La hepatitis es una inflamación del hígado. Esta puede tener carácter infeccioso, tóxico o alérgico, aunque las más frecuentes son las infecciosas determinadas por virus, bacterias o por otros agentes. Existen cinco tipos de hepatitis: A, B, C, D y E.

La Hepatitis A suele aparecer por brotes o epidemias. Es la forma más común en niños y adolescentes. Se transmite únicamente por vía fecaloral, por contacto entre personas o por contaminación de alimentos o agua con heces infectadas.

La Hepatitis B se transmite por sangre, vía sexual o materno-infantil y un 5% no se conoce, pero se piensa que es enteral. Este tipo aparece en cualquier grupo de edad. Es más grave que el tipo A, con un índice de mortalidad más alto y puede dar lugar al desarrollo de un estado portador o a la progresión hasta una enfermad crónica.

La Hepatitis C es una infección causada por el virus HCV (Human C Virus), un pequeño virus perteneciente a la familia Flaviviridae, que no está relacionado con los virus que causan la hepatitis A y B. Se piensa que existe hace décadas pero fue descubierto en fechas muy recientes, exactamente en 1.989, por lo cual no se sabe mucho sobre él.

La Hepatitis D tiene ciertas peculiaridades. Es un virus defectuoso de tal forma que no puede replicarse e infectar a un individuo salvo que este ya haya sido infectado con el virus de la hepatitis B. Su forma de trasmitirse es muy similar al de la hepatitis B, de tal forma que se trasmite por la sangre y otros líquidos orgánicos. Las personas más susceptibles de padecerla son los que con anterioridad han sido infectados por el virus de la hepatitis B, los que utilizan drogas por vía intravenosa y los que reciben transfusiones de sangre contaminada. A pesar de que la sintomatología es muy parecida al de la hepatitis B, la D, provoca una clínica mas grave que la anterior.

Y, por último, está la Hepatitis E. Su curso y transmisión es igual que en la hepatitis A. Su diagnóstico se lleva a cabo por exclusión de las demás hepatitis. Igual que con la hepatitis A, nunca será una enfermedad crónica, aunque las tasas de mortalidad son más elevadas en este caso. Una característica de este virus es su letalidad en las mujeres embarazadas; de hecho, según algunos estudios, entre un 15% y un 25% de las infectadas mueren.

Desde la perspectiva de la Nutrición Ortomolecular la hepatitis va a ser tratada como cualquier otra infección e inflamación, aunque sin desconsiderar la virulencia del mismo.

No existe factor más decisivo para prevenir las infecciones que un sistema inmunológico en buenas condiciones. Aunque la constitución genética influye en gran medida sobre la inmunidad, también lo hacen los factores externos, y los principales son la dieta y unos buenos hábitos de vida.

La alimentación va a influir enormemente sobre la actuación de los glóbulos blancos, que constituyen la primera línea de defensa contra las infecciones, como es el caso de los neutrófilos, encargados de fagocitar bacterias, virus y células cancerosas, y los linfocitos, entre los que se encuentran los linfocitos B y T y las células “natural killer” (asesinas naturales).

Algunas recomendaciones generales son la eliminación de alimentos que generen demasiados residuos metabólicos (las grasas saturadas, azúcares refinados y ácidos grasos oxidados); consumir alimentos con marcada actividad depurativa (frutas vegetales); evitar todos aquellos alimentos que puedan sobrecargar la función hepática y evitar en la medida de lo posible dietas complejas y de difícil digestión.

Asimismo, es fundamental aumentar la ingesta de aquellos alimentos que tengan la consideración de antibióticos (ajo, cebolla, rábanos, puerros), así como los que estimulan la actividad defensiva.

En cuanto, a los alimentos que nos beneficiaran existen muchos. Entre ellos, los aceites de semillas de primera presión en frío, la acerola, el ajo, la alcachofa, la alfalfa, los arándanos, los berros, la borraja, el cardo, la cebolla, los cereales integrales, las cerezas, el chucrut, la ciruela, la cúrcuma, el diente de león, la frambuesa, las fresas, las frutas y hortalizas frescas en general, la jalea real, el kiwi, las legumbres, el tomate, las uvas, el melón, el limón, etc.

También existen alimentos prohibidos

Evidentemente también existen alimentos prohibidos. En este caso, son los alimentos fritos (por su riqueza en grasas que además se han oxidado); los alimentos refinados (debilitan las defensas orgánicas al privarnos de nutrientes importantes; los alimentos tiramino-liberadores (quesos y carnes fermentados, fiambres, alimentos ahumados, vino blanco y chocolate); los azúcares (en exceso logran disminuir la respuesta inmunitaria frente a las infecciones), las bebidas alcohólicas (la abstinencia debe ser total si se persigue una regeneración hepática); el café (está demostrado que puede reducir la capacidad inmunitaria, además de ser un tóxico para el hígado), las especias (sobrecargan el hígado y empeoran las hepatopatías); el marisco (contiene muchas toxinas y su consumo en una de las principales causas de hepatitis A) y la sal (favorece la ascitis, por lo que debe limitarse su consumo o evitarse totalmente).

En definitiva, la grasa total, ya que la cantidad de grasa de los enfermos hepáticos debe estar sumamente controlada y provenir de aceite de oliva y algunos aceites de semillas prensados en frío y consumidos en crudo.

Tanto el tratamiento a seguir como las dosis a prescribir son trabajo de un especialista de la salud, y en ningún modo este artículo puede ser utilizado como tratamiento específico, tan solo sirve como elemento orientativo e ilustrativo para tratar algunas alteraciones de la salud.

 

José Ramón Llorente

Responsable del Comité Científico de Nutrición Ortomolecular de COFENAT

Socio de COFENAT nº 100

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