Albert Einstein a Charles Chaplin: «Lo que he admirado siempre de usted es que su arte es universal; todo el mundo le comprende y le admira». Respuesta de Chaplin: «Lo suyo es mucho más digno de respeto: todo el mundo le admira y prácticamente nadie le comprende».

A uno de los actuales participantes del ciclo de talleres «El hombre emocionado», le fascinó la propuesta de trabajar durante un semestre el miedo, la tristeza, la rabia, el orgullo, el amor y la alegría. Sin embargo, dudaba de que «el orgullo» fuera una emoción. Es natural. Nuestra cultura judeocristiana siempre lo asimiló a «la altivez», «la arrogancia» y «la soberbia». Lucifer, «el portador de la luz» fue arrojado del cielo por querer equipararse a Dios. Y la moral cristiana siempre predicó la humildad como virtud contrapuesta a la soberbia.

Sin embargo, el auténtico orgullo es una facultad exclusivamente humana de percibir y sentir nuestra dimensión creadora al servicio de la vida, creciendo personalmente y haciendo crecer a los demás. Con muchos animales podemos compartir el miedo o la tristeza, la rabia, el amor o la alegría. Pero ningún animal se sentirá orgulloso de la tarea bien realizada, admirará a un congénere, podrá responsabilizarse de su propio desarrollo ni se sentirá legítimamente satisfecho de enseñar a los demás. Simplemente seguirán su instinto.

Parodiando el famoso poema de Blas de Otero, podríamos definir al hombre como un «animal fieramente humano». Un animal con capacidad de dignidad, respeto y admiración. Y la admiración es lo contrario de la envidia, ese vicio tan español y tan extendido de entristecerse incluso de la buena fortuna del amigo y de alegrarse del infortunio del extraño. En ningún otro idioma es fácil encontrar el dicho «se cayó con todo el equipo», cuando alguien es cesado de un cargo o se arruina. Por ello, no existe en realidad eso que acuñamos como «envidia sana». La envidia siempre es insana. Frente al amigo o desconocido que crece, se desarrolla, inventa, publica, crea una empresa, le suben el sueldo, triunfa… lo único sano es sentir admiración. Sentirse orgulloso de que otro humano pueda estimularnos para alcanzar lo mismo.

La autoestima ha sido una de las cualidades heredada de mi madre, fallecida recién comenzado el mes de enero a los 99 años y 10 meses, sin quejas, reproches ni nostalgia. La resumía en una frase que nos repetía a mis hermanos y a mí siendo niños: «donde se pone uno se pone otro». Siempre me pareció una cuestión de elección el superar miedos y limitaciones, teniendo como punto de referencia a los mejores, fuesen parientes, vecinos, profesores o amigos. Si se carecía de ciertas cualidades, lo único que había que hacer es dedicar más tiempo y empeño que quien las tenía por naturaleza, pero no de rebajar las aspiraciones y las metas.
De mi padre, catedrático de literatura y poeta perfeccionista, capaz de pasar un mes escribiendo y reescribiendo un solo poema en liras hasta quedar satisfecho del último verso, heredé la auto exigencia. Una de sus frases preferidas: «lo bien hecho bien parece». Y tal vez, de tanto jugar al «siete y medio», en muchos periodos de mi biografía me pasé de la raya haciendo ocho. Es decir, viví con una autoestima inflada. Pero la vida se encarga siempre de desinflar globos y de recortar la cresta del gallo cuando está en corral ajeno.

Por ello, a veces debí sentir miedo y actué con temeridad, como cuando me paseaba por Río de Janeiro a medianoche, semana tras semana, hasta ser finalmente asaltado, porque creía que podía enfrentarme solo ante el peligro. O escondía mi tristeza con cinismo y desvergüenza, cuando me sorprendía el capitán en el servicio militar leyendo una novela mientras él intentaba enseñarnos topografía. O daba una soberbia propina en un restaurante en el que me habían maltratado, para «quedar como un señor» –falso señor esquilmado-, cuando debía haber denunciado con justa rabia la injusticia. Son simples distorsiones de un falso orgullo desconectado de la causa. Al igual que a veces debemos sentirnos legítimamente orgullosos, pero nos sentimos avergonzados por miedo a destacar; amputados porque no reconocemos nuestros propios méritos; envidiosos, porque nos negamos a reconocer y admirar las cualidades o éxitos de otros; proselitistas, porque nos pasamos de la raya y sentimos un falso amor por alguien en lugar de simple admiración; ilusos, porque creemos que mágicamente alcanzaremos el mérito ajeno sin hacer nada de nuestra parte. En estos casos deberíamos sentir auténtico orgullo, en lugar de miedo, tristeza, rabia, amor o alegría.

En la medida que maduramos, el orgullo nos sirve para adquirir un estatus personal, encontrar nuestro lugar en el mundo y continuar nuestro proceso de transformación.
Con el orgullo en su justo equilibrio detectamos el «porqué» de las cosas y descubrimos su esencia, ya que podemos imaginar, buscar, elegir, inventar, crear, y así transformarnos. Para ello desarrollamos el sentido del GUSTO, en el paladar, la forma de vestir, la decoración, el arte… (cada emoción, un sentido).

Tal vez no sea anecdótico que en épocas pasadas se haya desarrollado especialmente el tacto (escultura, cerámica, bordados, masajes…), el oído (toda la evolución musical) y, más recientemente el olfato (toda la gama de colonias, cremas y perfumes). En la actualidad se intenta ampliar y refinar el gusto de los consumidores con la producción masiva de nuevos productos alimentarios, menús culinarios o la mejora de los vinos de crianza. Los medios de comunicación dedican cada vez más espacio a prestigiosos restaurantes y proliferan los concursos televisivos de cocina en directo. ¿Serían manifestaciones pioneras del desarrollo del gusto como síntoma emergente del desarrollo del orgullo colectivo?

Tal vez sí, o tal vez no, porque el orgullo es el polo contrario del miedo. Donde hay miedo no puede haber legítimo orgullo y viceversa. Y en estos tiempos se fomenta mucho el miedo. Quizá entonces lo que esté ocurriendo es que el sistema ya no da «pan y circo» como los emperadores romanos daban a la plebe, sino «palo y circo». Amenazas de guerras, prisión, multas y recortes y, al mismo tiempo, olimpiadas, ligas de fútbol, campeonatos de baloncesto, tenis, vela, circuitos automovilísticos, carreras de motos, competiciones de natación, deportes de invierno, etc. Y así, el desempleado, desahuciado, recortado, explotado puede sentirse, por unas horas y por identificación manipulada, orgulloso porque ha ganado su estrella favorita, su equipo local, su selección nacional. Simples válvulas de escape, como eran los carnavales en la Edad media.

Por el contrario, algunas personas se echan el peso del mundo a sus espaldas y, como el titán Atlas, condenado por Zeus a sostener los pilares de la Tierra, creen que sin ellos el mundo dormido y festivo se hundiría. Su exceso de autoestima les dificulta poder participar en fiestas y alegrías. Es el polo opuesto de lo más habitual, que ya denunciaba Carl Rogers, uno de los fundadores de la psicología humanista, cuando afirmaba que la raíz de los problemas de muchas personas se hallaba en considerarse seres sin valor e indignos de ser amados. Su siguiente manifestación sería la mejor vacuna para tener un orgullo sano: «Todo ser humano sin excepción, por el mero hecho de serlo, es digno del respeto incondicional de los demás y de sí mismo, y merece estimarse y que se le estime».

A la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad proclamadas por la Revolución francesa, les queda todavía un largo recorrido. La auténtica igualdad se alcanzará cuando no quede en una simple aspiración escrita en la Declaración de los Derechos Humanos de Naciones Unidas, recogida en la mayoría de las Constituciones nacionales. En la práctica, todos sabemos que no siempre somos iguales ante la ley, ni se trata igual en la cárcel a un corrupto enriquecido que al pobre diablo que traficó unos gramos de droga.
El día en que todos los seres humanos nos sintamos iguales a cualquier otro, y legítimamente orgullosos de ser una neurona conectada de Gaia, el Planeta que despierta y evoluciona, podremos pasar a practicar la Fraternidad.

Alfonso Colodrón

Terapeuta gestáltico y Consultor Transpersonal

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