En la juventud, la belleza es un accidente. En la vejez, una obra de arte.
Lin Yutang

Antes había niños, adultos y viejos. Después, los niños han empezado a ser sabiondos entrando prematuramente en una adolescencia precoz, mientras que los jóvenes retrasan su entrada en la edad adulta: jóvenes en casa de los padres pasados los treinta y maduros «peterpans» que se resisten a crecer. Los cosméticos, las modas, los modelos publicitarios, los héroes cinematográficos, musicales y deportivos rinden culto a la eterna juventud. Y esta, carente del poder político y económico, sí se ha adueñado del imaginario colectivo, del imperio de la imagen, del deseo consciente o inconsciente de una gran parte de la población.

Y aparece «la tercera edad», término políticamente correcto para evitar las expresiones «viejos» y «abuelos». Muchos prejubilados a su pesar y abuelos por sorpresa engrosan involuntariamente ese colectivo indefinido, que hace una década parecía la antesala prolongada de la muerte. Siempre me llamó la atención el optimismo de Dante Alighieri que tenía 39 años cuando escribe el primer verso de la Divina Comedia, «En medio del camino de nuestra vida». Moría diecisiete años después, a los 56. Y podría considerársele un privilegiado en un siglo en el que la esperanza media de vida no sobrepasaba los treinta años. Hoy día, sin embargo, se hubiera quedado corto.

La expectativa de vida media europea es de 82 años para los hombres y de 86 para las mujeres. Y solo en España hay actualmente más de 8.000 centenarios (más mujeres que hombres). La «cuarta edad» empieza ya a los 75 años. Y son muchas las personas que se mantienen sanas y activas hasta el final de sus días, como árboles que mueren de pie dando sus frutos hasta el final.

Recientemente fallecieron Oscar Niemeyer (104 años), arquitecto creador de Brasilia, que semanas antes seguía dirigiendo varios estudios repartidos por todo el mundo y proyectos en marcha, que terminarán los miembros de su numeroso equipo. O la neuróloga francesa, premio Nobel de medicina en 1986, Rita Levi-Montalcini, que celebraba su 99 cumpleaños en su laboratorio del Instituto Europeo de Investigación del Cerebro (Ebri), acudía habitualmente a las sesiones del Senado, escribía libros, participaba en conferencias y dedicaba parte de su tiempo a la Fundación Rita Levi Montalcini Onlus, cuyo principal objetivo es mejorar el nivel educativo de las mujeres africanas. Y también el cirujano catalán Moisès Broggi (104), que con 29 años se incorporó a las Brigadas internacionales como cirujano, impulsando los quirófanos móviles, uno de los avances médicos durante la Guerra civil, y en quien Ernest Hemingway se inspiró para crear uno de sus personajes de su novela «Por quién doblan las campanas». Miembro fundador de la Asociación Internacional de Médicos para la Prevención de la Guerra Nuclear (IPPNW). A los 103 aceptó ser el candidato de ERC al Senado.

Son solo unos ejemplos de que no solo los genes intervienen en la longevidad, sino también los ideales mantenidos y la actividad profesional convertida en pasión y no exclusivamente en una forma de ganarse la vida. A cinco meses de cumplir también 104 años, fallecía a finales de la pasada década el escritor, Francisco Ayala. Exiliado en Argentina, Puerto Rico y Estados Unidos, regresó a España un año después de la muerte del dictador y a los 77 años ingresó en la Real Academia de la Lengua, a donde acudió cada jueves caminando desde su casa hasta poco antes de su muerte. Se cuenta que gracias a él, se introdujo también el wisky en el recreo previo a las reuniones plenarias. Era usuario de Facebook y Granada, su patria chica le reconocía tardíamente. A los 97 años recibía el nombramiento de socio de honor de la Asociación Granada Histórica.

Los «jubilados» deberían estar alegres, pues eso es iubilare, «gritar de alegría». Sin embargo, solo aquellos que han vendido sus horas de vida, año tras año, semana tras semana, hora tras hora mirando el reloj del final de la jornada o de los años de cotización a la seguridad social, pueden sonreír y engordar. Para el resto es una muerte prematura: poco o nada que hacer, ninguna consideración social, menos poder económico. Arrinconados por las empresas, el vecindario, las familias… Tal vez sería hora de reconsiderar el gran caudal de sabiduría y experiencia que perdemos todos, las transmisiones posibles que se van a las tumbas. Es hora de repensar las edades según la actividad y no solo los años cotizados, de posibilitar tareas más gratificantes y de pocas horas a la semana si se quiere seguir en activo…

A lo largo de la historia, grandes personajes dieron lo mejor de sí pasados los 75: Tiziano pintó muchas de sus obras maestras a los 98. Goethe acabó a los 82 la segunda parte de su Fausto. Arturo Toscanini dirigía a los 87 con la misma intensidad y perfeccionismo que le habían convertido en el mejor director de orquesta de su época. Edison seguía trabajando en su laboratorio a los 83. Benjamin Franklin contribuyó a redactar la constitución de Estados Unidos a los 81… Y los ejemplos podrían multiplicarse.

Y lo más importante para metaprogramarse una cuarta edad activa y creativa sería también poner atención en los modelos que siguen siendo nuestros contemporáneos. De este modo, si llegamos a traspasar los 80, podremos afirmar con Igor Stravinsky: «Tras esa edad todo contemporáneo es un amigo». Aún no he llegado, pero sí Nicolás Sánchez-Albornoz, que me honra con su amistad y que vive en Madrid con total autonomía después de largos años de exilio en Argentina y Estados Unido como historiador riguroso, tras escaparse del campo de trabajos forzados del Valle de los Caídos, donde fue internado a los 21 años por el simple delito de pertenecer a la Federación Universitaria Escolar. Co-fundador de la extinta editorial en el exilio Ruedo ibérico y ex director del Instituto Cervantes, recientemente publicó Cárceles y exilios (Editorial Anagrama), unas rigurosas memorias que entreveran sus vivencias y la planificada represión franquista al término de la guerra civil y las décadas que le siguieron. Actualmente sigue activamente recopilando escritos de investigación histórica para una próxima publicación.

Con una edad similar, Emanuelle Riva (¡que inolvidable interpretación en la ya clásica Hiroshima mon amour!) ha sido nominada al Oscar como mejor actriz por la película Amor. Y José Sacristán, que a los 75 años acaba de entrar en la «cuarta edad» fue nominado a los premios Goya por El muerto y ser feliz. Y mirándoles a los ojos, se hace buena la frase de Víctor Hugo: «En los ojos de los jóvenes vemos las llamas, pero es en los ojos de los mayores donde vemos la luz». La misma luz que desprende a sus casi ochenta años, Costa-Gavras, director de las ya míticas películas «Z» y «La confesión», y que vuelve a la carga con la más demoledora película sobre el mundo de las finanzas, los mercados y el gran capital, con su película «El capital».

Y esa luz también debe desprenderla Jacinto Convit, médico y científico venezolano que desarrolló la vacuna contra la lepra, y actualmente, a los 99 años, continúa el desarrollo del modelo experimental de inmunoterapia del cáncer en el Servicio autónomo del Instituto de Biomedicina de Venezuela. O James Watson, co-descubridor de la doble hélice del ADN en 1953 y premio
Nobel a los 34 años que, a sus 84 sigue investigando y comprometido, acusando a los «popes del cáncer» de frenar su cura. Sin duda es una estación de cosecha, mientras que siempre se consideró la estación invernal, del frío, la aridez y la escasez de frutos. Y el fruto final de su búsqueda lo encuentra una persona sencilla, Arcadi Mas, que tras diez años de lucha contra la burocracia, descubre a los 84 años quien fue su madre adoptiva. Ha sabido que no le abandonó por desamor, sino por necesidad. Y en su iubilare ha empezado a tocar el clarinete.

Todas ellas son personas que no son viejas, sino que han acumulado juventudes sucesivas con las que han ido borrando las cicatrices y las arrugas de los golpes de la vida. Las juventudes acumuladas, la mirada viva y apasionada, la acción solidaria en lo cotidiano y en lo político de Desirée Lieven (véase la página de facebook creada por sus numerosos «hijos adoptivos», entre los que me encuentro), fallecida hace años a los 93 siguen siendo mis «chips» para llegar a una cuarta edad ilusionada, creativa y amorosa. Amén de los genes, que algo ayudan: cuando florezcan los almendros, mi madre cumplirá 99 años.

Alfonso Colodrón

Terapeuta gestáltico. Consultor Transpersonal