La mayor parte de las personas buscan compartir momentos de intimidad, desean esos encuentros tan especiales con el otro, ser entendidos y acompañados; aunque, como veíamos en anteriores artículos, lo que a cada uno de nosotros nos proporciona esa experiencia de conexión es muy diverso. Así definimos cuatro maneras básicas de establecer el contacto: sexual, afectiva, intelectual e instrumental (compartiendo actividades).

Esta diversidad tiene su origen en que no todos necesitamos lo mismo, pues a cada uno de nosotros nos caracterizan unas “filias” y unas “fobias”, unos deseos y unas expectativas. En cada encuentro no solo estamos condicionados por nuestras propias contradicciones (motivaciones que se contraponen, deseos y angustias que se enfrentan…) sino que también lo estamos por las del otro, y por supuesto por la mezcla resultante (imprevisible, sorprendente y arriesgada).

Nuestras diferencias son fuente de toda clase de malentendidos y desajustes, pero, a pesar de ello, no solemos renunciar a compartir nuestra vida o buena parte de ella con los demás. Podríamos preguntarnos por qué es tan importante la cercanía con otro ser humano, ¡y de hecho es lo que hacemos cuando las cosas van mal!

Desgraciadamente algunas personas han renunciado a establecer relaciones significativas. Debido a sus experiencias pasadas han desarrollado un temor a las “distancias cortas” y pueden volverse herméticas, distantes e incluso agresivas. Por ejemplo, los hijos de padres (o cuidadores) claramente irracionales y angustiados, acaban sintiendo que hacerse entender es imposible, que los demás son peligrosos o que el tremendo esfuerzo que supone relacionarse no merece la pena, con lo que pueden sentirse más seguros estando solos que en compañía de alguien.

Pero las angustias ante la intimidad no solo se producen cuando se han vivido traumas; todos desarrollamos actitudes defensivas en un momento u otro, y entender qué hacemos cuando nos angustiamos ayuda a relativizar y no dejarse llevar por hábitos inconvenientes. La cuestión no es superar todos nuestros reparos (lo cual es imposible), sino no caer en la tentación de aislarse, ser falso o destructivo.

Nuestros temores relacionales son muy diversos: ser invadidos, avasallados, culpabilizados, abusados, explotados, castigados, deprimidos, humillados, desestabilizados, angustiados, dominados, manipulados… Cada uno de nosotros sufrimos uno o dos principalmente, y siempre tienen que ver con las situaciones que hemos sufrido o hemos visto sufrir a nuestros seres queridos.

También se nos inculcan miedos a través de la educación, los mensajes y los hábitos familiares que generan ideas que nos ayudan a definir el mundo. Por ejemplo si no tenían amigos, si no admitían visitas, si abiertamente te decían que no te podías fiar de nada o era mejor no depender de nadie, tu sociabilidad va a verse marcada por ello.

Las experiencias pasadas y el ambiente familiar no son la única fuente de angustias relacionales; el temor hacia el otro también podemos generarlo nosotros mismos con nuestra manera de interpretar la realidad en momentos conflictivos, momentos difíciles en los que hemos llegado a conclusiones que nos cierran demasiados caminos. Así pues, nuestras experiencias personales, los mensajes que hemos recibido y nuestras fantasías, se entremezclan y generan expectativas y comportamientos automatizados que entran en juego en el momento de relacionarnos. Es importante tener en cuenta que cuando sentimos que alguno de nuestros temores se está reproduciendo no tiene por qué ser realmente así, ya que nuestro propio miedo puede llevarnos a malinterpretar las intenciones del otro.

Sin ser conscientes de ello, podemos buscar la intimidad en alguna de sus formas, por ejemplo afectiva o intelectual, y rechazar otras, como podría ser la sexual. Una de las modalidades de intimidad que más rechazo genera es la afectiva, pues las emociones del otro pueden sentirse excesivas y caóticas, con lo que producen ansiedad y confusión. Es necesario analizar qué angustias y expectativas se ponen en juego para no poder compartir con el otro alguna de estas modalidades: ¿de qué nos estamos defendiendo?, ¿qué imagen tenemos del otro?, ¿qué significados le damos a esa modalidad peculiar que rechazamos?, ¿qué experiencias o modelos o fantasías han fundado esta manera de sentir al otro en ese ámbito peculiar?

A pesar de todas las dificultades buscamos la intimidad porque es la única manera en la que nos sentimos realmente vivos: siendo queridos nos volvemos insustituibles y damos sentido a nuestra existencia.

Desde que nacemos buscamos la mirada del otro, y deseamos que desee lo que nosotros deseamos; más aun, aprendemos a desear lo que el otro desea que deseemos. Mantener el vínculo es una motivación tan poderosa que nuestra personalidad se funda a partir de ella. Por eso todos hemos nacido bajo el sello de la dependencia, y la necesidad de que alguien empatice con lo que sentimos, pensamos o hacemos es universal; aunque no debemos olvidar que en algunas personas la dependencia va más allá, siendo incapaces de pensar y actuar por sí mismos.

Parte de lo que podemos llamar madurar consiste en conseguir desarrollar nuestra autoridad personal para que los demás supongan un apoyo, no una orientación constante; este es un objetivo muy frecuente en psicoterapia. Lo más conveniente es poder contar con diversas personas y distinguir con quién podemos compartir qué.

No “disfrazar” al otro con nuestros temores es difícil y a la vez fundamental. En una sociedad como la nuestra, en la que el individualismo nos hace tan manipulables, cualquier reflexión que nos ayude a conectarnos se vuelve fundamental. No solo está en juego nuestra felicidad, también lo está nuestro futuro, pues sin cooperación y solidaridad no hay vida, o al menos no de la buena.

Susana Espeleta
Psicóloga colegiada
Psicoterapeuta individual y de grupo
S_espeleta@yahoo.es