con la sana incertidumbre de no saber lo que va a ocurrir en el minuto siguiente.

Para concluir, te propongo la siguiente reflexión que no pretende ser luctuosa: si hoy fallecieras, ¿te irías en paz contigo y con tu entorno? Si la respuesta es no, revisa tu responsabilidad económica y tu responsabilidad afectiva, y soluciónala; ahora mismo es tu responsabilidad. No dejes a los que te quieren una carga que no les corresponde. Si la respuesta es afirmativa, ¡enhorabuena! Creo que existen pocas cosas que aporten más serenidad y armonía a una persona que sentir que si se marcha dentro de un minuto, no pasa nada.

A disfrutar. ¿Tiene algún otro sentido la vida?

Michael Laloux Kodaewa

Diplomado en Osteopatía, Naturopatía, Terapia Cráneo-Sacral y terapeuta de La Nueva Medicina y de la THC.
Director del Centro Terapiasalus en Madrid.

www.terapiasalus.com