El sistema de creencias que heredamos desde nuestra concepción a través de la fusión genética de las células germinales de nuestros padres y la influencia ambiental familiar, especialmente desde las percepciones, pensamientos y emociones transmitidos por la madre durante nuestra estancia en el útero, condicionarán lo que nos suceda a nivel físico y comportamental en la vida adulta. Las Constelaciones Familiares aplicadas al ámbito de lo prenatal abren una posibilidad para ver, aceptar y atravesar esos condicionamientos originales.

Durante mucho tiempo la gran mayoría de las escuelas ideológicas, filosóficas, científicas y terapéuticas se han basado en el paradigma de que la vida consciente comienza en el nacimiento e incluso más tarde, a partir del segundo o tercer año de vida, con lo que nuestras características comportamentales se formarían durante la infancia.

Pero gracias al desarrollo de la técnica e instrumental de exploración médica y, con ella, de la psicología prenatal, se ha visto que desde el momento de la creación de una célula, ésta ya posee una conciencia elemental y que, de manera muy temprana, se desarrolla en el embrión un incipiente corazón que marca un pulso, un ritmo. Y ese ritmo expresa la vida, ya que el origen del propio universo es la vibración o movimiento que se constituye en energía que da forma a la materia. Entonces se podría decir que la vida comienza con la concepción en que se construye el cigoto o primera célula del nuevo ser.

Mayor duda se presenta al intentar clarificar en qué momento la conciencia se halla presente en esa nueva vida: ¿en el esperma y óvulo? ¿En alguna fase de la gestación entre el tercer y sexto mes? ¿En el instante del nacimiento?

Cualquier conclusión a la que se llegue en estos planteamientos no deja de ser mera hipótesis en base a las creencias, fe, intuición o suposición. Así las distintas teorías acerca de cómo nos convertimos en seres humanos van desde el ámbito de la creación por un Dios o Ser Supremo, hasta las variantes reencarnacionistas que vienen a decir que somos la consecuencia de nuestros actos en vidas pasadas o las visiones meramente fisiológicas que opinan que no somos más que el resultado de la fusión de la herencia genética de nuestros padres.

Pero lo que cada vez parece estar más claro y empieza a ser mayoritariamente aceptado es que durante los nueve meses del período de gestación y en el nacimiento, se van a establecer nuestras estructuras físicas, mentales, emocionales y de comportamiento. El feto es un ser pensante y sensitiva y emocionalmente abierto a la influencia de todo el mundo que le rodea, que recibe, bien de manera indirecta a través del cuerpo, pensamiento y emociones de la propia madre, o bien directamente por la incidencia de los estímulos y vibraciones exteriores sobre el abdomen materno. Así pues, nuestra vida posterior extrauterina se esboza y está influenciada por este período de gestación.

Todavía podríamos ir más lejos y afirmar, gracias a las investigaciones del Dr. Bruce H. Lipton en el campo de la biología celular, que ni siquiera la genética recibida de los padres será absolutamente determinante en el desarrollo de las condiciones biológicas del nuevo ser, sino que quien va condicionar al organismo vivo va a ser su entorno físico y energético. En efecto, en el ser pluricelular todas sus unidades celulares adoptan la cooperación para sobrevivir, porque no son los más fuertes los que triunfan en ese reto, sino los organismos con mayor capacidad de trabajar de un modo conjunto para resolver los problemas que plantea la vida. Y en esas interacciones con el medio, las células regularán sus genes para adaptarse a su entorno –igual que el ser humano, en general, regula su comportamiento para integrarse en la comunidad en que habita- y proteger e impulsar la vida.

Lipton, además, ha observado como “las creencias” impactan directamente en ese entorno celular y producen cambios adaptativos significativos en el ADN de la célula, pudiendo generar manifestaciones reflejas muy distintas a las que se originarían con la secuencia genética original.

Con todo ello es fácil pensar que el conjunto de creencias de nuestros padres y de la cadena generacional depositada en ellos, estará impresa en sus células germinales que se fusionarán en el cigoto; y que éste desarrollará, en principio, todo el entorno pluricelular que constituirá el nuevo ser en base a esas creencias transgeneracionales, si bien éstas podrían verse modificadas sustancialmente por lo que ocurra en el medio ambiente en que se relaciona la madre durante el embarazo, sus pensamientos, sus emociones,… y, también, por qué no, a través de la conciencia del ser espiritual que se va instalando en el nuevo cuerpo que se está formando, si es que creemos en este nivel trascendente del ser humano.

Y es aquí donde podríamos entender el sentido que la aplicación de la fenomenología de las Constelaciones Familiares descubierta por Bert Hellinger podría tener en el ámbito de la terapéutica de la vida prenatal y el nacimiento.

Como sabemos, en una Constelación Familiar se da consciencia sobre la forma en que se relacionan los miembros de una familia a través de las generaciones, si cada uno ocupa el lugar que le corresponde y si entre ellos respetan las leyes que rigen un sistema familiar.

Bert Hellinger pudo observar en su trabajo terapéutico que muchas desgracias y problemas de sus clientes tenían ciertas pautas y elementos en común, así como similares soluciones. El resultado de todas sus experiencias y observaciones fue una profunda comprensión de las reglas que determinan las relaciones humanas, lo que él llama “los órdenes del amor”. Si el equilibrio se consigue en el sistema y cada cual está en el lugar que le corresponde, aceptando lo que es, entonces el plan superior de la vida puede fluir y la evolución se produce. Si por un “amor” mal entendido –por las creencias- alteramos ese entorno es que se producen los problemas y la enfermedad, como un intento de la conciencia superior de incitar a que se restablezca el equilibrio perdido. Más adelante, Hellinger empezará a hablar de los movimientos del alma y del espíritu, acercándose a los niveles de mayor profundidad que pueden manifestarse en el trabajo con la metodología de las constelaciones.

Dados mis años de trabajo terapéutico e investigación, con diversas herramientas, en el campo de las etapas de la concepción, gestación y nacimiento y su influencia en la personalidad y relaciones adultas, es que cuando conocí, me formé y empecé a integrar en la consulta el sistema de las Constelaciones Familiares, enseguida asocié que determinados fenómenos que sucedían en una sesión podrían tener un origen de implantación ya desde la vida intrauterina. Y así comencé a conformar una variante de aplicación de la metodología sistémica que llamé “Constelaciones Prenatales”.

Básicamente, una constelación de la vida prenatal y el nacimiento se realiza en el mismo esquema de una constelación familiar normal, pero se focaliza especialmente en las influencias concretas que se recibieron de los padres y el entorno que nos rodeaba en aquellas etapas y que pudieron conformar la futura personalidad adulta. Se trata de evocar un proceso de comprensión de aquellos fenómenos y las huellas que marcaron en nuestra existencia posterior, tratando de aceptar y armonizar ese destino desde el marco del aprendizaje que supone para nuestro espíritu trascendente y el propósito fundamental de vida.

Los fenómenos que suceden en una Constelación Prenatal enlazan perfectamente con el nivel de profundidad al que Hellinger ha llegado con los movimientos del espíritu, pues la conciencia superior del ser está muy presente todavía en esta etapa de la vida, antes de que, progresivamente y hasta alrededor de los siete años, se vaya depositando en los dominios del subconsciente. Es por esto que en este tipo de constelaciones podemos observar tanto fenómenos que correspondan a las influencias transgeneracionales de la familia física, como otros que corresponden a las relaciones evolutivas de la familia espiritual en las sucesivas encarnaciones y, también, elementos del programa de vida de la conciencia que encarna. Y esto es así porque en ese momento de la existencia empiezan a convivir un cuerpo físico, con su propio ego conformado desde la base de genética + creencias familiares, y un espíritu con su bagaje de aprendizajes de su trayectoria completa de vida. Y su relación, sólo en esta especial etapa, está absolutamente coordinada. Por ello es que podemos incidir de una forma terapéutica muy especial, al representar con las constelaciones esta fase de la vida, ya que podemos ver, comprender y aceptar lo qué paso al confluir esos dos ámbitos, físico y espiritual y transformar las impresiones distorsionadas que pudieron producirse tanto a nivel celular como psíquico, generando sufrimiento en sus distinta formas y falta de fluidez en la trayectoria vital posterior.

Creo que todavía queda mucho que investigar y descubrir en este campo, pero las experiencias de las sesiones están siendo muy sorprendentes, clarificadoras para la persona que constela y resolutivas en cuanto al encauzamiento del ser en su programa de vida, aquel que se instauró ya mucho antes de nacer e, incluso, de ser concebidos.

Juan José Hervás Martín
Terapeuta Holístico y Transpersonal
Centro Ailim
www.ailim.es