El cuerpo se va, pero el amor prevalece

 

Hace ahora un año que mi hermano Miguel Ángel desencarnó. Semanas después lo hizo mi buen amigo Baba Sibananda de Benarés. Era la pérdida de dos grandes seres, dos mahatmas (almas grandes), que pasaron por la vida haciendo el bien, que dieron lo mejor de sí mismos en este teatro de sortilegios que es la vida humana. Vinieron y partieron, porque todos llegamos y nos vamos, pero lo que diferencia a unas personas de otras es aquello que hicieron por los demás, cómo se entregaron a los otros en cuerpo y alma, cómo dieron lo mejor de sí y aprovecharon el viaje existencial para cooperar generosamente con las otras criaturas.

¡Cuánto he aprendido de mi hermano Miguel Ángel y de Baba Sibananda!. ¡Qué enormemente afortunado he sido por haberles tenido como coincidentes vitales, por haber podido gozar de su profundo cariño, su generosa amistad, su calor humano, su amoroso apoyo!. Pero claro que así la pérdida ha sido mucho más lacerante, más irreparable aún, dejando una huella indeleble y muy dolorosa en el alma. No es fácil, como dijera Buda, tomar la muerte como una «mensajera divina», pero debe ser la gran mentora que nos enseña a vivir cada instante con la plenitud de como si fuera el último, a estar en el intento incesante de humanizarnos y dar lo mejor de nosotros a los demás.

No es fácil contar con alguien que nunca y en ninguna ocasión nos haya fallado, que siempre nos haya sido incondicional. Es un milagro. Un milagro que siempre hizo posible mi hermano Miguel Ángel conmigo, porque por mucho que avivara la memoria nunca encontraría una circunstancia o situación en la que no me hubiese sido leal e inmensamente cooperante. Le recordaré siempre como el gran poeta y rapsoda que era, también por su profunda humanidad y generosidad para con todas las criaturas, asimismo por su llamativo y reconfortante sentido del humor (propio también de Baba Sibananda), pero sobre todo porque era capaz de cualquier sacrificio (que para él no lo era) para prestarme su apoyo, confortamiento, fidelidad y amor, convirtiéndose así en un hermano siempre solícito y bondadoso, y en un compañero del alma en la Búsqueda espiritual y en el viaje de la vida. En el libro que escribimos juntos, él escribió a propósito de esa amistad que siempre ejerció con absoluta entrega:

«Con un amigo hay que llorar cuando oímos su lamento y reír con la ternura de su risa, y caminar de su mano por la vida».

Hoy, un año después de su muerte, siento su mano cogiendo la mía con más fuerza que nunca. Y le veo frente a mí con su entrañable sonrisa, como a lo largo de esos veinticinco años en los que nos reuníamos en un estudio de radio a realizar nuestra «tertulia humanista».

Hasta mi gato Emile capta hoy mi honda tristeza y está muy melancólico. ¡Cuánto amaba Miguel Ángel a los animales y se desvivía por ellos!. Escribió:

«Los animales tal vez sean los únicos en entrar en ese edén prometido a los limpios de corazón. Ellos ya han alcanzado la paz prometida y la sabiduría que los humanos no hemos sabido completar aún».

Y vuelvo a recordar las palabras de Baba Sibananda que tantas veces escuché:

«El camino verdadero de la vida consiste en amar a los otros, en ser amigo de todos. Este mundo es un gran escenario. Cuando la obra termine volveremos a nuestro hogar».

Ellos han regresado a su hogar. Haciendo el bien en todo momento pasaron por este gran escenario. Nos enseñaron a todos los que les conocimos muchas cosas, pero sobre todo, con su grandeza de alma, que una vida sin amor no merece ser vivida.

Ramiro Calle

Director del Centro Sadhak

www.ramirocalle.com