Ni qué decir tiene que uno puede ser muy ayudado por otras personas y que tenemos que confiar en su bondad primordial. La solidaridad humana y la compasión son orquídeas que siempre persistirán con su aroma balsámico y cooperante. Pero lo que Buda quería decir cuando señalaba que debemos esperadlo todo de nosotros mismos, es que nadie puede dejar de hacer su trabajo interior para el autodesarrollo y la realización de sí. Aquí sí que nadie puede entrar en la psique de otro y hacer la labor del autoconocimiento y la transformación por él.

Uno mismo tiene que servirse de las enseñanzas y métodos para progresar interiormente, desempañar la consciencia y propiciar lo mejor de uno mismo. Rehuimos a veces todo esfuerzo, somos indisciplinados y nos dejamos arrastrar por la pereza.

El pensamiento mágico nos hace creer que otros podrán hacer el trabajo por nosotros mismos; el pensamiento mágico nos hace recurrir a placebos o analgésicos espirituales; el pensamiento mágico nos hace pensar que el cambio interior vendrá por sí mismo o que la energía de otro nos lo llevará adelante, o que de manera sencilla y rápida algún «método» nos permitirá despojarnos de aquellas tendencias nocivas que llevan años enraizadas en nosotros, o que un personaje mesiánico aparecerá en nuestras vidas y realizará por nosotros el trabajo interior o nos procurará una técnica que con hacerla en un «coser y cantar» ya nos va a revolucionar anímicamente y a cambiar nuestros viejos patrones y nuestra visión incorrecta.

Pero así no funcionan las cosas. Así no eclosiona la energía de nuestra gracia interior capaz de modificarnos. Así el maestro interior sigue silencioso.

No hay atajos para llegar al cielo. Hay muchos que los prometen, pero no hay atajos para alcanzar la sabiduría liberadora.

Buda también decía: «Uno mismo se hace el bien, uno mismo se hace el mal».

Muchas personas de corazón tierno y alma sensible nos pueden hacer el bien, por supuesto, pero no pueden recorrer la senda espiritual por nosotros, no pueden evitarnos tener que asumir y efectuar la disciplina espiritual. A la postre uno mismo es su maestro y uno mismo es su discípulo.

Buda lo sabía bien. Todos los maestros serios lo saben bien. El Despierto decía dirigiéndose a sus discípulos:

«¡Levantaos!. ¡Incorporaos! ¡Preparad sin desmayo vuestra paz mental!.

Y también:

«No conozco nada tan poderoso como el esfuerzo para vencer la pereza y la apatía».

Es más fácil creer que experimentar. Es más sencillo suponer que comprobar. El esfuerzo y el método son necesarios. El cambio interior no es un juego de niños. Se requiere motivación y paciencia. Pero tendemos a incurrir en la holgazanería, como el monje de la siguiente historia:

Un maestro hizo llamar a un discípulo que era la criatura más holgazana que imaginarse cabe y le dijo:

– Quedas expulsado del monasterio.

– ¿Por qué?- preguntó el discípulo.

– Por fidelidad.

– ¿Por fidelidad? . ¡Es el colmo!- protestó indignado el monje-. ¡Qué injusticia que alguien pueda ser expulsado por fidelidad!

– Sí- repuso el maestro-, por fidelidad a tu holgazanería.

No se trata de ejecutar un esfuerzo excesivo y extenuante, sino consciente y perseverante. Cada uno tiene que ir velando por su evolución interior. No se conoce ningún caso de que hoy uno se acueste con un rasgos nocivos de carácter y mañana ya no los tenga o tenga el contrario y deseable. No se conoce. Los que prometen técnicas fáciles y «milagrosas» juegan con la buena fe de los buscadores, que al final, viendo que los placebos no funcionan, o dejan la búsqueda o se dirigen a métodos serios y transformativos.

Como «todos los peligros y todos los miedos, y el inconmensurable sufrimiento, están en la mente» (Santideva), uno mismo tiene que seguir las instrucciones y disciplinas para cambiarla. Un cirujano puede intervenirte de un órgano, por ejemplo, pero no operarte de la mente. En una farmacia puede adquirir valium o lexatin, pero la energía de quietud y lucidez hay que ganarla por sí mismo y en sí mismo.

Sirva también la siguiente historia de ilustración:

Un acróbata y su aprendiz, una niñita, iban de pueblo en pueblo por la India, mostrando su habilidad acrobática, que consistía en que la aprendiza trepaba al extremo superior de una pértiga que el hombre colocaba sobre sus hombros. Un día el hombre le dijo a la niña:

– Cuando estemos haciendo la acrobacia, tú tienes que estar muy atenta de mí y yo muy atento de tí, y así evitaremos todo riesgo y no tendremos un accidente.

Pero la niña protestó:

– No, maestro, así no evitaremos el riesgo. Cuando estemos haciendo el número, tú debes estar muy atento de ti y yo muy atente de mí, y así no tendremos un accidente.

Ramiro Calle

Director del Centro Sadhak

www.ramirocalle.com